La Franja que existía hasta el 7 de octubre de 2023 ya no existe. Estos eran los mercados, restaurantes, hoteles, templos y heladerías que frecuentaba y ya son solo un recuerdo
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11/10/2026 Actualizado a las 13:33h.
La Gaza que existía hasta el 7 de octubre de 2023 ya no existe. Los bombardeos masivos de Israel han arrasado la Franja y el ejército del Estado judío ocupa en torno al 60% de la superficie. Los datos de Naciones Unidas indican que el 82% de las estructuras de la Franja ha sufrido daños. Más de 350.000 viviendas han resultado destruidas o dañadas y los bombardeos han dejado alrededor de 68 millones de toneladas de escombros. La destrucción alcanza también al patrimonio milenario: UNESCO ha verificado daños en 164 lugares culturales. Israel no permite a la prensa internacional la entrada para ver en primera persona lo que la justicia internacional estudia una acusación de genocidio.
¿Cómo era Gaza? Normalmente el trabajo como periodista coincidía con momentos de tensión y choques armados, pero cuando había un día libre siempre tenía algo que descubrir. Detrás de los cohetes de Hamás y de los bombardeos de Israel, este pedazo de tierra goza de un peso histórico enorme, como lo demuestran los cuarenta y cinco yacimientos arqueológicos a los que las autoridades gazatíes, ya antes de octubre de 2023, apenas podían prestar atención por la falta de recursos y la situación de seguridad.
Costaba hacerse la idea de Gaza es uno de esos pocos puntos de la tierra habitados de forma continua por el hombre desde hace tres mil años. La principal ciudad de la Franja era feota, gris y carecía del encanto que una parte vieja proporciona a los lugares de esta parte del mundo. Lo poco que se conservaba del casco histórico había quedado escondido entre edificios y casas de reciente construcción, levantados con prisa y sin mucho orden.
Así podía ser una visita turística a la Gaza anterior al 7 de octubre de 2023El único punto de entrada para periodistas estaba en Erez, pero se necesitaba una tarjeta de prensa expedida por Israel y establecer una coordinación con las autoridades de Hamás. No era un simple puesto militar en mitad de la carretera: había que atravesar una terminal similar a la de cualquier frontera del mundo con un control de pasaportes y caminar luego por un largo corredor entre rejas que te alejaba del lado israelí para llevarte al palestino. Este trayecto también podía hacerse en un carrito de golf. Al final del corredor había un puesto de la Policía palestina y unos metros más adelante, otro de Hamás, la autoridad en la Franja. Cuando todo estaba en orden, se ponía rumbo a la Ciudad de Gaza por una carretera que discurría entre campos, edificios a medio construir y un Mediterráneo que aparecía y desaparecía a la derecha.
De la frontera íbamos directos al hotel Marna House para dejar las maletas. La mayor parte de la prensa internacional apostaba por los hoteles de primera línea de playa, pero yo siempre fui fiel al Marna House y a su habitación número 12, con balcón. Era una casa de tres plantas con un amplio restaurante en la primera y seis habitaciones dobles en la segunda y tercera, a las que se accedía por una escalera decorada con fotografías en blanco y negro. Aquellas imágenes transmitían paz. Había un piano junto a la recepción y unos cuantos empleados veteranos que habían sido testigos de la historia, porque trabajaban allí desde niños.
Te sentías en casa. El historiador gazatí Salim al-Mubayed aseguraba que era el establecimiento más antiguo de la Franja, más antiguo incluso que el Estado de Israel. Abrió sus puertas en 1945 de la mano de Margaret Salim Nassar, una palestina de origen armenio que llegó a Gaza desde Nazaret para acompañar a su esposo ingeniero. Su marido murió al cabo de poco tiempo, por lo que ella se vio obligada a alquilar algunas habitaciones de su casa para subsistir. Así empezó la andadura de este templo de la hospedería al que Margaret le puso el nombre del dios Marna, la deidad más importante de la época prerromana en Gaza.
La periodista Maha Shahwan pensaba que lo que hacía especial al hotel era «su capacidad para resistir los acontecimientos políticos que ha atravesado Gaza y que han causado el colapso de cualquier proyecto turístico. Desde el comienzo ha sido una especie de 'cocina política', un destino para delegaciones internacionales, periodistas y famosos artistas y políticos árabes y extranjeros».
En mis primeras visitas, las mesas se repartían por el jardín bajo los árboles y yo me sentía como uno de aquellos huéspedes de la Gaza en blanco y negro mientras me fumaba un narguile de manzana y bebía té. Por allí pasaron en sus primeros años la cantante y actriz libanesa Sabah, también conocida como Al-Shahroura, que actuó en el vecino cine Al-Samer, y la «Cenicienta del cine árabe», la bellísima actriz egipcia Soad Hosny. Figuras inmortales ambas.
Desde el Marna House se tardaban apenas unos minutos en coche en llegar a la ciudad vieja de Ciudad de Gaza, un lugar donde perderse durante horas por sus iglesias, mezquitas, mercados, cafés y hasta un baño turco. La primera visita era a la mezquita de Sayed Al Hashim, una de las más grandes y antiguas de la ciudad y lugar de la tumba del bisabuelo de Mahoma. Levantada por los mamelucos y restaurada por el sultán Abdulmajid en 1850, es tan importante que algunos cambian el nombre de la ciudad por Gaza Hashim. Los gazatíes, sobre todo los más religiosos, llaman a su ciudad de esta manera con orgullo, para sentir esa proximidad con el Profeta a través de la tumba de su bisabuelo, situada bajo la cúpula del templo.
Después visitábamos al Fuerte de Napoleón (Qasr al-Basha o palacio del Pasha). Se construyó para ser un gran palacio, y acabó convertido en un museo de dos plantas. Tras su victoria en Egipto, Bonaparte capturó Gaza sin apenas resistencia y, según la tradición local, pasó una noche en la ciudad. Se alojó en el Qasr al-Basha. Se podía visitar la habitación que ocupó el militar francés en su estancia gazatí, durante la que escribió en sus notas que Gaza estaba cubierta de unos bosques y olivos que le recordaron 'el paisaje del Languedoc', en el sur de Francia. A los funcionarios de Hamás no les apasionaba este pasado francés y tenían el cuarto convertido en almacén.
La mezquita de Omar Omari Mosque era uno de los mejores lugares para entender las distintas capas de la historia de la ciudad porque se levanta sobre una antigua iglesia de los cruzados. Se encontraba en el barrio de Daraj, en pleno casco histórico, a las puertas del zoco de Al Zawiya.
Después de estas visitas, era momento de entrar en el Hammam Samaritano (Hammam al-Sammara), el último baño turco operativo en Gaza, a muy pocos pasos de la gran mezquita. Había que tener en cuenta que operaba en horarios separados para hombres y mujeres. Como en todos estos establecimientos, los visitantes se bañaban vertiéndose cubos de agua caliente y fría, descansaban sobre una losa de mármol caliente en la sala central llena de vapor y se podía pagar un extra para recibir un masaje exfoliante. Estos baños están extendidos por la región, pero resultaba especial probarlo en Gaza.
Desde allí se podía caminar hasta la iglesia de San Porfirio, una pequeña isla cristiana en el corazón musulmán de la Ciudad Vieja. Era una de las iglesias más antiguas de Gaza, levantada hace unos nueve siglos. La presión dentro y fuera de la verja de separación había empujado a la mayoría de los cristianos a emigrar y su número se había reducido de unos 3.500 en 2006 a poco más de mil en apenas una década. La mayoría eran ortodoxos griegos, pero entre ellos había también un centenar de católicos y algunos protestantes.
La parte más céntrica, la calle Omar al-Mukhtar, era la zona noble, con centros comerciales, tiendas de ropa, cafeterías, restaurantes y casas de cambio -uno de los negocios más florecientes-. Pero según te alejabas de ese oasis de desarrollo te adentrabas en una masa miserable y dura. La cercana y azulada presencia del mar servía para limpiar esa imagen de ciudad a medio construir, a medio terminar.
Era una gran arteria comercial de Ciudad de Gaza, que atravesaba la ciudad desde el casco histórico hacia el Rimal y el Mediterráneo. De día estaba tomada por compradores y, al caer la tarde, por familias y grupos de amigos que salían a pasear. Era una buena calle para descubrir otra Gaza, muy alejada de la imagen habitual de guerra y campos de refugiados. Allí convivían los pequeños comercios con modernos centros comerciales, con tiendas de ropa, perfumes, telefonía, artículos para el hogar, librerías y zonas de restauración.
Para comer siempre había que mirar al mar y allí estaba el Abu Haseira, un templo del pescado. La familia llevaba décadas dedicada a la pesca, pero desde que abrió su primer restaurante en los años setenta fue cambiando poco a poco las redes por los fogones. El pescado llegaba a la mesa a la parrilla, bien cargado de guindilla, perejil, cebolla, limón y tomate.
La especialidad que había que pedir era la 'zibdiyeh' de gambas, uno de los platos más característicos de la Franja: gambas cocinadas con tomate y abundante picante y servidas todavía humeantes en la tradicional cazuela de barro que da nombre al plato. Una cocina sencilla y potente nacida del Mediterráneo y de generaciones de pescadores.
La familia guardaba además una historia inesperada: uno de sus antepasados fue un destacado rabino judío marroquí fallecido durante un viaje por Egipto en el siglo XIX.
Al Deira era uno de los hoteles con más personalidad de Gaza, situado muy cerca del puerto y frente al mar. El edificio era inconfundible por sus tonos rojizos, los arcos blancos y los techos abovedados, una arquitectura tradicional que lo diferenciaba de los grandes hoteles modernos. En su terraza tocaba volver al pescado: una sopa de pescado o alguna pieza recién llegada del Mediterráneo, mientras se apreciaba la puesta de sol. Después de cenar, bastaba con bajar hasta la playa, quitarse los zapatos y darse un último baño. Una forma perfecta de cerrar un día de turista en aquella Gaza que también existía.
La heladería llevaba sirviendo cucuruchos en Gaza desde 1950 y se había convertido en una pequeña institución de la ciudad. A un par de manzanas del mar habían levantado sobre el antiguo local familiar una cafetería que parecía salida de los años cincuenta, con asientos de colores casi tan llamativos como sus helados. El orgullo de la casa estaba también en la trastienda: máquinas italianas para fabricar 'gelato', que seguro no resultó nada sencillo introducir en la Franja. La auténtica especialidad de Kazem era el 'barrad', un granizado de limón y plátano cuya receta guardaba un ingrediente secreto y que durante generaciones acompañó los veranos de Gaza. Perfecto para los días más calurosos.
Siempre regresaba al Marna para dormir. Gaza fue cambiando y los huéspedes también. Los artistas dejaron su lugar a delegaciones de la Cruz Roja Internacional, personal de Naciones Unidas o periodistas como el mítico Robert Fisk, autor de 'La gran guerra por la civilización', obra clave sobre Oriente Medio. Ese cambio también se notó en el servicio de bar de un hotel que fue el último en servir cervezas en la Franja, aunque dejó de hacerlo justo antes de mi llegada. Este detalle de la cerveza me lo contó Eugenio García Gascón, decano entonces de la prensa española en Tierra Santa. A falta de cerveza, me fumaba una narguile de manzana antes de subir al cuarto 12, mi casa en Gaza.
El Paso de Erez es el principal punto de cruce terrestre para personas entre el norte de la Franja de Gaza e Israel. Permanece cerrado para el tránsito regular de personas y no se prevé su apertura general a corto plazo
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