Hasta que se concretó la coalición en Andalucía, ni PP ni Vox parecían entusiasmados por la posibilidad de acuerdo; la animadversión era evidente, llegaba incluso al terreno personal, y las diferencias ideológicas parecían imposibles de superar. Sin embargo, en cuestión de horas, Moreno y Gavira sortearon las dificultades, firmaron el acuerdo de coalición, hicieron público un programa con decenas de puntos que evidentemente llevaban semanas preparando sus adjuntos –sin excesivas esperanzas de lograr un pacto al estar los dos bandos convencidos de que cedería el otro–, y el proyecto ha iniciado su andadura.
No solo eso, sino que Feijóo, Moreno, Abascal y Gavira actúan como si hubieran alcanzado el objetivo que se habían marcado tiempo atrás. Actúan como si formaran parte de un mismo equipo y transmiten la idea de que, esta vez sí, Pedro Sánchez tendrá que abandonar La Moncloa. Porque las urnas le serán muy adversas, y porque varios de sus socios de investidura ya no le consideran el presidente adecuado. También porque la mayoría de esos socios recibirán el castigo de la urnas por el apoyo que prestan a un Gobierno con una corrupción tan escandalosa, considerando que es peor para sus siglas seguir apoyando al sanchismo que permitir un gobierno del PP con Vox. Aunque hasta ahora consideraban Vox una maldición. Es lógico que la alianza provoque sospechas sobre su fortaleza. Al PP se le notaba de lejos su incomodidad con las políticas ultraderechistas, aunque Abascal formó parte del PP hasta hace cuatro días, y a Vox le molestaba con razón el desprecio de Génova hacia sus siglas. Por tanto cuesta admitir que sí les une un proyecto compartido o la necesidad de mandar a Sánchez a casa.
El tiempo pone todo en su sitio, y el día a día de los próximos meses demostrará primero si los gobiernos de coalición funcionan o caen ante las muchas diferencias que les separan. Se advierten algunas señales. Abascal, que no mandaba en el partido, ha cogido las riendas; o eso parece, porque ni Méndez Monasterio ni Ariza se dejan ver, pero puede formar parte de una estrategia para presentar a Abascal como el indiscutible líder.
Segunda señal: en el centro derecha donde es muy amplia la animadversión hacia Vox, casi tanta como la que le demuestran los socios de Sánchez, empieza a calar la idea de que no puede ser peor un gobierno con Vox que un gobierno con una ultraizquierda populista, independentista, con pasado terrorista en algún caso, e insaciable en sus exigencias dinerarias y competenciales.
Sánchez utiliza con inteligencia el miedo para desacreditar a la alianza PP-Vox. No quiere admitir que infinidad de españoles temen más a su continuidad: está dejando a España devastada. Y avergonzada por la corrupción.
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