Fue en Barracas, la boquita de la boca donde el silbato daría comienzo al partido más legendario de Stopita, como así le llamaba su abuelo paterno Miguel. Su larga cabellera de rizos de oro que tenía Alfredito de pequeño, le hacían parecerse a aquellas fregonas con las que aseaba a sus navíos en su época de capitán de barco, cuando partió de la isla de Capri para surcar los mares que le llevarían al río de la Plata rumbo a Buenos Aires.
Fue en Barracas, la boquita de la boca donde el silbato daría comienzo al partido más legendario de Stopita, como así le llamaba su abuelo paterno Miguel. Su larga cabellera de rizos de oro que tenía Alfredito de pequeño, le hacían parecerse a aquellas fregonas con las que aseaba a sus navíos en su época de capitán de barco, cuando partió de la isla de Capri para surcar los mares que le llevarían al río de la Plata rumbo a Buenos Aires.
Cuando apenas contaba con 17 años y mientras se encontraba ayudando a sus padres en las labores agrícolas y ganaderas en su finca de Los Cardales, a las afueras de Buenos Aires, recibiría la mayor alegría de su vida: una carta para realizar la prueba en el «semillero» de River Plate.
Su madre había mediado para ello a través de un viejo amigo de su padre, con el que jugó en 1908. Hizo la prueba junto a 300 niños y únicamente pasaron el corte él y otro compañero más. Aquello fue en abril de 1944.
Debutó en la Cuarta «B» de River, donde alternaba sus actuaciones con la Tercera Especial, el segunda y en julio de ese mismo año ya lo haría con el primer equipo, en un amistoso, aunque su debut oficial se produjo el 15 de Julio de 1945, ante Huracán, donde precisamente sería cedido en 1946.
Pedernera le cerraba el paso de la titularidad en River y él buscaba minutos para seguir madurando. Lo consiguió nada más llegar y precisamente ante River. No habían transcurrido ni diez segundos cuando lograba anotar el primer gol para su nuevo equipo, lo que hizo enmudecer al propio Monumental y que los barras riverplatenses se girasen hacia el palco a pedir explicaciones de por qué ese «pibe» se había marchado del equipo.

Alfredo Di Stéfano. / Ariza
Aquella actuación fue legendaria, tanto que para la temporada de 1947, retornaría al club de Núñez para formar parte de la mítica delantera del club denominada «La Máquina de River».
Arrasaron durante todo el campeonato y Di Stéfano fue elegido como mejor jugador. Anotó 27 goles en 30 partidos, liderando al equipo en el triunfo final en el que se considera como el título más importante de la historia del club dentro de la llamada «Edad de oro» del fútbol argentino. Ese mismo año se proclamaría campeón de América con Argentina, algo que pocos recuerdan.
Tras la gran huega del fútbol argentino del 48 se marcharía a Colombia. Estuvo desde 1949 a 1953 y ganó todos los títulos posibles. Tan maravilloso era el juego que practicaba aquel equipo que lo bautizaron con el sobrenombre de «El Ballet Azul», y tanto resonaron los ecos de su fabuloso fútbol, que el propio Santiago Bernabéu quiso que Millonarios viniese a Madrid para jugar en torneo de las Bodas de Oro del club blanco en 1952.
Desde un primer momento, dejaría cautivado por su juego al mismísimo Bernabéu. Todos los entendidos en la materia le dijeron al presidente blanco que se fijase en un fornido y espigado centrocampista llamado Néstor Rossi, pero él se enamoraría perdidamente del juego de aquel rubio jugador que volvería completamente loca a la defensa madridista.
Aquel amor a primera vista entre Bernabéu y Di Stéfano acabaría en el altar en septiembre de 1953, cuando ambos se dieron el «sí, quiero», construyéndose desde entoces la historia de amor más bonita que jamás haya existido dentro del mundo del fútbol.
Mientras Santiago cuidaba el hogar con mucho mimo, la intrépida Saeta Rubia daría gloria al Real Madrid allá por cada terreno de juego que pisaba, hasta llevar al club madrileño a ser considerado el mejor de la historia.
Don Alfredo fue el jugador que revolucionaría el concepto de fútbol «moderno» en aquella época de finales de los años cuarenta y principios de los cincuenta del siglo pasado. Aunaba velocidad, potencia, calidad y sobre todo inteligencia, lo que le llevó prácticamente a dominar el futbol europeo y mundial durante un lustro.
Si bien el primer balon de oro recaería en manos de Sir Stanley Matthews a título honorifico por su trayectoria en su primera edición, Di Stéfano ganaría las de 1957 y 1959. Por aquel entonces un mismo jugador no podía repetir en dos ediciones consecutivas, motivo por el cual recaeería en Raymond Kopa en1958 y Luis Suárez en la de 1960, aunque en realidad correspondían a la gran Saeta Rubia por méritos propios. De no haber existido aquella controvertida norma, Alfredo tendría la friolera de «5 Balones de Oro».
Cuando se le preguntaba a Pelé o Maradona quién fue el mejor de la historia, ambos sin dudarlo señalaban a Alfredo Di Stéfano. El propio Johan Cruyff siempre decía que como Di Stéfano no había existido ninguno, lo mismo que Eusebio, Luis Suárez, Bobby Charlton, Beckenbauer y todos aquellos entendidos del fútbol que son verdaderamente las voces autorizadas para hablar de ello, ya que por su edad son los únicos que han visto jugar a todas las grandes estrellas, incluidas las de hoy en día como son Messi y Cristiano Ronaldo.
Sin lugar a dudas, don Alfredo Di Stéfano ha sido «El Gran Maestro» de la historia del fútbol.