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Relato de verano: Ángel caído

Дата публикации: 13-08-2026 21:18:17



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Por Juan Manuel Chica Cruz

13/08/2026 a las 23:18h.

Se regaló una última mirada para contemplar a la mujer que yacía desnuda sobre aquella misma sábana satén con la que hicieron el amor por primera vez. Ese recuerdo hizo subirle hasta las sienes una oleada de pensamientos con muchos grados de deseo –una extraña emoción que, a todas luces, resultaba impropia para alguien como él–.

Un soplo de aire fresco atravesando el apartamento en mitad de la madrugada alivió un calor que comenzaba a ser sofocante, pero también avivó el incendio que acababa de provocar para reducir a cenizas, con la protagonista dentro, una historia sentimental que nunca debió permitirse. Su némesis pudo soportar tras cuarenta días en el desierto tentaciones de cuerpo, alma y ego, y él, como vulgar Adán, caía ante una Eva cualquiera.

Otra derrota más.

Aquel fuego empezó a crecer más rápido de lo que imaginó, pero, aun así, quedó extasiado en sus muslos firmes por el deporte y en sus pechos desafiantes a la gravedad como él lo era a la ley de Dios. No pudo evitar recordar la primera cita en aquella cafetería cuando se le presentó con su cabello negro suelto que embriagaba con un dulce olor a champú descansando sobre unos hombros bronceados por sol de cabina de rayos ultravioleta y un 'top' con un escote que como un agujero negro atrapaba su mirada. «Mírale a la cara, solo a la cara, por todos los demonios», se decía en aquella cita, sin sospechar que tal vez ella estuviera buscando ese efecto. Después supo que aquellos pechos no eran más que goma y que, en realidad, en ella poco había de natural. Todo impostado.

Hasta el amor y el afecto. Quizá como él, pero más humana.

Con aquella cita se sintió el rey del universo. Pudo, tras la cena, hundir algo más que la mirada en aquellos pechos bronceados y contemplar un precioso amanecer con vistas a la Alhambra como nunca había visto ni soñado a pesar de ser la ciudad que le había visto renacer de sus cenizas.

Perdió la cuenta de cuántas cervezas había tomado mientras consultaba frenéticamente el 'Tinder'. Cuando el camarero le dijo que iban a cerrar le devolvió tal mirada que fue suficiente para que, sin mediar palabra, le sirviera otra cerveza mientras recogía y limpiaba el local sin ningún cliente más y sin atreverse a mirarle de reojo siquiera. Analizaba su perfil en 'Tinder' una y otra vez. Ger, 38 años. Ger era el acrónimo de su verdadero nombre: Gertrudis Espite Román. Una mujer de bandera como ella bien podría llamarse como le diera la gana. Cuántos 'matchs' habría coleccionado ya aquella maldita zorra. Seguro que tendría la cuenta y perfil abiertos en 'Tinder' desde antes de que le dijera que necesitaba tomarse un tiempo en la relación. En su descripción en la aplicación decía buscar relación estable, pero que no lo tenía claro. Que estaba cansada de ángeles y de demonios. Qué sabría ella –pensó, dando un manotazo en la mesa–. El alcohol y la ira ahogaban sus neuronas. «Mal nacida», se dijo esbozando una media sonrisa mientras abandonaba el bar para encaminarse al apartamento.

Mientras le prestaba dinero porque ella decía, entre lágrimas sueltas que no terminaban de unirse unas con otras en su descenso por las mejillas, que andaba apurada, entonces sí era un sol, pero conforme su seguridad en su amor mermaba como el agua de los pantanos en los secarrales todo cambió.

En justicia, no habría nada que reprochar. Ella era humana y él mucho peor. Si la estaba viendo en 'Tinder', era porque también él tenía cuenta abierta, aunque para justificarse él no daba corazoncitos. En cambio Ger, la zorra de Ger, luciendo ese escotazo en esa foto, seguro que no pararía de deslizar a un lado u otro a candidatos babosos deseosos de acostarse con ella. Quizá ya lo estuviera haciendo, o lo que era peor, quizá no hubiera dejado de hacerlo.

Le había tomado el pelo.

A él.

Algo a lo que nunca se había atrevido a hacerle nadie antes. Sería el hazmerreír de su maldita cofradía cuando se enterasen. Descendería, literalmente, al fondo de los infiernos. Apostó por ella y por aquella cena romántica en el Albaicín, lo que le había supuesto una buena discusión con el imbécil de su jefe y del resto de lameculos aspirantes a sucederle. Después de brindar con champán bajo el cielo estrellado presidido por una hermosa luna llena que parecía querer descansar sobre el palacio de Carlos V, Ger le invitó a su apartamento.

La cerradura de la puerta no quiso abrir. Durante unos minutos la puerta se resistió y aquel tiempo hizo que la adrenalina devorara sus venas consumiéndose por el deseo de hacerle el amor en el rellano.

Algo que nunca, en toda su vida, había experimentado.

«Un día me quedo tirada dentro o en la calle», dijo con una medio sonrisa de Caperucita Roja dirigida al lobo feroz de mirada penetrante.

Tras mucho manoteo y cuando daban por imposible entrar al apartamento, él posó su dedo sobre la cerradura. Se oyó al instante un 'clic' que abrió la puerta a la par que dio rienda suelta a una lujuria que, ahora, rememoraba en su cabeza rebobinando imágenes y escenas como si en cada recreación volvieran juntos de nuevo todos los orgasmos de aquella noche.

Ger se despertó por el calor que ya comenzaba a ser insoportable en todo el apartamento. Abrió los ojos y le encontró allí, de pie, con esa mirada abisal inquietante. La observaba con unas pupilas de color rojo que Ger no podía discernir si eran debido al reflejo de las llamas que comenzaban a devorar el apartamento o a que era un puro demonio.

Los gritos de Ger, mitad por el dolor de las quemaduras, mitad por la certeza de haber intimado y visto de cerca al diablo no impidieron que pudiera avanzar por el pasillo hasta alcanzar la puerta. Puerta que, como en la primera cita con él, ahora tampoco quiso abrir.

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