A pocos metros del Centro de Deportes Acuáticos de Tenerife, donde estos días se disputa el Mundial femenino sub-18 de waterpolo, con Israel entre las selecciones participantes, un mural inspirado en el Guernica proclama el apoyo de Puerto de la Cruz a Palestina. En el recinto, mientras tanto, un amplio dispositivo de seguridad se despliega especialmente en torno a los partidos de la selección israelí, en medio de las protestas contra su participación, los símbolos palestinos y las concentraciones convocadas. Dos escenas, cuando menos llamativas, separadas por apenas unos metros que plantean una pregunta que va más allá de estas piscinas del norte de Tenerife: ¿por qué algunos conflictos terminan condicionando la presencia de un país en el deporte internacional y otros no?
A pocos metros del Centro de Deportes Acuáticos de Tenerife, donde estos días se disputa el Mundial femenino sub-18 de waterpolo, con Israel entre las selecciones participantes, un mural inspirado en el Guernica proclama el apoyo de Puerto de la Cruz a Palestina. En el recinto, mientras tanto, un amplio dispositivo de seguridad se despliega especialmente en torno a los partidos de la selección israelí, en medio de las protestas contra su participación, los símbolos palestinos y las concentraciones convocadas. Dos escenas, cuando menos llamativas, separadas por apenas unos metros que plantean una pregunta que va más allá de estas piscinas del norte de Tenerife: ¿por qué algunos conflictos terminan condicionando la presencia de un país en el deporte internacional y otros no?
El veto a los símbolos palestinosEso mismo se preguntó María Hernández (nombre ficticio para preservar, bajo su petición, el anonimato) cuando acudió junto a su padre al partido de fase de grupos entre Israel y Sudáfrica. Ella llevaba una camiseta de Palestina y, al llegar al recinto, asegura que los responsables de seguridad le impidieron acceder al considerar que vestía con “simbología política” y que podía “provocar disturbios”. “Ni siquiera darle la vuelta a la camiseta”, cuenta, “era una opción”.

El Mundial de waterpolo femenino tiene lugar en el Centro de Deportes Acuáticos de Tenerife (CDAT) de Puerto de la Cruz / Deporte Canario
Fue la propia María quien pidió que acudiera la Policía Nacional para que le explicaran en qué norma se basaba la prohibición. Según su versión, los agentes apelaron a la Ley del Deporte, el marco estatal que establece medidas para prevenir y sancionar la violencia, el racismo, la xenofobia y la intolerancia en los recintos deportivos, así como conductas que puedan alterar el normal desarrollo de las competiciones. Ante esto, Amnistía Internacional considera que “el mero hecho de exhibir la bandera no puede considerarse una incitación a la violencia o cualquier otra forma de discriminación, ni alteración al orden público”.
Otros símbolos vetadosCon ese criterio en mente, Hernández preguntó si podía entrar con una camiseta de Ucrania. Le dijeron que sí. Con una de Israel, también. Con una de Rusia, la respuesta fue que sería “más complicado”. “Mi pregunta era por qué dan por hecho que una camiseta de Palestina va a provocar disturbios y una de Israel no”, explica. “Yo no estaba insultando a nadie, ni amenazando, ni buscando ningún enfrentamiento. Era literalmente una camiseta de Palestina”.
El caso de María no sería el único episodio relacionado con la simbología palestina. Otros asistentes han denunciado que durante los accesos al recinto se retiraron objetos con dibujos o formas de sandía, desde pendientes hasta un flotador, por considerarlos vinculados a la simbología palestina. También se habría impedido el acceso con mensajes de paz que, según los afectados, no contenían referencias políticas. Fuentes vinculadas a la organización del campeonato, que han pedido mantener el anonimato, confirman que estos episodios se produjeron.

Un grupo de personas durante una concentración contra la participación de Israel en la Vuelta Ciclista a España, en septiembre de 2025, en Vegadeo (Asturias) / Carlos Castro - Europa Press / Europa Press
Desde el Ayuntamiento de Puerto de la Cruz aseguran que el consistorio, como ciudad anfitriona, no decide qué selecciones participan ni establece los criterios concretos de acceso al recinto y remite a la organización del campeonato para conocer el fundamento de estas medidas. La organización señala que su normativa de acceso prohíbe pancartas, banderas, símbolos o mensajes que inciten al odio, la violencia o la discriminación, y establece además que no se permite ninguna acción o mensaje político dentro de las instalaciones o en sus inmediaciones, de acuerdo con el reglamento de World Aquatics.
La normativa canaria establece, en todo caso, que las condiciones de acceso en virtud del derecho de admisión deben ser concretas y objetivas, estar publicadas y ser conocidas, y no pueden aplicarse de forma arbitraria o improcedente. Un marco que mantiene la duda sobre el criterio aplicado para retirar objetos como unos pendientes o un flotador con forma de sandía.
El deporte ante las guerrasHasta aquí, Puerto de la Cruz. Pero la polémica de esta piscina no es un caso aislado. El deporte internacional lleva años encontrándose con una misma disyuntiva cada vez que un conflicto armado alcanza una determinada dimensión: ¿se sanciona al Estado, se excluye a sus selecciones, se permite competir a sus deportistas bajo bandera neutral o simplemente se cambia el lugar donde juega? Las respuestas no han sido las mismas.

Militares del Ejército de Rusia en la provincia ucraniana de Jersón, parcialmente ocupada en el marco de la invasión desatada en febrero de 2022 / Europa Press/Contacto/Alexei Konovalov - Archivo
Rusia es el precedente más claro. Tras la invasión de Ucrania en febrero de 2022, FIFA y UEFA suspendieron a las selecciones y clubes rusos de sus competiciones. El Comité Olímpico Internacional recomendó además que los deportistas rusos y bielorrusos -por su apoyo a la ofensiva rusa- que fueran readmitidos lo hicieran como neutrales, sin bandera, himno ni cualquier otro símbolo.
Sin embargo, cuatro años después, algunas federaciones han comenzado a readmitir a deportistas de ambos países. World Aquatics, la misma entidad que gestiona el Mundial de Tenerife, actualizó en febrero de 2026 sus reglas para permitir la participación de jóvenes rusos y bielorrusos en competiciones internacionales juveniles, mientras otras federaciones, como la Internacional de Hockey sobre Hielo, mantienen el veto. Un mismo conflicto puede generar una exclusión en un deporte, una readmisión en otro y una competición bajo bandera neutral en un tercero.

Funeral masivo de un centenar de miembros de una misma familia en Gaza, que fueron asesinados por Israel. / Europa Press/Contacto/Hassan Alzaanin
Israel ocupa una posición diferente. Sus selecciones continúan participando en numerosas competiciones internacionales pese al genocidio en Gaza y a las campañas que reclaman su exclusión. FIFA, de hecho, no ha expulsado a la Federación Israelí de Fútbol, aunque su Comisión Disciplinaria la sancionó en marzo de 2026 con una multa de 150.000 francos suizos y otras medidas por infracciones relacionadas con discriminación y conducta ofensiva.
Jugar lejos de casaEn Yemen y Sudán, las guerras tampoco han supuesto la expulsión de sus selecciones. La diferencia es que ambos países, pese a estar inmersas en cruentas contiendas civiles, han tenido que trasladar sus partidos como locales a terceros países. Yemen, por ejemplo, no tiene una liga profesional y disputó como local contra Bután un partido en Kuwait para las eliminatorias para la Copa Asiática de 2027, mientras Sudán jugó en Libia como anfitrión frente a Ghana en 2024 y disputó la Copa Árabe de 2025 en Qatar. La guerra no los expulsó del fútbol, pero sí les quitó la posibilidad de jugar en casa.

Varias personas en una calle de Omdurmán, en Sudán, en medio de la guerra entre el Ejército y las paramilitares Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF) / Mudathir Hameed/dpa - Archivo
Algo parecido ocurre en el Sahel. Mali, Burkina Faso y Níger atraviesan desde hace años una combinación de violencia yihadista, golpes de Estado y crisis políticas que ha desestabilizado buena parte de África occidental. Sin embargo, sus selecciones nacionales han seguido participando en las competiciones de FIFA. Burkina Faso, Mali y Níger disputaron las eliminatorias africanas para el Mundial de 2026 y continuaron compitiendo internacionalmente.
Una fórmula para competirLa historia ofrece incluso fórmulas para convivir con conflictos políticos que duran décadas. China, que también forma parte del mundial de waterpolo de Tenerife, y Taiwán llevan más de medio siglo enfrentados por la soberanía y la representación internacional, pero ambos forman parte del movimiento olímpico. Taiwán compite bajo la denominación de China Taipéi, una fórmula que permite su participación sin utilizar oficialmente el nombre de República de China ni su bandera en las ceremonias olímpicas.
La pregunta, entonces, no es solo por qué una guerra llega a las gradas de una piscina de Tenerife. Es por qué algunas guerras terminan condicionando quién puede competir, bajo qué bandera y en qué estadio. En Puerto de la Cruz, la discusión cabe en una camiseta de Palestina. Pero basta levantar la mirada un poco más allá de la piscina para encontrar un mapa mucho más grande: Rusia ha sido excluida de determinadas competiciones; Israel continúa participando en el deporte internacional; Yemen y Sudán compiten sin poder jugar en casa; y países del Sahel continúan disputando las mismas eliminatorias que el resto. El deporte no está al margen de los conflictos. Porque en la diferencia intervienen quién la libra, qué instituciones están implicadas, qué federación toma la decisión y qué riesgos considera asumibles.
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