Primera baja, tras las al menos 88 vidas reventadas en un rato contra la orilla española, y ni se sabe en la marroquí: la verdad. Con razón la Filosofía es optativa en los colegios, así no molestamos con preguntas insidiosas tales como: ¿Por qué exculpa, señor presidente, de toda responsabilidad (en palabra, obra u omisión) al Gobierno de Marruecos? ¿Por qué tú, fascista espasmódica de brazo en alto, y tú, cobarde neonazi, y tú, infeliz al que no quiere ni su padre, odiadores a sueldo, deshonra de España, tacháis de culpables a las víctimas? ¿Qué siluetas se adivinan detrás de esta cortina? ¿Cómo van, señora presidenta, estas criaturas descalzas a tomar un vuelo en su exclusivo Espacio Schengen? ¿Quién patrocina este atropello a una ciudad y estado, usando de cientos de vidas humanas de arma arrojadiza? Respondan sin reírse, que tenemos aquí una pila de cadáveres aún calientes. Necesitamos, como siempre y más que nunca, lo que más falta: ontología y deontología.
Quienes compiten en la carrera por imponer su relato, han llegado hasta aquí con el mismo hecho pedazos. Si quienes aspiran a mantener o a arrebatar el poder habitualmente se esmeran en cubrir la realidad con una gruesa capa de argumentario, que enseguida reverbera y se amplifica en la platónica caverna, en esta ocasión la verdad es tan grande y doliente que las explicaciones no la cubren. Qué credibilidad pretende reunir Sánchez, tras la miseria de haber cambiado la postura de España en cuanto al Sáhara Occidental, al atribuir toda la responsabilidad de este “ataque a la integridad territorial” a las mafias. Qué credibilidad quienes, obviando las tensiones internacionales, atribuyen esta barbaridad a una suerte de espontánea rebelión de los parias del mundo (esos zombis/demonios) que, no teniendo donde caerse muertos, ahora flotan sobre las aguas. La verdad es la verdad, la diga Agamenón o su porquero. El problema de nuestros días es que ninguno de los dos la dicen. El relato, los relatos, se han roto en mil pedazos. Para no clavarnos los cristales, a quienes tenemos como loca ideología los derechos humanos, nos toca caminar con buen ojo, pie firme y buena letra (“Escribo –sostiene Maillard– para que el agua envenenada pueda beberse”).
Quiero manifestar mi duelo por todas y cada una de las personas que en Ceuta acaban de jugarse y de perder la vida.
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