Se lo leí, en vísperas de la final, a un usuario en las redes, en uno de los muchos comentarios a un meme que imaginaba a un Keyne Yamal bravío y macareno: hay que crear ya el Instituto Andaluz del Sticker. Secundo la propuesta. Ahora que están diseñando la estructura del nuevo Gobierno, sugiero que incorporen este nuevo órgano, siempre que, por razones obvias, no recaiga en la Consejería de Churras y Merinas que le han dado a la ultraderechísima.
Para quien –beatus ille– no tenga WhatsApp, explico que los stickers son el plus ultra de los emoticonos, imágenes digitales estáticas o animadas que tienen una función expresiva. Y como es fácil hacerlos a medida, y toda expresividad nos parece poca, corren por los móviles sureños stickers inasibles allende Despeñaperros. Aunque cada provincia pujaría por ser sede central (incluidas las orientales; en el Santo Reino y en el Nazarí las dejamos caer a plomo), vengo a defender la candidatura de Sevilla para este nuevo chiringuito ideológico, que persigue adoctrinar en la poca vergüenza. Aporto motivos: en mi móvil tengo, de los confesables, stickers del icónico grito del Cerro “El barrio entero pa ti. ¡Pa la calle, reina!”, del esforzado Angelito el Aguaó, niñas niponas en la Feria, la Pantoja, la Pantojita, el Pali en vespa, Lopera llamando al Banco Hispanoamericano, un pato pegándose una pataíta, y la Virgen del Rocío –apropiación cultural– con una sonrisa de oreja a oreja. De Messi llorando pero en la calle Pureza, al ver pasar las Tres Caídas. Hay quienes se rasgan las vestiduras. Yo solo veo cariñazo. Eso sí, la dirección no se la daba a nadie que vaya –qué dolor– de graciosillo.
Hay un genio y un ingenio libre e insurgente en la gente corriente, que se deslengua en cuanto se despistan los guardianes de “lo que está mandao”. Y lo hace a través de la gracia, sin personalismos ni personajismos. Qué mejor ejemplo que la guasa de la selección esperando a que el Señor de la Guerra se quite de en medio. Frente al cliché, el tópico y el lugar común, la gracia del pueblo –lo que le quede de pueblo al pueblo, diría García Calvo– es rápida, fresca, desmandada, humana, cero complaciente con el poder. Lo contrario a la risotada (jojojó) del señorito. Se expresa en la calle, por escrito, con la IA. Se hace porque sí, para nada, como nadie, sin fin egoico o económico. No tiene puertas ni dueño. Por eso es tan útil, tan ancha, tan necesaria.
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