A las 7.30 de la mañana un niño de unos cuatro años iba andando y arrancando lóbulos de una hoja de árbol —folíolos de una hoja de acacia, para hablar con corrección— que había encontrado en el suelo. Al hacerlo, recitaba: «me quiere, no me quiere, me quiere, no me quiere». La cadencia de su voz infantil era dulce y transmitía vida y paz. Acabó con un grito de alegría y una carrera hacia su hermano diciendo: ¡Me quieres! Ambos llevaban una pequeña mochila con una muda porque se dirigían a la escuela de verano, donde disfrutarían con juegos de agua, supongo. El hermano, no mucho mayor que él, lo rodeó con su brazo y le dijo «¡Claro, nos queremos!». No me digan que no es una manera bonita de empezar el día. Los niños, amorosos y vitales eran magrebíes y guapísimos. La madre que, apresurada, los acompañaba, sin duda se dirigía al trabajo.
A las 7.30 de la mañana un niño de unos cuatro años iba andando y arrancando lóbulos de una hoja de árbol —folíolos de una hoja de acacia, para hablar con corrección— que había encontrado en el suelo. Al hacerlo, recitaba: «me quiere, no me quiere, me quiere, no me quiere». La cadencia de su voz infantil era dulce y transmitía vida y paz. Acabó con un grito de alegría y una carrera hacia su hermano diciendo: ¡Me quieres! Ambos llevaban una pequeña mochila con una muda porque se dirigían a la escuela de verano, donde disfrutarían con juegos de agua, supongo. El hermano, no mucho mayor que él, lo rodeó con su brazo y le dijo «¡Claro, nos queremos!». No me digan que no es una manera bonita de empezar el día. Los niños, amorosos y vitales eran magrebíes y guapísimos. La madre que, apresurada, los acompañaba, sin duda se dirigía al trabajo.
Fui testigo de esta preciosa escena al ir a comprar el periódico, en el barrio de Son Oliva de Palma.
Ese mismo día, más tarde y con un calor asfixiante me subí al autobús de la línea 3. Había dos lugares libres justo pasada la puerta central y elegí sentarme junto a un niño de unos 15 o 16 años que vestía una camiseta de la selección argentina. Delante, en diagonal había un hombre hablando por el móvil y bebiendo una lata de refresco. En el trayecto, el bus se iba llenando con mucha gente de pie, cosa habitual. En una de las paradas, al abrirse las puertas, el individuo de delante lanzó disparada su lata vacía, que cayó en el asfalto. Todos lo vimos. Yo no me pude reprimir y alzando la voz le increpé «¡Eso no se hace! ¡Es una guarrería!». Al individuo, que era español, le faltó tiempo para dirigirse amenazante hacia mí acusándome de haberle insultado. Cuando levantó un brazo tatuado algo cerca de mi cara, y ante mi sorpresa, el niño que estaba a mi lado, se interpuso ligeramente y empezó a recriminarle su comportamiento y a exigirle que me dejara en paz. El incívico, muy hombre, cambió el objetivo de su ira y retó al chico a bajarse. Quería pelea. La fuerza se le iba por la boca. La cosa no llegó a más. El resto de trayecto fui conversando con mi defensor. Como no podía ver el número de su camiseta le pregunté si era la de Messi. Me dijo que sí, que era el mejor, que él era colombiano pero fan del jugador. Le comenté que uno de mis nietos vio todo el mundial con esa camiseta puesta aunque ambos concluimos que la selección española se mereció el trofeo.
Intercambié miradas con mujeres y hombres que habían presenciado el incidente y en ninguno de ellos encontré la más mínima complicidad. Me encantó pensar que el presente y el futuro amable y solidario estaba en ese chico que, probablemente, sin demasiadas raíces aún aquí, ya estaba construyendo un mundo mejor.
He vuelto a encontrar a los niños del «me quiere, no me quiere» alguna otra mañana. En una ocasión era el mayor el que iba recitando la cantinela hasta llegar al ansiado «me quiere».
En estos días de noticias continuas sobre Ceuta que ha recibido una avalancha que personas desinformadas y víctimas, entre ellas muchas niñas y niños solos, es lógico meditar y dudar y fácil sentar cátedra —eso es lo más peligroso—. La migración es una realidad universal que únicamente se puede combatir con el trabajo a favor de la democracia, la justicia, los derechos y la igualdad, también universales. No hay soluciones mágicas, ni abrir fronteras ni cerrarlas a cal y canto.
Las ansias de ser queridos y la voluntad de defender lo que está bien son anhelos que definen a una humanidad que quiere mejorar, en todos los lugares.
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