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Дата публикации: 21-06-2026 04:00:15

Textos de oración ofrecidos por Christian Díaz Yepes, sacerdote de la archidiócesis de Madrid

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Religión

Textos de oración ofrecidos por Christian Díaz Yepes, sacerdote de la archidiócesis de Madrid

Domingo XII del tiempo ordinario

El hombre moderno ya no sabe quién es porque ha olvidado quién podría ser. «No tengáis miedo», repite Cristo, y su advertencia toca nuestra fibra ontológica. No somos plenamente hasta que nos entregamos. Meditemos:

«En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles: “no tengáis miedo a los hombres, porque nada hay encubierto, que no llegue a descubrirse; ni nada hay escondido, que no llegue a saberse. Lo que os digo en la oscuridad, decidlo a la luz, y lo que os digo al oído, pregonadlo desde la azotea. No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. No; temed al que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la “gehena”. ¿No se venden un par de gorriones por un céntimo? Y, sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que lo disponga vuestro Padre. Pues vosotros hasta los cabellos de la cabeza tenéis contados. Por eso, no tengáis miedo: valéis más vosotros que muchos gorriones. A quien se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre que está en los cielos”» (Mateo 10, 26, 33).

Durante una cena después de un acto oficial en Roma, se escuchó musitar a san Juan Pablo II estas palabras: “La gran tragedia del hombre actual es que no sabe quién es” (R. García de Haro, Anécdotas y virtudes). Efectivamente, muchos viven hoy como si les hubieran quitado el suelo bajo sus pies, y con ello han perdido su propia identidad y sentido. El desmoronamiento de las instituciones y de los principios morales ha dejado a muchos dando tumbos entre sus grandes interrogantes “¿Cuáles son mis anhelos más profundos?”, “¿qué sentido tiene y hacia dónde va mi vida?”, en definitiva, “¿quién soy?”

Sin duda, el gran drama humano es ontológico, pues se refiere a la pregunta sobre nuestro propio ser. Pero como el Ser es Dios, que es amor, la gran interrogante del hombre no encuentra su respuesta en sí mismo, sino que la encuentra en el amor. Este implica un éxtasis, es decir, una salida de uno mismo en la fe y en el amor. Solo así la persona conoce quién es realmente y, por tanto, puede darse a conocer a los demás sin miedo ni egoísmo. Esto es lo que nos revela el evangelio de hoy.

El conocerse y el darse a conocer no se dan desde una cerrazón autosuficiente, sino en continua proyección hacia el Otro y hacia los otros, es decir, hacia Dios y el prójimo. Así el conocimiento de uno mismo se hace aceptación agradecida y gozosa de la propia historia e identidad personal, a la vez que no se percibe al otro como un competidor o amenaza, sino como un don y oportunidad para realizar y expresar lo que somos. La clave de todo esto está en vivir en la verdad, que es la misma vida de Cristo en nosotros, pues «nada hay encubierto, que no llegue a descubrirse; ni nada hay escondido, que no llegue a saberse». Hasta los cabellos de nuestra cabeza están contados por aquel que nos conoce desde lo más profundo. ¿Pretendemos engañar a Dios? ¿Nuestras apariencias y falacias pudieran darnos esa paz que solo encontramos viviendo en la verdad?

Cristo no solo invita a “decir” la verdad, sino a “ser” verdad. No hay neutralidad entre lo encubierto y lo revelado. Tarde o temprano, el alma comparece ante el tribunal de su coherencia. Quien se esconde de la verdad no se protege, se desfigura.

El Señor va con eufemismos en este evangelio. Exige sacrificio y plena confianza en Dios. Él lo ha vivido en primera persona, amando hasta el extremo y asumiendo todas sus consecuencias. Ahora nos pide que vayamos tras él, tomando nuestra cruz de cada día y renunciando a nuestros apegos para alcanzar lo que más vale. Esto implica despertar nuestros sentidos sobrenaturales, tener presente la realidad más real que subyace y permea todo lo que percibimos, pero que en verdad son apenas medios temporales para un fin mayor.

Es decir, lo que necesitamos redescubrir es el primer artículo de la fe: creer en Dios como el Creador, no sólo de lo visible y fácilmente perceptible, sino también y, sobre todo, de lo invisible y más real. Por ello procuremos acercarnos a la realidad en cuanto tiene de Misterio, no porque no la podamos conocer, sino porque tiene mucho más para revelarnos de lo que salta a simple vista. La fe auténtica implica confiar y arriesgarnos.

Aquí el evangelio nos impele a superar el mayor obstáculo de la libertad: el miedo al dolor. Aunque este es común a toda persona, lo decisivo está en no convertir el dolor en sufrimiento. Entendámonos: el dolor es inevitable en la vida, pero el sufrimiento implica una decisión. Cuando el dolor es asumido con fe y amor puede devenir en heroicidad, fortaleza y mayor libertad; en cambio, si es vivido como fatalidad y sin sentido, se convierte en sufrimiento, con toda su carga de congoja y desesperación. Como no queremos sufrir, tratamos de esquivar el dolor y, por tanto, no aprovechamos su valor redentor. Lo paradójico es que así hacemos crecer el bucle, al convertir lo inicial en sufrimiento añadido. La cruz, cuando es asumida, no aplasta, eleva, El dolor aceptado es un altar; el dolor rechazado, una cárcel.

En la libertad personal se decide vivir el dolor de una u otra manera. Por eso es fundamental conocernos como quien Cristo nos revela que somos: hijos amados de Dios, que saca bien del mal, y si nos pone a prueba es para hacernos crecer. El que entiende esto no teme negarse a sí mismo, Queriendo ganar la vida, no duda en ofrecerla ni poner en juego lo transitorio para alcanzar la eternidad. Cristo no reprende cualquier temor, sino el timor servilis, ese miedo servil que huye del sacrificio y no mira al cielo. El único temor legítimo es el temor de Dios, que no paraliza, sino que enciende la conciencia.

Todo esto nos hace ver que nuestro antipático ego está llamado a consumirse en una oblación del amor redentor. Esto comporta ir en contra de la corriente de los que sólo buscan su propio tener y placer. El gran drama del hombre que no se conoce a sí mismo puede resolverse en lo que san Pablo llamó “la locura de la cruz”: el que se abraza a ella encuentra la vida, el que se niega a sí mismo, se encuentra. El yo no se vence negándolo, sino entregándolo.

No basta preguntarse quién soy. Hay que dejar que Cristo responda con su cruz. Hoy él nos mira con ternura exigente y nos lanza la única pregunta que de verdad importa: ¿te atreves a vivir como quien ha sido conocido, amado y santificado?

Examina tu conciencia a la luz de Mateo 10, 26-33

«No tengáis miedo a los hombres, porque nada hay encubierto, que no llegue a descubrirse; ni nada hay escondido, que no llegue a saberse»

¿Vivo con doblez, aparentando ante los demás lo que no soy ante Dios?

«Lo que os digo en la oscuridad, decidlo a la luz, y lo que os digo al oído, pregonadlo desde la azotea»

¿Expreso públicamente mi fe, o la mantengo en privado por vergüenza o miedo?

«No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma»

¿Temo perder comodidades, aceptación o poder, descuidando así la salvación de mi alma?

«Vosotros, hasta los cabellos de la cabeza tenéis contados»

¿Creo realmente que soy amado, conocido y cuidado por Dios, o vivo como si estuviera abandonado?

«A quien se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos»

¿Me avergüenzo de Cristo en mis palabras, decisiones o actos?

Dile sinceramente a Dios:

Señor, dame valor para vivir en la verdad, proclamarte sin miedo y pertenecerte sin reservas.

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