El fracaso sin paliativos del Brexit ha arrojado el resultado paradójico de la eliminación definitiva de la frontera entre las dos Irlandas y la supresión de la barrera entre Gibraltar y España. Tal ha sido el despropósito de este compendio del populismo que ha enfrentado al Reino Unido a una realidad que no quería ver: hace mucho tiempo que dejó de ser un imperio. Gibraltar es un pecio de aquellas glorias, habrá quien opine que se trata de otro triunfo de la Union Jack, la bandera que seguirá ondeando a levante y a poniente en uno de los extremos de la tierra gaditana.
Y, sin embargo, es el fracaso político de una nación dividida por un referéndum. Los llanitos, como los londinenses y los escoceses, votaron en contra de la salida de la UE. El espacio Schengen, que en buena medida delimita la verdadera ciudadanía europea, se amplía desde La Línea hacia el interior y tendrá que ser el inglés quien muestre el pasaporte cuando pise el suelo gibraltareño. Esto es algo que no ha pasado desapercibido en la Cámara de los Comunes. Ganan, es verdad, los gibraltareños porque la decisión de su metrópolis los condenaba a volver a vivir encerrados, pero también mejoran los miles de trabajadores que ahora cruzarán sólo una calle donde antes había una frontera.
Hace unos años le pregunté a un embajador del Reino Unido por qué tanto empeño de su país por mantener la soberanía sobre Gibraltar, cuando España era un socio y un aliado, una democracia constitucional y lo que ellos llamaban la Roca no era más que un peñón, a lo que me respondió que, posiblemente, se debía a una voluntad histórica de los británicos por defender a los pueblos más pequeños y débiles. No me arrojé al suelo porque desconfiaba del polvo de la moqueta, pero me acordé de los irlandeses, de los indios de la India y de los indios de Manhattan. En esta ocasión lo que le ha importado a Gran Bretaña es conservar intacto el estatus de su base militar, que es un punto de atraque básico para sus submarinos nucleares, destructores y fragatas. En eso España no ha arrancado nada, a pesar de ser aliado de la OTAN.
Este tratado, sin embargo, abre un nuevo período histórico, más sensato y, probablemente, muy beneficioso para el Campo de Gibraltar. Fabian Picardo y Juan Franco, dos tipos listos como pocos, lo han celebrado sobre los restos de la vieja Verja. Saben que ambos ganan, aunque no golean. Diario de Cádiz siempre ha llevado las noticias de Gibraltar en su sección de provincia, porque más que una reivindicación, que lo es, es un hecho natural, es su sitio. Lo que corresponde, y ahí se quedan.
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