En Bogarra, un encantador pueblo albaceteño de la Sierra de Segura, podrás ir de cascada en cascada y entre esculturas. En su magia tiene mucho que ver una esfinge de sonrisa arcaica.
Si a la hora de hablar de Jorquera, fascinante pueblo en lo alto de un cerro sobre el Júcar, salió a relucir Amanece, que no es poco (1989), la película de José Luis Cuerda que volvió todas las miradas hacia Albacete, mucho más ahora que el destino es Bogarra. ¿El motivo? Es vecino, casi pared con pared, de los pueblos donde se rodó: Aýna, conocido como la Suiza Manchega, Liétor y Molinicos. Todos ellos emplazados en la comarca histórica de la Sierra de Segura.
No negaremos que vamos a Bogarra seducidos por sus cascadas, aunque también está el aliciente de sus esculturas al aire libre, asomadas al río, y el de la arquitectura típicamente serrana, con casas encaladas y calles empedradas extendiéndose por la ladera. Para quien quiera acompañar esta travesía de un baño de ciudad, la capital provincial está a 75 kilómetros. Allí esperan el Pasaje Lodares, galería modernista con sus columnas jónicas y sus balcones de piedra; la catedral gótica y ya casi barroca, y la sobresaliente cúpula escamada en color azul de la Casa Cabot Jubany.
Esta es tierra de monte y de pinares, atravesada por el río Bogarra, que va en busca de otro río al que hay que seguir la pista, el Mundo, que nace en el término de Riópar, en un entorno de excepcional belleza, aunque no haya reventón, que es como se llama cuando brota desde una cueva su famoso chorro. Forma parte del Parque Natural de los Calares del Mundo y de la Sima. Sin duda, un edén. Pero, de momento, nos quedamos en este otro rincón albaceteño. El plan es recorrer su tentadora ruta de las cascadas.
O lo que es lo mismo, adentrarnos en ese paraíso que es el Batán, al que se accede desde el propio pueblo por un sendero que está señalizado ya desde la plaza del Cabezuelo, que pasa primero por la ruta de las esculturas y transcurre entre pasarelas, puentes y miradores. Tiene un merendero y todo, El Batanero, donde se pueden degustar sus carnes a la brasa y sus patatas al montón con huevos fritos.
La ruta de las cascadas
En total, son tres cascadas, envueltas en una vegetación exuberante, desahogándose en sucesivos estanques escalonados, que te harán bendecir el agua por lo que reconforta y por el paraíso que genera alrededor. Y también porque ha servido a lo largo de la historia para mover con su fuerza la maquinaria del batán, donde se picaba el esparto con el que se producía la fibra para fabricar cuerda y otros enseres.
No deja de ser un terreno abonado para la fantasía, la de las hadas y los duendes. El agua ha ido además horadando la piedra, abriendo cuevas como la de la Mora y originando formaciones de travertino, piedra caliza y porosa formada por depósitos de carbonato de calcio. En esta zona, por su alto valor ecológico, está prohibido el baño. Pero aguas abajo, hay numerosas pozas donde sí está permitido y podrás darte el chapuzón del siglo; todos lo son.
Para alimentar más la imaginación, a dos vecinos del pueblo, José Vivo y Lauren García, se les ocurrió en 2012 ponerle arte a la ya artística de por sí hoz de Bogarra, y así surgió la ruta de las esculturas. En paralelo, organizaron las Jornadas de Esculturas en el Paisaje, que reúnen a escultores de muy distintas procedencias el primer fin de semana de mayo. Durante ese encuentro, el pueblo se convierte en un atelier, con los escultores cincelando la roca a lo largo de este cañón que supera los dos kilómetros.
La ruta de las esculturas
Lo que queda es un museo a la intemperie, con 60 piezas escultóricas, para el que hay que sacar entrada en la oficina de turismo con el fin de controlar el aforo. En los alrededores se ven diversos elementos de la arquitectura popular, como apriscos para resguardar a las cabras, cuando aún aullaba el lobo por estos campos -recuerdan-, ranchos para refugiarse en caso de tormenta o caminos de herradura que partían hacia la Mancha, Murcia o Andalucía.
Siempre que se llega a un sitio de montaña hay que buscar como sea la vista de pájaro, que puede ganarse haciendo senderismo o asomándose a los miradores, que suelen ser balcones estratégicos. Aquí, hay uno en la carretera de Aýna, que ofrece una excepcional panorámica del pueblo, con el monte Padrastro como telón de fondo. Un segundo, dentro del casco urbano, en la calle Alcaraz, que brinda una perspectiva distinta, al abrigo del cerro Picayo.
Y, por último, el de la plaza de la Iglesia, el mejor para ver la parte antigua y las zonas de cultivo junto al río. La iglesia de la Asunción, levantada en el siglo XVI donde debió de estar la fortificación cristiana en tiempos pretéritos, y reformada en el XVIII, es de estilo barroco y tiene un curioso campanario separado del cuerpo principal y unido mediante un arco.
Una torre almohade y una esfinge
Lo que sí ha llegado hasta nosotros es la torre de Haches, de casi 16 metros de altura, aunque deteriorada. Se trata de una torre vigía almohade de adobe y piedra, que se alza sobre un cerro en la pedanía de Las Casas de Haches. Fue aquí donde, en 1945, un vecino halló la esfinge de Haches, seguramente del siglo VI a.C. Se la conoce como la Gioconda Ibérica, y presenta cuerpo de ave, garras de león y cabeza de mujer, con la sonrisa arcaica y el trenzado del pelo característicos de la escultura griega. Se puede ver una réplica en la plaza del Cabezuelo y otra a la entrada del pueblo, ya que la original está en el Museo Arqueológico de Albacete. Se ha convertido, como no podía ser de otro modo, en un símbolo de la localidad y un reclamo turístico.
Además, Bogarra, una meca del parapente, cuenta con un mirador astronómico, con certificación Starlight, que dispone de mesas y paneles de interpretación de la Vía Láctea. En este cielo, por fortuna, no hay contaminación lumínica. No hay que olvidar que las alturas están para conquistarse. Nos referimos a la cumbre del Picayo, a 1.255 metros, y a la del Padrastro, a 1.503 m. Comparten subida hasta el collado de Vado Morote, cuando sus caminos se separan. Se puede ascender a los dos por una ruta circular de 16 kilómetros, que lleva unas siete horas. El paisaje es un regalo.