Una pequeña comunidad palestina se organiza para que nadie muera por las provocaciones de los colonos israelíes
Resistir lo es todo para las personas atrapadas en la rueda de la destrucción, la reconstrucción y, de nuevo, la destrucción. La resistencia determina lo que son y lo que hacen. Si quieren seguir viviendo, primero han de resistir. Cualquier aspiración que tengan es secundaria. En Oriente Próximo, la región más militarizada del mundo, millones de personas se despiertan cada mañana con el objetivo de resistir. Los más fuertes y mejor armados marcan el nivel de aguante que ha de alcanzar el resto. Las relaciones políticas, sociales y económicas quedan determinadas por esta jerarquía de la resistencia.
Hemos venido a Taibe a constatar como una pequeña comunidad palestina y cristiana de 1.200 habitantes sobrevive el asedio constante de los colonos y soldados israelíes.
“La situación es hoy mucho peor que durante la segunda intifada”, asegura un líder vecinalLos nuevos colonos, gente joven y armada, han ocupado los olivares y cortado las cepas de los viñedos. Parapetados en un discurso mesiánico, roban ganado y cometen actos vandálicos. Este acoso, que es generalizado en las zonas rurales de Cisjordania, hace tres años que dura y pretende el desalojo forzoso de la población.
Los nuevos asentamientos se han disparado desde los ataques de Hamas el 7 de octubre de 2023. Naciones Unidas afirma que desde principios de año Israel ha aprobado 12.360 viviendas.
El cerco sobre las poblaciones palestinas se cierra aún más si se incluyen los puestos de avanzada: diversos colonos establecen pequeños enclaves rodeados de alambre de espino y torretas de vigilancia. Desde allí entran en los campos y pueblos cercanos. Golpean a quien les planta cara. Queman casas y vehículos. Arrasan los cultivos . Más de un millar de palestinos han muerto en estos enfrentamientos desde la masacre del 7 de octubre.
En el Ayuntamiento de Taibe encontramos varios líderes comunales que, a cambio de mantener su anonimato, confiesan que la situación es desesperante. “Es mucho peor que durante la segunda intifada”, asegura uno de ellos refiriéndose al levantamiento contra la ocupación israelí entre el año 2000 y el 2005. “Entonces no confiscaban las tierras ni robaban el ganado”, recuerda otro.
Los colonos han plantado la bandera israelí en siete campamentos alrededor de Taibe. Cada día organizan un asalto. Los habitantes se avisan por grupos de Whatsapp o Telegram. Instan a los vecinos a huir para evitar cualquier confrontación directa. El gobierno israelí considera que está coordinación –habitual en muchas poblaciones- demuestra las intenciones terroristas de la población local.
“Lo hacemos para ponernos a resguardo”, nos dice un padre de familia, vecino de Taibe. “Intentamos sobrevivir sin que nos maten. Eso es todo. Somos muy pocos y no podemos perder a nadie. Gracias a Dios, de momento no tenemos a ningún mártir”.
“Sabemos que no podemos responder con violencia” añade. “Aunque ocupen nuestros campos, no intervenimos. Aunque los quemen, no intervenimos. Si lo hiciéramos nos machacarían”.
La resistencia, en estos casos,también es resignación. Muchos palestinos reconocen en privado que tienen miedo. Temen que un incidente haga estallar a toda Cisjordania.
Este temor lo comparten muchos israelíes laicos, sobre todo en el área metropolitana de Tel Aviv.
Nadie olvida los miles de muertos de las dos intifadas y no quieren que sus hijos paguen con su sangre una tercera.
Jack-Nobel Abed, arzobispo de la iglesia melquita de la parroquia de San Jorge en Taibe, reza para que no muera nadie más.
“Hemos de seguir el ejemplo de Gandhi –nos dice en el salón de su casa–. Resistencia pacífica y oración. No hay más alternativa. Luchamos con la palabra”.
El salón de la casa del padre Abed es amplio. Cada domingo, después de misa, departe aquí con sus feligreses. Se dan ánimos. La liturgia los reconforta. Las charlas les ayudan a mantener la dignidad. “Los colonos y los soldados nos humillan –explica–. Nos tratan como animales. Nos quieren muertos, pero nosotros resistimos. Jesús nos enseña a aceptar el sacrificio”.
Nadim Khoury resiste con algo más que la palabra y el grupo de alerta por Whatsapp. Lo hace con su trabajo al frente de Taibeh, su compañía cervecera. “Fabrico la primera cerveza de Palestina”, dice con orgullo. “Y también hago vino, ginebra, whisky y aceite”.
Estamos rodeados de botellas y depósitos de acero inoxidable. Khoury explica que los utiliza para guardar agua más que cerveza porque “los colonos atacan los pozos. Quieren matarnos de sed y hemos de almacenar tanta agua como podamos”.
La empresa pasa por serias dificultades. Israel pone todo tipo de barreras para que no pueda importar cebada y lúpulo. La exportación también es casi imposible.
Israel estrangula la economía palestina. Controla todo lo que entra y sale de Cisjordania, a las personas y a las mercancías. Desde el 7 de octubre impide la entrada de trabajadores y el paro ha subido de 12% al 28%. También pone trabas a las operaciones financieras y retiene miles de millones de dólares en impuestos que recolecta y debería entregar a las autoridades de Ramala.
La cerveza se ha convertido en la forma de resistencia de Khouri, que aprendió el oficio en Boston. Es un emprendedor nato, un director general que habla con la energía de un mariscal de campo.
Estamos solos en la fábrica, pero habla como si fuéramos una multitud, una tropa a la que transmitir el optimismo necesario para resistir. “¿Sabían ustedes que taibeh significa delicioso en árabe? y ¿se han fijado en la etiqueta de la cerveza? Hay un sol. El sol grande y brillante que ilumina el futuro de Palestina”.
De todas las cervezas Taibeh que produce, confiesa que su favorita es la White porque está hecha con cereales palestinos y lleva un toque de naranjas de Jericó.
La fe que Khoury dibuja en cada uno de sus botellines también brilla en la Biblia del padre Abed. El libro reposa en un atril junto a su butaca en el salón de visitas. Es la gran referencia. Muchas de sus respuestas arrancan con esta muletilla: “Según las enseñanzas del libro...”
Le preguntamos por el pasaje que está expuesto. Es la resurrección de Lázaro según San Juan y él la lee en un árabe antiguo y melódico. Está convencido de que Palestina también resucitará. La fe, para él, como para muchos judíos y musulmanes, es el primer pilar de la reconstrucción.
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