Aunque produce asombro saberlas, no deben de ser sino bien mesuradas judicialmente las condenas que el Tribunal Supremo ha infligido al ex ministro, mano derecha y muñidor necesario de la resurrección política de su partido en Primarias, luego, de portavoz de la parlamentaria acreditación de Pedro Sánchez hacia el Gobierno. Ábalos lideró en sede legislativa la moción de censura que mandó, esa misma noche, a Rajoy a trasegar whisky junto al Parlamento, y luego a su plaza de Registrador: el tiempo dirá adónde más. Así como a Ábalos, se ha condenado duramente al tal Koldo, que, aunque ya sin aforamiento pero por ósmosis procesal, ha sido juzgado en la Suprema instancia de la Ley. 24 años a uno; 19 años al otro. No debe de caber gran duda de que la suma de sus delitos de varia índole y no poca gravedad han sido probados, por lo burdo de sus manejos y la evidencia de las pruebas. Otro delincuente plausible, Víctor de Aldama, ha sido trajinante necesario de los dos condenados del trío de ases marcados: con Derecho, su colaboración con la Justicia le ha propiciado escapar, casi de rositas. En esto, nadie va a esgrimir el lawfare, uso ideológico y espurio de la Justicia.
No cabe meter en este mismo saco otras causas que afectan al presidente del Gobierno. La que acusa su mujer, Begoña Gómez, acometida por un juez instructor de excesiva relevancia pública, Peinado. Gómez dirigió una “Cátedra patrocinada”, figura que nada tiene que ver con la función docente e investigadora de un catedrático de carrera: se trata de una unidad satelital, deseablemente complementaria y no curricular; que puede –debiera– coadyuvar a la investigación y a vincular a la universidad con su entorno. La dirigida por Gómez, reiteremos, patrocinada privadamente por empresas, y no cualesquiera. Como muchos otros profesores de la Universidad pública, he participado en dos.
Que, a la Justicia, con la que cae, se la enfrasque a un asunto –Begoña– que a un lego le extrañaría que derivase en condena, y que esa causa se la confunda en tamaña obligación institucional, juzgar: eso sí huele a obstinación y alineamiento. Al lawfare de marras. Repugna intelectualmente que se agite en el mismo saco, el de las notorias causas, a lo que es grave y mayor con una politizada inquina personal, contaminando al país, para quizás nada. “Sombra aquí, sombra allá: voy a por ti, voy a por ti”.
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