La narradora vasca regresa con ‘Era todo el mismo hueco’, un conjunto de relatos sobre la fragilidad de las relaciones.
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En el relato que abre Era todo el mismo hueco (Random House), el último libro de Eider Rodríguez, una mujer sigue la indicación de su médico, que la anima a “reconectar con su cuerpo”, e inicia una aventura con un desconocido más joven con el que conversa un día por casualidad en la playa. A continuación, la escritora vasca esquiva el dramatismo con el que otros autores tratarían la infidelidad, exime a su protagonista de la carga de la culpa, para plasmar algo más sutil y escurridizo. “Intento escribir más allá de la convención y más allá del lugar común, yo creo que es la obligación de cualquier autor”, explicaba Rodríguez en una entrevista con este periódico hace unas semanas, cuando presentó su obra en el Centro de Iniciativas Culturales de la Universidad de Sevilla (Cicus) de la mano del Centro Andaluz de las Letras.
“En este relato los personajes tienen una relación aparentemente normal, pero quería ver qué se esconde detrás de esa palabra, normalidad”, prosigue la narradora. “Ellos llevan juntos mucho tiempo, ella le dice a él que ha conocido a alguien y que está enamorada, el problema es que su amante no siente lo mismo. Charlar sobre eso con tu pareja también puede ser sanador”, defiende Rodríguez.
Era todo el mismo hueco confirma a esa creadora lúcida, fascinada con la complejidad humana y enemiga de las certezas que ya apuntaban textos como Un corazón demasiado grande y Material de construcción. En este nuevo conjunto de historias, Rodríguez reúne a una serie de criaturas desubicadas y en búsqueda: los personajes viven en lugares fronterizos, como en Mares y ruinas, la crónica de una amistad que se descompone, donde una de las chicas vive “entre Hendaya, Irún y Hondarribia sin ser ni de aquí ni de allá”, y a lo largo de las páginas se suceden espacios singulares como un cámping, un establo o un bungalow.
“Me intrigan los espacios no productivos, los que no generan riqueza, que están en los márgenes”, se decanta una escritora que ya no se siente inspirada por “las cosas que ocurren en una ciudad con mucho ruido. Se me ha caído ese interés. Lo tuve, a los 20 años, pero ya no. He estado por la promoción en Madrid, en Barcelona, y a la vuelta me preguntaban dónde había estado y no sabía qué responder, porque eran sitios que podrían ser cualquier lugar, y eso es muy extraño y muy triste. Tenía que pensar en las personas con las que había estado para ubicarme”.
“Me sorprende la literatura que no habla del trabajo, o de su falta, algo que nos determina”
En El agujero, una pareja cava un hueco en la tierra con el propósito de ampliar su vivienda, y Rodríguez compara esa laboriosa empresa con el acto de escribir. “Yo al principio me enfrentaba a mis proyectos con una hoja de ruta bastante estricta, con una escaleta... Antes pensaba que sabía lo que estaba escribiendo, y ahora es distinto: voy sin brújula, tengo que dejar espacio para explorar qué subyace debajo de la trama que he escogido, qué otras motivaciones hay, qué otros ríos corren por debajo... Me ocurre como a los personajes de ese cuento, que mientras escarban van entendiendo lo que les dice la tierra”.
“Antes tenía algunas seguridades”, confiesa, “y no sé si se debe a la edad, o a cómo está el mundo, o todo junto [ríe], pero de repente soy más consciente de lo delicado y precario que es todo. Ese sentimiento, ese miedo, se ha colado en mis relatos, y ahora escribo sobre lo frágiles que son nuestras relaciones. Si uno analiza mi obra se encontrará con que hay muchos personajes sin trabajo, o enfermos, un detalle que me parece revelador”, añade Rodríguez, que se resiste a ese elitismo de “cierta literatura, la anglosajona y también la francesa, en la que leemos novelas enteras en las que no sabemos a qué se dedican los protagonistas, que no trabajan en toda la narración... ¿Son todos ricos entonces? Pero en la vida de cualquiera el trabajo, o su falta, da muchas preocupaciones. No te define, pero te modula”. Rodríguez podría atribuirse el hábito de uno de sus personajes: “No sabía estar con la gente sin conocer sus profesiones, sin entender por qué desagüe se les derramaba la vida”.
La autora asegura que a menudo escribe “para averiguar qué pienso de ciertas cosas”, como en el relato Corazón de pato, en el que aborda los sentimientos encontrados que suscita la donación de semen en un proceso de inseminación. “Tengo gente a mi alrededor que ha ayudado en una historia así, como un acto generoso, y me parece genial, pero ¿y si fuera yo la pareja de uno de ellos, cómo me sentiría? Porque a veces tu ideología te lleva hacia un lado, y la emoción te tira hacia otro extremo. A veces me ocurre que en medio de un relato me veo tomando una postura a través de los personajes”.
“Escribo para averiguar qué pienso de ciertas cosas. Mis personajes me ayudan a entenderlo”
En el diálogo que mantuvo en Sevilla con la cineasta y arquitecta Reyes Gallegos, Rodríguez recordó la libertad que le supuso escribir en euskera y desmarcarse así del castellano que se escuchaba en su casa. Al día siguiente de esa charla, en esta entrevista, ahondaba en esa idea: “Cuando publiqué mi primer libro, hace casi 20 años, las críticas me definían como audaz y osada, algo que a mí me llamaba la atención porque era la literatura que yo leía, no estaba haciendo nada del otro mundo, precisamente. Pero eso, con el tiempo lo entiendo, tenía que ver con haber elegido una lengua en la que no te leen tus padres. Cuando tradujeron aquella ópera prima y mi madre al fin pudo leerla, me dijo: Mucho sexo, ¿no?”, evoca.
El euskera permitiria más tarde la distancia con el entorno familiar en un libro “de duelo” como Material de construcción, una brutal y hermosa carta a un padre alcohólico que sólo podía redactarse desde la honestidad, la obra que terminó de consagrar a Rodríguez en 2023. “Me encargué yo de la traducción al castellano, y fue horrible, porque quité el velo que convertía a mis padres en personajes. En euskera se expresaban de una manera, pero, de repente, en la nueva versión ya no estaba la literatura, sino la vida. Me obsesionaba reflejar cómo habría dicho mi padre una frase en la realidad, y me costó mucho dar por válido ese trabajo”, dice, antes de señalar una paradoja: que incluso una literatura sin concesiones hace más llevaderos los días. “Por un lado, mi obra no busca embellecer el mundo, quiere mostrarlo como es. Y sin embargo, a veces, como en el último relato de Era todo el mismo hueco, que es duro y tierno al mismo tiempo, la escritura consigue que las cosas se vuelvan más suaves de lo que parecían antes, cuando aún no estaban formuladas en palabras”.
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