La pregunta ya no es si las redes sociales forman parte de la vida de los adolescentes, sino cómo conseguir que esa vida digital sea compatible con su seguridad, su salud y sus derechos. En apenas unos meses, el debate ha pasado de las recomendaciones de expertos a las leyes: Australia abrió el camino, Francia […]
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La pregunta ya no es si las redes sociales forman parte de la vida de los adolescentes, sino cómo conseguir que esa vida digital sea compatible con su seguridad, su salud y sus derechos. En apenas unos meses, el debate ha pasado de las recomendaciones de expertos a las leyes: Australia abrió el camino, Francia acaba de aprobar el veto a los menores de 15 años y Reino Unido prepara una prohibición para los menores de 16. España estudia también limitar el acceso. El mapa mundial se mueve, pero la discusión sigue abierta: ¿proteger a los jóvenes exige desconectarlos o transformar radicalmente el entorno digital?
Australia fue el primer país en establecer una restricción nacional de este tipo, a finales de 2025, con un límite de 16 años. La experiencia, sin embargo, ha alimentado tanto a los partidarios como a los críticos de la prohibición. Informaciones posteriores han señalado dificultades para impedir que los adolescentes continúen accediendo a las plataformas, lo que plantea una pregunta esencial sobre la eficacia real de estas medidas.
Francia ha decidido dar un paso más. Su Parlamento aprobó el 21 de julio una ley que impedirá a los menores de 15 años acceder a las redes sociales, convirtiendo al país en el primero de la Unión Europea en adoptar una prohibición de este alcance.
La aplicación comenzará con las nuevas cuentas y se extenderá posteriormente a las existentes.
El Reino Unido ha optado por una estrategia igualmente contundente: prepara restricciones para los menores de 16 años que afectarán a grandes plataformas como TikTok, Instagram, YouTube, Facebook, X y Snapchat, al tiempo que plantea limitar funciones consideradas especialmente peligrosas, como las retransmisiones en directo o el contacto con desconocidos. La entrada en vigor está prevista para 2027.
España observa este movimiento y estudia una limitación similar para los menores de 16 años. En otros lugares se exploran soluciones diferentes: Brasil apuesta por la vinculación de las cuentas de los menores con sus padres, mientras otros países avanzan hacia controles de tiempo, filtros de contenido o sistemas de supervisión.
El denominador común es evidente: existe una preocupación creciente por el diseño adictivo de algunas plataformas, la exposición a contenidos dañinos, el ciberacoso, la privacidad y los efectos que determinados usos pueden tener sobre la salud mental. Pero la respuesta no genera consenso.
Organizaciones como Amnistía Internacional consideran que el diagnóstico es correcto, pero cuestionan que la prohibición sea la solución.
Su propuesta pasa por exigir a las empresas tecnológicas que modifiquen los mecanismos que favorecen el consumo compulsivo y la exposición a contenidos perjudiciales.
La organización advierte además de que las redes también son espacios de aprendizaje, conexión y apoyo para muchos jóvenes.
El debate, por tanto, debería superar la falsa elección entre prohibir o no hacer nada. Los menores necesitan protección, pero también educación digital; las familias necesitan herramientas y las plataformas, responsabilidades. La edad puede ser una frontera útil, pero no sustituye la conversación ni la formación.
Redacción
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