Endesa cortó las acometidas de 450 viviendas tras detectar un 80% de enganches ilegales: los vecinos sobreviven a base de hielo, linternas y la solidaridad de quienes cuentan con generadores
08/08/2026 Actualizado a las 00:26h.
Familias con niños pequeños, personas mayores y enfermas, empleados que necesitan el patinete, la bici y el móvil para ir a trabajar… la vida se está haciendo muy cuesta arriba este caluroso verano para los vecinos del casi medio millar de viviendas del distrito Palma-Palmilla a las que se cortó la luz hace semanas (algunos vecinos dicen que desde el 15 de julio, otros hablan de que desde hace más de un mes se encuentran con el suministro interrumpido). Una inspección realizada por Endesa en la zona detectó que el 78% de los suministros comprobados correspondían a enganches ilegales. Según explican los vecinos, un día a primera hora de la mañana, un operativo formado por policías con pasamontañas acordonó la zona y a continuación técnicos de la compañía retiraron los elementos de acometida para que no puedan volver a producirse estas conexiones fraudulentas a la corriente en bloques de varios edificios del vecindario. «Había muchos policías por la fama del barrio. Pero aquí se portó todo el mundo bien», recuerda Mari Ángeles Santiago, vecina de la calle concejal Pedro Ruz García.
Francisco Martín vive en la calle Eume, número 1, otro de los edificios afectados. Explica a SUR que, desde que cortaron la luz, él se apaña con un generador de cámping que le dura ocho horas. Se lo lleva a un amigo para recargarlo. «Cuando llegue la factura, ya echaremos cuentas», afirma. Martín añade, en una conversación en privado con SUR, que la gente no lleva bien que las irregularidades de unos las estén pagando todos los vecinos: «Por culpa de unos, pagamos todos», lamenta. En otro bloque, en este caso situado en la calle concejal Pedro Ruz García, las vecinas explican que había siete contadores (aunque vecinos son el doble de esa cifra) y también deslizan que «están pagando justos por pecadores». Pero todas las mujeres se afanan, orgullosas, en enseñar que la nueva instalación eléctrica con todo ya en orden está casi lista. También en el edificio de al lado. Para conseguirlo, han tenido que abonar hasta mil euros por vecino y tirar de los fondos de la comunidad. El electricista que ha hecho los trabajos está cerca, es quien tiene la llave del habitáculo en el que se encuentra el cuadro eléctrico, lo llaman y explica a SUR: «El problema es que había mucha gente enganchada y Endesa ha decidido cortar la luz por seguridad, pero ahora ya está en vías de estar normalizado». Algunas personas confían en que la semana que viene tendrán ya electricidad. Otras creen que aún tendrán que esperar hasta septiembre.
Aunque en vivo, en la visita de este periódico al barrio, no saltan recriminaciones espontáneas entre vecinos, sino unidad en su incomodidad al enfrentar olas de calor sin poder enchufar un ventilador, Francisco Martín reconoce por teléfono que sí ha habido roces, y añade: «Entre clanes, se evita ir a más, porque se puede llegar a una riña más grande». Y, en cuanto a la cuestión de que plantaciones de marihuana puedan estar disparando el consumo eléctrico, afirma: «En nuestro edificio, no. La policía abrió casa por casa y pudo comprobarlo. Aunque no puedo decir que en el barrio no las haya».
«Queremos hacer las cosas bien. Queremos pagarlo todo. Queremos vivir como personas, no como salvajes, eso se acabó»
Sea como sea, la vida ha cambiado, y a peor, en el barrio. No sólo porque la vida cotidiana se complica: de noche la vida se hace a oscuras, no hay frigorífico para guardar la comida y el calor sólo se puede combatir con un abanico. También porque en el vecindario hay ancianos, como Carmen Hurtado, de 94 años, de quien sus hijos dicen que «se ha apagado» desde el corte de luz, o enfermos que necesitan mantener fresca la medicación y los aparatos a los que tienen que estar enganchados, en funcionamiento.
María, vecina de la calle Eume, lamenta que tiene que hacer la compra a diario y tirar a la basura lo que la familia no puede consumir en la jornada. Afirma que se tuvo que hacer con un hornillo para cocinar. Y que, sin poder poner la lavadora en su casa, tiene que gastarse entre 35 y 40 euros a la semana en la lavandería. «Ya no puedo más», añade Mari Reyes Vázquez: «Primero voy a por el hielo (la veremos más tarde cargando con el carrito de la compra a tope de cubitos en el edificio sin ascensor). Luego me voy a diálisis, después me acuesto y salgo empapada de sudor. Si voy al baño por la noche, es como la boca del lobo. Ayer tiré un kilo de carne y un litro de leche a la basura. Y lavé las sábanas con mi hija a mano el otro día: ¿Cómo voy a pasar un mes sin lavar las sábanas? Pero cuando acabamos me levanté que no podía moverme tras estar agachada tanto tiempo. Queremos hacer las cosas bien. Queremos pagarlo todo. Queremos vivir como personas, no como salvajes, eso se acabó».
«Hay veces que no puedo cargar el móvil, así que ya tengo tres ausencias en el trabajo y me castigan tanto el algoritmo como la empresa, aunque presente los justificantes»
En casa de Francisca Godoy, de 65 años, además hay una persona enferma, su hermano Antonio, de 68 años. Está postrado en la cama, con una bombona de oxígeno al lado, que sí le funciona en casa. Pero el aparato que necesita cuando sale a la calle requiere cargarlo en la corriente, para lo que muchas veces acude al kiosco de abajo. «Aquí hay 42 grados de calor. No podemos poner ni el ventilador ni el aire acondicionado», lamenta otro de los hermanos Godoy, que muestra también cómo se alumbran por la noche: con unas linternas con una bonita forma de farolillo que tienen que alimentar con pilas, un gasto más, como el hielo, a razón de dos euros la bolsa, para mantener al menos el agua fresca. En la cocina, agradecen tener gas (lo que también les asegura el agua caliente), pero abren el frigorífico y lo tienen absolutamente vacío, salvo por unos botes de conservas, así que opera como un mero armario. Otra solución de emergencia habitual en las viviendas afectadas consiste en la compra de las neveritas de corcho que a menudo se ven en las playas y que para estas familias se han convertido en cuestión de pura supervivencia.
Al salir de la casa de Francisca Godoy, en el descansillo está Luis León, de 22 años, con su bici y su mochila de rider, de repartidor de Uber. Apenas lleva cuatro meses viviendo en ese edificio de la calle Eume en el que comparte piso con su hermano, que trabaja de repartidor para Carrefour. Por su empleo, no puede vivir ni sin móvil, ni sin su vehículo. Menos mal que tiene el kiosco de debajo de su casa (el mismo que ayuda a la familia Godoy), donde puede cargar el teléfono y la batería. Aunque le da apuro ir siempre al mismo sitio («no puedo ir a cada rato», dice, prudente), así que a veces se va al súper o a los establecimientos para los que trabaja para enchufar los aparatos. Con todo, admite: «Hay veces que no puedo cargar el móvil, así que ya tengo tres ausencias y me castigan tanto el algoritmo como la empresa, aunque yo presente los justificantes». A este muchacho tan responsable el corte de luz le está costando dinero, encargos, su rendimiento en el trabajo, en definitiva.
«Ahora tengo dos móviles cargando, pero también me traen las baterías de las bombonas de oxígeno o los patinetes. Todos los días. Desde la mañana a la noche. Al principio además guardaba los congelados de los vecinos»
Menos mal que está la salvadora del barrio. «Ahora tengo dos teléfonos cargando, pero también me traen las baterías de las bombonas de oxígeno o los patinetes. Todos los días. Desde la mañana a la noche. Al principio, también guardaba los congelados de los vecinos», asegura Sonia Santaella, que ahora mismo está al cargo del kiosco que regenta su hermana Mónica. «A todo el que lo pide, yo le ayudo. Hago lo que puedo», agrega. El próximo recibo de la luz será elevado, le advertimos. Y ella bromea: «Bueno, pues entonces ya pasaremos la factura al personal…». Inmediatamente desliza: «Cuando llegue el recibo, lo pagaremos, porque nosotras sí que pagamos la luz. A nosotras nos gusta ayudar al barrio. Mi madre nos enseñó así», concluye Sonia.
De la calle Eume pasamos a la calle concejal Pedro Ruz García, que se encuentra a muy pocos metros: Araceli Gómez y Salvadora Maldonado comentan que lo único que pueden hacer es estar en la calle, porque el calor que hace en su casa no se puede aguantar. «Nos han cortado la luz cuando más calor hace. No ganamos para hielo», protestan. Y, para comer, aclaran, resueltas: «Bocadillo de salchichón y de mortadela al canto». Todo tiene su lado bueno y al menos el corte de la electricidad les ha dado vacaciones en la cocina. Francisca Melgare, visiblemente nerviosa, también se queja del calor contra el que no encuentra manera de luchar: «Vamos a caer enfermos. Entro en mi casa y me echo a llorar. Vivo en el último piso y ahí hay más de 40 grados. Mucha gente tenía su contador legal, pero todos estamos sin luz. Esta situación nos está quitando la vida. Yo no estoy bien de los nervios y cuando me meto en casa parece que estoy en un búnker que arde por dentro».
«Vamos a caer enfermos. Entro en mi casa y me echo a llorar. Vivo en el último piso y ahí hay más de 40 grados. Mucha gente tenía su contador legal, pero todos estamos sin luz»
Victory no puede resolver la comida diaria a base de bocadillos, porque tiene dos bebés y por eso ha comprado una placa de butano que le ha costado cerca de noventa euros, desembolso al que tiene que sumar el de las correspondientes bombonas. Así suple la vitrocerámica original de que dispone su cocina y que ahora no vale para nada. «Cuando hace mucho calor, vamos fuera a tomar el aire. A las doce de la noche volvemos a casa a dormir. Tenemos abiertas las ventanas, pero hay muchos mosquitos y les pican a las niñas; mira el cuerpo de mi bebé... Creo que vamos a estar así hasta septiembre. A mis hijas a veces las entretengo con el móvil que cargo en casa de una amiga que tiene un generador eléctrico», explica Victory.
Lidiar con el aburrimiento infantil, que puede desencadenar rabietas, sobre todo si está envuelto en el calor sofocante de los días de terral, es seguramente más fácil que hacer frente a la enfermedad y a la vejez en estas precarias condiciones. Además, las niñas de Victory son adorables, no parecen dadas al llanto. Pero a Carmen Hurtado, de 94 años, se le va la vida. Cuando SUR entra en su casa, el breve cuerpo de la mujer yace sobre la cama. «Cortaron la luz y se apagó ella. Dio un bajón cuando se fue la electricidad», comenta una de las hijas, que explica que su distracción, lo que le daba la vida a la anciana, era ver la televisión. Ahora no puede hacer nada. En ese mismo cuarto en que descansa Carmen Hurtado, por la noche, duermen otras tres personas: «Es mortal de calor», describe Remedios Ochando, hija de la mujer, que abre la puerta de otra habitación para mostrar que en la casa también vive otro hermano, que está enfermo y requiere una bombona de oxígeno.
Rosario Nieto tiene diabetes y necesita insulina que tiene que estar refrigerada. Lo mismo le ocurre a Mari Ángeles Santiago, que enseña la neverita con hielo en la que conserva la medicación junto a un yogur y un zumo. Cuenta que se le va un dineral en cubitos y que ya ha tenido que tirar cajas de insulina a la basura por estar muy caliente: «No me iba a meter eso en el cuerpo. Así no se puede vivir, pendiente de que no se derrita el hielo y no se me eche a perder la insulina», lanza.
Antonio Salguero, que acompaña a su madre, María Moreno, enferma en la cama tras haber sufrido dos trombosis y varias operaciones, llama a esta reflexión: «Lo que pido a quien nos ha cortado la luz es que se siente un momento y piense que ella es su madre».