Escribo desde un lugar sumergido. Un paisaje submarino que hace millones de años fue el fondo de un océano. Por eso al caer la tarde llega un soplo de antiguas mareas. Ahora hay manantiales y todo está rodeado de agua dulce, pero en la entraña más honda siguen rugiendo olas de salitre. Es esa Europa que alguna vez fue otra cosa. Así que no es un mal lugar para pensar y repensar lo que acaso sea este continente y sus derivas.
Ha caído el infierno del calor en Europa. Corrijo, sobre el Norte de Europa. El Sur ya lo padecía desde hace siglos. No niego que este verano he estado jugando perversamente a rastrear las temperaturas de las capitales europeas en las que antaño corría el frescor aliviador en verano. Londres alcanzando los casi cuarenta grados y sin lluvias en casi dos meses en los condados ingleses. ¿Cómo pensar ahora en los prados verdes de las novelas de Jane Austen y las hermanas Brontë?
Sí, he sido malvada revisando los grados de las noches claramente tropicales de París y confieso que he disfrutado en secreto. Bienvenidos al infierno. Ahí tenéis el sufrimiento del calor, de las sequías, del sudor, de los ríos secos, de los campos sin hierba. Me he asomado al Loira y he visto sus castillos envejecidos de pronto. Las damas blancas del bosque de Fontainebleau que aparecen en los retratos han adquirido un color tostado. A las pieles color de leche de Diana de Poitiers, Gabrielle d’Estrées y la duquesa de Villars le han salido inquietantes manchas solares. Bienvenidas al aliento de horno, queridas damas.
¿Y el Danubio? Ah, el Danubio se ha empequeñecido hasta adelgazar su caudal de una forma ridícula en algunos tramos. Sin duda, Claudio Magris –el gran narrador de la Mitteleuropa, de ese verdadero corazón de Europa– tendría que escribir un desasosegante epílogo de su libro sobre el gran río europeo.
Es cierto que la cálida bañera del Mediterráneo ahora se extiende a las antes frescas aguas del Atlántico y las casi heladas del Cantábrico y otros mares septentrionales. También es verdad que la vendimia de vinos como el burdeos han tenido que anticiparse como hemos estado haciendo nosotros desde hace tiempo. Ya no nos vale la imagen de los calendarios históricos en los que el campesino recogía la uva en septiembre. Todo eso está ocurriendo como si la ira de los dioses hubiera planeado una venganza contra Europa, quizás por la prepotencia saqueadora y colonialista de demasiados siglos.
Dicho esto, también tengo que confesar que –en medio de mi perverso disfrute al contemplar el horror veraniego en otros– han vuelto a surgir con más fuerza mis fascinaciones europeas. Leo las noticias de sorprendentes hallazgos arqueológicos en el cauce del Danubio precisamente a causa de la sequía. Aparecen restos prehistóricos, fósiles asombrados por volver a salir a escena, altares dedicados a Júpiter, placas votivas, enterramientos olvidados y hasta barcos hundidos durante la Segunda Guerra Mundial. Ese río nunca decepciona y en sus orillas vuelven a sorprendernos sus nereidas. Las nereidas del Danubio que aparecen en los edificios del Secesionismo, cuando Viena era aún el alma de Europa, antes de las grandes pesadillas bélicas del siglo XX.
Desde este lugar antaño sumergido leo el libro de una pensadora española y, por lo tanto, europea. En La agonía de Europa, María Zambrano escribió sobre la metáfora de un continente en decadencia. Ni más ni menos que la arquitectura de la memoria: “Es el sutil aprisionamiento, la dura disciplina de un encaje, de una fina cadena, la inexorable contextura matemática de un vals: todo lo grácil, vano y pasajero sostenido por una rígida arquitectura. Ciencia matemática y valses de Viena, estrategia y muebles siglo XV, el paso breve de la historia dentro del ritmo de los grandes hechos”.
Puede que sea todo eso, un artificio delicado, una metáfora, una exquisita partitura. Pero incluso en su agonía expresada en una sequía que seca su gran río es capaz de mostrar la belleza de su pasado. Toda una memorabilia europea. El museo escondido del continente. Como si Europa nunca pudiera agotarse.
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