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Sin ella no podré vivir

Дата публикации: 29-07-2026 01:08:09



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Santo Padre, si os place que yo muera y no viva más, lo aceptaré; pero mientras tenga que estar sin ella, no podré vivir”. Así responde –según refiere un cronista italiano posiblemente vinculado a la corte pontificia de Aviñón– el rey Alfonso XI (1311-1350) al papa Benedicto XII (1280-1342), que le reprende y amonesta por su relación con la poderosa concubina Leonor de Guzmán, en menoscabo del matrimonio real con María de Portugal y la postergación de esta Reina, que fue madre de Pedro I, asesinado por uno de los diez bastardos que nacieron del largo concubinato (1330-1350) de Alfonso XI y Leonor de Guzmán: el luego rey Enrique II de Castilla. La exhortación del Papa encomienda a Alfonso XI que luche y batalle contra sí mismo: “Examina tu conciencia y mira si no te habla nada acerca de esa concubina a que tanto tiempo estás demasiadamente apegado en detrimento de tu salvación y de tu gloria; combate tu pasión, hazte a ti mismo una guerra incesante y animada”. Uno de los más destacados investigadores y editores de las crónicas del rey Alfonso XI, el filólogo español Diego Catalán (1928-2008), nieto materno y discípulo de Ramón Menéndez Pidal, sostiene que es del todo evidente la confesión del Rey, desde que conoció a Leonor de Guzmán, inicialmente el año 1327, pero de manera más estrecha y pública a partir de 1330, cuando ya era una joven viuda de diecinueve años, y el rey hacía unos dos años que casó, conveniencia mediante, en 1328, con María de Portugal, hija del rey portugués Alfonso IV.

Dos años antes de morir, el propio Alfonso XI promulgó un Ordenamiento, tras las Cortes de Alcalá de Henares, el año 1348, uno de cuyos títulos, el XXI, se refiere a los adulterios y los fornicios, con una ley primera en la que figura esta disposición reproducida en castellano actual: “Toda mujer que haya contraído matrimonio válido mediante consentimiento presente con un hombre, siendo él mayor de catorce años y ella mayor de doce, y que cometa adulterio, podrá ser matada, junto con su amante, por el esposo si este los sorprende juntos y así lo desea. Pero deberá matar a ambos, sin que le sea lícito dar muerte a uno y perdonar al otro, siempre que tenga la posibilidad de hacerlo. Si, en lugar de matarlos, el esposo presenta una acusación contra ambos o contra cualquiera de ellos, la persona que resulte condenada será entregada al marido para que disponga de ella y de sus bienes como considere oportuno”. Esto es, sorprendidos los adúlteros in fraganti, podía el esposo quitar la vida a ambos, pero no matar solo a uno de los dos yacían juntos, morían juntos, cabe decir–. Y si el marido era menos vengativo, el condenado por los tribunales quedaba a su disposición, así como sus bienes. Cuestión significativa es la imposibilidad de que la mujer pudiera invocar el también adulterio de su marido como razón para su defensa: “La mujer no podrá eludir la acusación formulada por su marido o esposo alegando que pretende demostrar que él también ha cometido adulterio”. Manifiesta desigualdad medieval en la consideración jurídica de los hombres y las mujeres.

Diego Catalán, que tituló una de sus publicaciones Una antirreina en Castilla, realmente se pregunta si Leonor de Guzmán tuvo o no esa condición, ya que, más bien, le correspondería la naturaleza de reina de facto o, como considera la medievalista María Jesús Fuente, de casi reina, dado que pudo ejercer facultades y funciones, tanto sociales como políticas y simbólicas, propias de una reina consorte. Con esa última expresión, casi reina, el rango de Leonor de Guzmán se aproxima, sin afirmarse, a la condición que nunca tuvo, si bien convivió durante dos décadas con el rey, lo acompañó en campañas militares, fue madre de una extensa prole de bastardos muy favorecidos con privilegios, e incluso recibió atenciones de embajadores de otros reinos. En tanto que, como antirreina, se subraya que ocupó el espacio propio de la legítima reina María de Portugal, a la que suplantó. Fuera o no antirreina Leonor de Guzmán, cierto es que Alfonso XI fue un rey adultero que no pudo vivir sin ella, hasta que la peste acabó con la vida del monarca, en 1350, y la venganza de María de Portugal con la de Leonor de Guzmán en el año siguiente.

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