Las caricaturas hieren, pues aplastan la confusa identidad personal
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En el programa L’altra cara de la lluna de Girona FM, Àngel Ayats propone al entrevistado elegir cuatro canciones como hilo conductor de una entrevista que repasa su vida. Acepté la invitación, agradecido; sin pensarlo demasiado. Concertada la fecha, me di cuenta de la dificultad que tenía por delante. Reducir la música de una vida a cuatro temas es un reto inalcanzable. Hagan la prueba: es imposible.

Pero ya me había comprometido. Empecé a apuntar las melodías que salían de mi corazón. Ahí asomaron las canciones de mi madre y las piezas que cantaba con mayor placer en mi infancia montserratina. Después, las canciones de la adolescencia, tan vinculadas a cada chica que me gustó, pero también a una precoz politización antifranquista, y siempre adheridas a vivencias dulces y amargas de aquellos años extremos.
Las caricaturas hieren, pues aplastan la confusa identidad personalNova cançó, Grup de Folk, Baez, Dylan, Beatles, Peter, Paul & Mary. Y todavía más: Moustaki, Cohen, Simon & Garfunkel. Etcétera. Sin olvidar las canciones y grupos de moda que oíamos en la radio: de Karina a Juan & Junior, de Fórmula V a Los Payos. ¿Melodías cursis? ¡La vida se agarraba a ellas igualmente!
Mis padres solo tenían un pick up y cuatro disquillos: Capri, sardanas, poca cosa más. Aprendí a tocar las canciones de Dylan, Baez y compañía sin haberlas escuchado en sus voces originales, sino gracias a los amigos que se las sabían. Faltaban, además, los clásicos que me han acompañado: primero románticos, luego barrocos y medievales hasta llegar a la cumbre: a Bach. Y la música de la edad adulta: desde los ochenta hasta hoy, imagínense. Sin olvidar mi pasión tardía por Vanoni y los italianos. Tuve que comprimir todo este bagaje en cuatro temas: Veles e vents, Come together, Un bacio a mezzanotte, Lascia ch’io pianga.
Desde que leí Ferdydurke, novela difícil y sustancial de Witold Gombrowicz, he usado una frase suya para defenderme cuando simplifican mis argumentos: “No sé quién soy, pero sufro cuando me deforman”. Nos hieren las caricaturas pues se imponen a la confusa y compleja identidad personal; y la aplastan. Pero a menudo, como hice yo al aceptar cuatro canciones como compendio de una vida de melómano, la caricatura la dibujamos nosotros mismos. Última lección de estoicismo.
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