Por Aniano Morales Blanco * Cartagena vive de turismo, del puerto y de la industria. Nos da cifras grandes, pero poco empleo y poca redistribución. El turismo aporta entre el 10% y el 15% del Producto Interno Bruto – PIB – y sostiene más de 170 mil empleos, pero es estacional y mal pago. La ...
Por Aniano Morales Blanco *
Cartagena vive de turismo, del puerto y de la industria. Nos da cifras grandes, pero poco empleo y poca redistribución. El turismo aporta entre el 10% y el 15% del Producto Interno Bruto – PIB – y sostiene más de 170 mil empleos, pero es estacional y mal pago. La industria es la más productiva del país, pero emplea a menos de 13 mil personas. Mientras tanto, la informalidad supera el 49% e importamos más del 70% de los alimentos. Ya no basta con crecer. Hay que crecer distinto. Necesitamos un tercer y un cuatro motor: el mar y la cultura.
En Cartagena la cultura se vende, pero no se compra. Las Fiestas de Independencia movieron $328 mil millones en 2025 y el 38% fue en arte y recreación. Sin embargo, muy poco de ese valor se queda en quienes crean esa riqueza: el músico, el artesano o el cocinero local. Monetizar la cultura es meterla a la economía formal: que el hotel contrate al diseñador de aquí, que el crucero incluya rutas de muralismo, que el productor audiovisual use talento local. La Alcaldía ya abrió incentivos para Economía Naranja y audiovisual. Ahora falta suelo, crédito y contratos. Que la cultura deje de ser un decorado y sea un proveedor.
No competimos en maíz, pero sí en agua caliente todo el año, y en puerto. Eso es oro para la agroindustria azul. Podemos producir camarón, ostra y alga en el mismo sistema. Podemos hacer acuaponía: tilapia con lechuga y hierbas para el hotel. Podemos cultivar pargo, róbalo, cangrejo azul y caracol pala en vez de sobreexplotarlos. Producimos aquí, procesamos aquí y exportamos por aquí en 24 horas a Miami. Ninguna ciudad del interior tiene esa ventaja. El problema es que hoy el mar solo lo usamos para fotos, no para producir comida.
El error sería montar una sola piscicultura. Lo que funciona son granjas multipropósito. Imaginemos Barú: camarón + ostra + alga + energía solar + residuos de hoteles convertidos en alimento + tour educativo + mangle que limpia. Siete fuentes de ingreso en un solo proyecto. Además, califica para los incentivos de negocios verdes y economía circular que ya aprobó el Distrito. Pero hoy nadie lo hace porque demoramos tres años en permisos. Necesitamos que sea legal, rápido y rentable. De nada sirve una buena idea si la norma impide desarrollarla.
El Plan de Ordenamiento Territorial -POT – es el que define durante 12 años qué y dónde se puede hacer. Hoy el POT nos frena: lo costero solo es turismo o conservación; no existe la categoría de ‘maricultura’. Perdimos suelo rural por expansión urbana. Y la cultura no tiene dónde trabajar porque el uso del suelo solo deja espacio para el hotel. Por eso todo se traba. Si queremos inversión, necesitamos que el POT reconozca estos usos.
El POT 2024-2035 se está ajustando ahora. Esta es la única ventana en 12 años. Hay que meter tres cosas: primero, Zonas de Economía Azul en Barú e Islas del Rosario para maricultura con licencia rápida. Segundo, Corredores de Cultura Productiva en Getsemaní, Manga y otros barrios para que el artista pueda vivir y vender legalmente. Tercero, un Cinturón Agroalimentario para proteger suelo periurbano destinado a huertas, plantas de proceso y centros de acopio. Si no queda escrito, no hay banco, no hay licencia, no hay futuro.
Comer sano en Cartagena es un lujo porque todo viene de lejos. Eso nos hace vulnerables. La solución es producir cerca: conectar con lo que produce Bolívar y procesarlo aquí, montar huertas urbanas y granjas acuícolas, y que el Distrito le compre al productor local. La meta es que en 2030 el 20% de lo que consumen los hoteles salga de 20 kilómetros a la redonda. Menos intermediación, más empleo y precios más bajos. Y que el niño de El Pozón coma pescado criado en Barú, no importado.
Cartagena no tiene que escoger entre turismo o industria. Tiene que sumar: turismo + cultura que paga + agroindustria azul. En cuatro años podemos tener las zonas aprobadas, 50 granjas funcionando y un sello ‘Hecho en Cartagena’ en hoteles y cruceros.
El objetivo es claro: que el visitante no solo venga a la muralla; que coma pargo local, se lleve artesanía y deje inversión. Señores, el mar y la cultura ya están. Lo que falta es decidir que valen, meterlos en el POT y cobrarlos bien. Cartagena no necesita más hoteles. Necesita más dueños.
* Administrador Público; Formador de Formadores de la Acción Comunal en Colombia y experto en planeación participativa.
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