Fue una maldita piedra la que envió a Tadej Pogacar al asfalto valenciano. Era un día tonto, de esas etapas de la Vuelta a España que se pasan sin eco y que sirven más para preguntar qué pasará al día siguiente con todas las montañas alicantinas por el camino. Y, de repente, se ve a Pogacar caído. No se levanta, pésima señal. Le abren el jersey rojo y sólo se ve sangre. Trata de subir a la bici, pero el dolor lo supera. Un drama. No hay otra definición.Seguir leyendo....
Fue una maldita piedra la que envió a Tadej Pogacar al asfalto valenciano. Era un día tonto, de esas etapas que se pasan sin eco y que sirven más para preguntar qué pasará al día siguiente con todas las montañas alicantinas por el camino. Y, de repente, se ve a Pogacar caído. No se levanta, pésima señal. Le abren el jersey rojo y sólo se ve sangre. Trata de subir a la bici, pero el dolor lo supera. Un drama. No hay otra definición.
Era el alma de la carrera, el que atacaba todos los días, el que, tal vez, se la jugaba demasiado en bajadas como Baixalis, en Andorra, o el Bartolo, en Castelló… y va y se cae de la forma más tonta por culpa de una piedra en el arcén para dar un golpe imbécil, inesperado, triste y sobre todo muy injusto, sobre todo para Pogacar, pero también para la Vuelta y el ciclismo en general.
Se dirá ahora que la Vuelta queda abierta, más competitiva que nunca, igualada entre tres o cuatro corredores, pero la dimensión que daba Pogacar, con las carreteras llenas de espectadores como no se recordaba desde la participación y también retirada de Miguel Induráin en 1996.
“Pogacar está destrozado, ha intentado seguir, pero tenía mucho dolor, era imposible. Son situaciones que a veces nos deja el ciclismo; una desgracia, no hay que darle la responsabilidad a nada ni a nadie. Hay que estar con Tadej en persona, y más en los momentos malos que en los buenos”, decía su director, Joxean Fernández ‘Matxin’, en la meta de Xeraco.
Bebía agua del bidón. Es el momento en el que al menos se saca una mano del manillar y la bici se agarra con menos fuerza. No vio la puñetera y maldita piedra y se dio un castañazo de consideración. “Presentaba un traumatismo encefálico y mucho dolor en el hombro izquierdo. Ha sido una caída muy fea”, resumió Álvaro Ortiz, el médico de la Vuelta que atendió a Pogacar en el lugar del accidente, a 31 kilómetros de la meta.
Estado de shockEl golpe afectó a Pogacar en lo físico, pero en lo psíquico a toda la Vuelta que se quedó en estado de shock. La carrera se veía como una obra teatral en la que cada día el astro esloveno realizaba un acto, a cada cual mejor, con ganas de ganarse el aplauso de todo el mundo cuando se bajaba el telón de la etapa. Aplausos era lo que recibían los compañeros del UAE que se pararon a esperarlo, que se rezagaron y que llegaron como en una procesión de duelo a la meta de Xeraco.
Más caídas en la llegada, como a lo largo de toda la etapa y en la mente, la frase que Pogacar dijo en Andorra después de vestirse de rojo a la cuarta etapa. “Si yo fuera periodista no daría la Vuelta por sentenciada”. Desgraciadamente, cuánta razón tenía.
Quedó en un segundo plano la victoria al esprint del francés Bryan Coquard. El triunfo de un velocista era lo único que se mantuvo de una etapa que dejó a la Vuelta sin líder, un Pogacar que no se iba al suelo y abandonaba una carrera desde que lo hizo en la Lieja-Bastoña-Lieja de 2023. El accidente fue la clave para que ese año no ganase el Tour.
Un gesto brillantePero no así el brillante gesto de Enric Mas, que se negó a colocarse el jersey rojo de líder en el podio. Agarró la prenda como si fuese el dependiente o dependienta que muestra una camiseta por si la quieres comprar. Parecía que le decía al público valenciano si le gustaba, porque yo no me la voy a poner. “Lo decidí de acuerdo con el Movistar como gesto de homenaje a Pogacar”, reconoció el ciclista mallorquín en conferencia de prensa. “No me preguntéis ahora por lo que voy a hacer a partir de ahora porque lo primero que tengo que hacer es asimilar lo que ha pasado”, añadió el nuevo líder de la carrera después de realizar una deferencia tremenda, brillante y propio de un gran campeón, como hizo Eddy Merckx después de la caída de Luis Ocaña en el Tour de 1971.
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¿Y ahora qué? La Vuelta adquiere una dimensión distinta. Pierde a su figura galáctica y entra en un laberinto de ciclistas muy igualados, encabezados por Mas, que este domingo se vestirá de rojo por primera vez en la vida. Ni él ni ningún rival sabía este sábado, todos afectados por el accidente de Pogacar, cómo iba a responder, o qué iba a hacer a partir de ahora con una etapa clave con llegada a la base militar de Aitana. El golpe fue tan duro que era imposible pensar en el futuro.
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