El Gobierno del Principado de Asturias prevé reanudar en septiembre los controles poblacionales del lobo tras aprobar la modificación del II Plan de Gestión de la especie. Mientras el Ejecutivo regional defiende que la población se encuentra en un estado favorable y que los controles buscan compatibilizar la conservación con la actividad ganadera, desde el Fondo para la Protección de los Animales Salvajes (FAPAS) consideran que la estrategia parte de un diagnóstico equivocado y tendrá consecuencias contrarias a las que se persiguen. Su director, Roberto Hartas, defiende que el lobo es una pieza clave del equilibrio ecológico y sostiene que la eliminación sistemática de ejemplares contribuirá a agravar el problema, ya que desestructurar las manadas provocará más ataques al ganado, favorecerá la expansión del jabalí y aumentará la presencia de lobos cerca de los núcleos rurales.
El Gobierno del Principado de Asturias prevé reanudar en septiembre los controles poblacionales del lobo tras aprobar la modificación del II Plan de Gestión de la especie. Mientras el Ejecutivo regional defiende que la población se encuentra en un estado favorable y que los controles buscan compatibilizar la conservación con la actividad ganadera, desde el Fondo para la Protección de los Animales Salvajes (FAPAS) consideran que la estrategia parte de un diagnóstico equivocado y tendrá consecuencias contrarias a las que se persiguen. Su director, Roberto Hartas, defiende que el lobo es una pieza clave del equilibrio ecológico y sostiene que la eliminación sistemática de ejemplares contribuirá a agravar el problema, ya que desestructurar las manadas provocará más ataques al ganado, favorecerá la expansión del jabalí y aumentará la presencia de lobos cerca de los núcleos rurales.
-¿Cómo valora la decisión del Principado de reanudar los controles poblacionales de lobos?
-Para nosotros, el problema de la conservación del lobo en Asturias lleva muchos años muy relacionado con la lucha política. Creemos que el debate se ha alejado de la ecología y de la gestión de la especie para convertirse en una cuestión vinculada al voto rural.
-¿Cree que se están empleando criterios científicos en la gestión?
-No como debería. El Principado desarrolla desde 2017 un proyecto de seguimiento del lobo mediante radiocollares, una de las herramientas científicas que más información aporta sobre la especie, porque permite conocer sus desplazamientos y cómo utilizan el territorio. Esa información demuestra que el lobo no entiende de límites administrativos ni permanece siempre en un mismo lugar. No está "empadronado" en un concejo. Un ejemplar puede estar unos días en Somiedo y, poco después, aparecer en Grado o en la cuenca minera. Por eso creemos que no tiene sentido plantear una gestión como si cada concejo tuviera sus propios lobos o fijar controles por zonas sin tener en cuenta esos desplazamientos. Desde nuestro punto de vista, al final se acaba priorizando el cumplimiento de cupos de extracción, eliminando ejemplares allí donde resulta más fácil hacerlo, sin valorar cómo esa intervención puede desestructurar las manadas y alterar el equilibrio ecológico.

Un lobo ibérico en su medio natural / Miguel Ángel Quintas
-Gran parte del debate se centra únicamente en los daños al ganado. ¿Qué función cumple realmente el lobo?
-Muchas veces el lobo se presenta desde una visión muy romántica o, por el contrario, como un enemigo de la ganadería. Ninguna de las dos cosas explica cuál es su verdadero papel. El lobo es un depredador especializado que mantiene el equilibrio del ecosistema. Su principal función es controlar poblaciones de fauna salvaje, especialmente el jabalí. Además, elimina animales enfermos y contribuye a evitar la propagación de enfermedades en el medio natural. Los buitres eliminan los cadáveres de animales muertos; el lobo elimina los animales enfermos antes de que mueran. Esa función sanitaria es fundamental y muchas veces pasa desapercibida.
Su principal función es controlar poblaciones de fauna salvaje, especialmente el jabalí. Además, elimina animales enfermos y contribuye a evitar la propagación de enfermedades en el medio natural"
-El Principado sostiene que reducir el número ejemplares disminuye los daños al sector ganadero. Usted dice exactamente lo contrario. ¿Por qué?
-Porque el lobo caza en grupo. Una manada estable tiene capacidad para capturar grandes presas salvajes, especialmente jabalíes. Cuando se eliminan varios individuos, esa capacidad desaparece y los animales que quedan buscan el alimento más fácil: el ganado doméstico. Además, la población de lobos de Asturias está totalmente intercomunicada con la de Castilla y León. Cuando dejas huecos en la Cordillera Cantábrica, esos espacios terminan siendo ocupados por otros lobos que llegan desde fuera. El problema es que esos animales no conocen el territorio ni dónde se mueve la fauna salvaje. Necesitan un proceso de adaptación y, mientras aprenden, es mucho más probable que recurran al ganado doméstico porque es el alimento más fácil. Es como un edificio lleno de columnas: puede parecer que quitar una o dos no tiene importancia porque sigue en pie, pero empiezan a aparecer problemas en la estructura. Con las manadas ocurre exactamente igual. Los lobos van a seguir estando ahí, pero las consecuencias de pasar de siete ejemplares a cuatro o tres son terribles para la ecología de la especie. Por eso decimos que desestructurar las manadas no reduce los daños; los incrementa. El siguiente paso de esta política de control será meter literalmente a los lobos en los pueblos, porque no les queda otro remedio que acercarse a buscar alimento.

El lobo es el gran depredador del jabalí, una verdadera plaga en España / Europa Press
-¿Han observado ese comportamiento sobre el terreno?
-Sí. En FAPA llevamos más de cuarenta años trabajando con poblaciones de lobos y lo hemos visto. En Somiedo conocíamos una manada perfectamente estable que apenas generaba daños porque cazaba fauna salvaje. En un programa de control se decidió reducirla porque se consideró que siete ejemplares eran demasiados. Después de eliminar varios lobos, los supervivientes comenzaron a matar terneros. Este caso permitió comprobar cómo la pérdida de capacidad para cazar presas salvajes conduce a buscar animales domésticos, que son mucho más fáciles de capturar.
-¿Qué consecuencias puede tener la reanudación de los controles poblacionales sobre el resto del ecosistema?
-El principal depredador del jabalí es el lobo, y el más especializado en su control. Si debilitamos las manadas, disminuye esa presión natural y las poblaciones de jabalí seguirán aumentando, ya que tiene una enorme capacidad reproductiva. Cuanto menos control natural tiene, más crece su población y mayor presión ejerce sobre los cultivos.
Cuando desaparecen los lobos de un territorio o su población disminuye mucho, ese espacio puede acabar siendo ocupado por perros domésticos asilvestrados"
-Los perros asilvestrados llevan años generando problemas en algunas zonas del medio rural asturiano. ¿Puede la desaparición del lobo agravar ese problema?
-Cuando desaparecen los lobos de un territorio o su población disminuye mucho, ese espacio puede acabar siendo ocupado por perros domésticos asilvestrados, como ya está ocurriendo en algunas zonas de Asturias. Los lobos mantienen alejados a esos animales y, cuando desaparecen, ese vacío lo ocupan los perros. El problema es que un perro asilvestrado no desempeña la función ecológica del lobo. Tiene mucho menos miedo a las personas y puede provocar todavía más daños sobre la ganadería. Al final sustituyes un depredador especializado por otro animal que genera muchos más problemas.
-¿Cómo cree que debería abordarse la gestión del lobo?
-Desde el FAPA no defendemos al lobo porque sea un animal bonito o porque simbolice la naturaleza salvaje. Lo defendemos porque cumple una función ecológica imprescindible. Tampoco creemos que haya que proteger absolutamente todos los lobos ni que nunca haya que intervenir. Hay situaciones concretas en las que puede ser necesario hacerlo, pero esas decisiones deben basarse en criterios científicos y en un conocimiento real de cómo funciona cada población. Lo que cuestionamos es una gestión que rompe las manadas sin valorar las consecuencias que eso tiene para el ecosistema y para la propia ganadería. El problema es plantear este debate como si todo fuera blanco o negro: ni la solución es proteger cualquier lobo aparezca donde aparezca, ni eliminar ejemplares de forma sistemática. La clave está en gestionar la especie desde el conocimiento científico, entendiendo el papel que desempeña en el ecosistema y actuando únicamente cuando sea necesario.
Fuente: Información