El músico protagonizó en el Castillo de San Marcos una ceremonia que unió su trayectoria personal con un viaje por la música medieval de la mano de Marco Polo
La Academia Santa Cecilia encara el mes de agosto con diferentes citas en El Puerto
Alberto Barea Tejada dio este martes un nuevo paso en una relación con la Academia de Bellas Artes Santa Cecilia que comenzó hace más de cuatro décadas. El músico y director de orquesta tomó posesión como académico correspondiente e ingresó en el Cuerpo de Académicos durante una sesión extraordinaria y solemne celebrada en el Castillo de San Marcos, dentro del XXV Ciclo de los Martes de la Academia. Una ceremonia en la que terminaron entrelazándose dos viajes: el suyo propio, iniciado en El Puerto cuando apenas era un niño, y el que siglos atrás llevó a Marco Polo hacia Oriente.
La sesión comenzó con la lectura del certificado que acreditaba su nombramiento, aprobado tras valorar una trayectoria ligada a la composición, los arreglos, la informática musical, la edición de partituras y la música para escena, además de su especialización en la música de los siglos XII al XVI.
Acompañado hasta la tribuna por los académicos Juan Fernández de la Gala y Juan Villarreal, Barea comenzó su discurso mirando a noviembre de 1980, cuando tenía siete años y acababa de llegar a El Puerto procedente de Ronda. Fue entonces cuando el jesuita Diego Casares acudió al colegio San Agustín con un pequeño armonio para realizar una prueba de voz. Barea recordó con humor que tuvo que hacerla con las manos a la espalda porque justo antes se le había rajado el pantalón.
Aquella anécdota terminó marcando el comienzo de su camino musical. Empezó a colaborar en los coros de San Luis y La Salle y, con solo siete años, se convirtió en miembro fundador de la Escolanía del Orfeón Portuense. Su interés por comprender el lenguaje de las partituras terminó llevándolo hasta Santa Cecilia, donde comenzó su formación con Miguel Lebeque y Fernando Franco y a la que años después regresaría también como profesor.
Durante su intervención agradeció la confianza depositada en él y recordó a maestros, compañeros, músicos y familiares que han formado parte de su trayectoria. Sin embargo, su discurso no iba a terminar únicamente con palabras. “Soy músico y, como tal, desarrollar una parte del discurso mediante el sonido es casi obligado”, explicó.
La música tomó entonces el relevo con Marco Polo: Un viaggio per il Trescento, interpretado por 'La voce del tempo', formación integrada por Alberto Barea, Carmen Hidalgo y Álvaro Garrido y dedicada a la investigación y recuperación de música de los siglos XII al XVI.
La actuación fue mucho más allá de una sucesión de piezas medievales. Las aventuras de Marco Polo sirvieron como hilo conductor para introducir las composiciones y recorrer algunos de los lugares y culturas que encontró durante su viaje por la Ruta de la Seda. “Esta historia la escribí estando preso en la ciudad de Génova en el año de 1298”, comenzaba una narración que llevó al público desde Constantinopla hasta territorios como Jerusalén, Armenia o Persia.
Cada parada encontraba su correspondencia musical. El programa incluyó piezas de Alfonso X como 'Pois aos seus que ama' y 'Pois que dos Reys', además de 'O pianta vagha', de Francesco Landini, que acompañó el relato del singular “árbol seco” encontrado durante el paso por Persia. En total se interpretaron nueve composiciones de autores medievales.
Alberto Barea, Carmen Hidalgo y Álvaro Garrido, durante la interpretación de 'Marco Polo: Un viaggio per il Trescento'.
/ Lourdes de Vicente
Palabra, canto e instrumentos se alternaron para convertir el concierto en un recorrido simultáneo por la geografía y por la música medieval. La intención no era reconstruir aquello que Marco Polo pudo escuchar durante sus viajes, sino acercarse al mundo descrito por el veneciano desde la música occidental de su tiempo y del posterior Trescento italiano. Mientras el viajero avanzaba hacia Oriente, el público avanzaba también hacia el siglo XIV.
Finalizada la interpretación, Carmen Cebrián González dio lectura al discurso preparado por Pedro Salvatierra, quien estaba previsto que recibiera al nuevo académico pero no pudo finalmente acudir al acto. Salvatierra repasó la trayectoria de quien fuera su alumno, desde sus comienzos en la Escolanía del Orfeón Portuense hasta su desarrollo como director, compositor, profesor, investigador y especialista en música antigua.
Su intervención puso especialmente el acento en la relación de Barea con Santa Cecilia, que no había sido “la de un visitante ocasional”, sino la de alguien que había aprendido entre sus muros y posteriormente enseñado en sus aulas. También destacó su labor docente, su impulso a diferentes proyectos musicales y su vinculación con El Puerto. “Nunca ha olvidado sus raíces ni la ciudad que lo vio nacer musicalmente”, señaló.
La sesión entró después en su recta final con una última intervención en nombre de la Academia, que felicitó a Barea por su discurso y por la actuación ofrecida junto a sus compañeros. “Nos hemos sentido en el siglo XIII”, se señaló sobre un concierto que encontró en el Castillo de San Marcos un escenario especialmente acorde. También se recordó su participación en la recuperación de la Banda de Música Maestro Dueñas.
Con el deseo de una “larga y fructífera colaboración” se dio por levantada la sesión. Terminaba así una noche marcada por los viajes. El de Marco Polo llevó al público por la Ruta de la Seda y varios siglos de música; el de Alberto Barea comenzó mucho más cerca, cuando siendo niño llegó a Santa Cecilia para aprender aquel lenguaje que empezaba a fascinarle. Más de cuatro décadas después, aquella relación sumaba un nuevo capítulo con su ingreso en el Cuerpo de Académicos.