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Дата публикации: 09-07-2026 19:46:37

"Se ha avanzado en prevención, en pedagogía y en el conocimiento de las distintas formas de violencias contra las mujeres, pero muy poco en conseguir que disminuyan"
La desconfianza de las mujeres en el sistema de protección ante cualquier agresión machista responde a una experiencia ancestral de falta de empatía, cuestionamiento, descrédito, ninguneo, minimización de los hechos y ausencia de respuestas.

Ninguna sorpresa: estamos condicionadas a desconfiar.

Cualquier mínima experiencia de posible —y digo “posible”— agresión sexual genera miedo, retraimiento y, en la mayoría de los casos, cambios en la vida diaria para que un agresor no te atrape. Salir y volver siempre acompañada, controlar dónde estás, tu bebida o tu cuerpo… se llama miedo y responde a fallos estructurales y continuados fen la respuesta frente a las violencias machistas, sean del tipo que sean. Nos lo han transmitido madres, compañeras de trabajo, amigas y otras mujeres. Es una herencia de saberes legada por nuestras antepasadas.

Todavía recuerdo mi primera experiencia con una mujer maltratada diariamente. No quería denunciar a su marido para que no le quitaran a sus hijas. La atención y los cuidados recaían en las mujeres de la plantilla, porque muchas veces acudía a trabajar apalizada y con el cuerpo con marcas de golpes o agujeros de destornillador. Hacíamos su trabajo entre todas mientras descansaba. Su desconfianza en unas instituciones machistas y patriarcales era absoluta y el tiempo le dio la razón.

A día de hoy, los datos de la tercera gran encuesta realizada a nivel europeo por la Agencia de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea (FRA), para la que se entrevistó a casi 115.000 mujeres de toda la UE, muestran que la violencia machista apenas ha descendido durante la última década en Europa y que seguimos igual que siempre a la hora de denunciar: vergüenza, culpabilidad, miedo y falta de confianza en las instituciones, especialmente en los distintos cuerpos policiales.

Se ha avanzado en prevención, en pedagogía y en el conocimiento de las distintas formas de violencias contra las mujeres, pero muy poco en conseguir que disminuyan.

Cuando te roban el bolso, la bicicleta o dinero de tu cuenta, acudes a la policía a denunciar; cuando agreden tu cuerpo y tu dignidad ¿en quién confías?

Hasta ahora, denunciar ante las fuerzas de seguridad suponía un periplo de repetir y explicar lo ocurrido, intentar probarlo, no ser creída y, cuando lo habías conseguido, encontrarte que muchas veces se justificaba al agresor. Es decir, violencia institucional a distintos niveles y siempre contra la agredida, todo ello pese a haber depositado su confianza en el sistema. El sistema fallaba a las mujeres una y otra vez, actualmente también.

¿Cómo eliminar el miedo ancestral a la revictimización, al escrutinio de nuestros comportamientos, a la duda permanente sobre el testimonio de las víctimas —con el desgaste emocional que ello genera antes y durante el proceso judicial— a la reproducción de estereotipos de género en los tribunales, a la falta de amparo efectivo y al temor a las represalias del agresor? Eso no se corrige únicamente con servicios asistenciales y leyes, por muy avanzadas e innovadoras que sean. Requiere mucha pedagogía, compromiso y determinación por parte de todas las instituciones y de la propia sociedad.

Tenemos mujeres asesinadas casi a diario como consecuencia de fallos institucionales que se esconden tras marañas burocráticas incomprensibles: procedimientos legales complejos, largos y emocionalmente agotadores, fuerzas de seguridad desinformadas y despistadas, órdenes de alejamiento que no se hacen cumplir y un sinfín de errores.

La pregunta es inevitable: ¿para qué voy a denunciar? ¿Qué gana una víctima al adentrarse en esta red de desamparo? Poco o nada. Los procesos judiciales y psicológicos siguen siendo muy lentos, angostos y de dudosa satisfacción.

Yo creo que la reflexión debe ser la contraria: si las mujeres estamos haciendo todo lo que se recomienda, impulsamos leyes que nos protegen, algunas hasta denuncian, se ponen en marcha medidas institucionales de carácter asistencial, pero los agresores siguen actuando con impunidad, reinciden, matan y asesinan casi a diario, entonces las mujeres tienen todos los motivos para no confiar en quienes deberían garantizar su seguridad, ergo se cuidan y se protegen entre ellas al margen de los mecanismos institucionales.

La credibilidad de las instituciones se construye demostrando capacidad para reducir los problemas, obteniendo resultados medibles y gestionando de manera eficiente los recursos públicos.

En el caso de las víctimas de las violencias machistas, esa credibilidad nunca ha existido. No se trata de recuperar algo que estuvo ahí, sino de actuar tan bien por parte de todos los operadores —fuerzas de seguridad, sistema sanitario, judicatura y servicios sociales y demás agentes— que las mujeres podamos confiar desde el mismo momento en que sufrimos una agresión o un intento de agresión.

Eso no está ocurriendo. Por eso nos cuesta confiar.


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La desconfianza de las mujeres en el sistema de protección ante cualquier agresión machista responde a una experiencia ancestral de falta de empatía, cuestionamiento, descrédito, ninguneo, minimización de los hechos y ausencia de respuestas.

Ninguna sorpresa: estamos condicionadas a desconfiar.

Cualquier mínima experiencia de posible —y digo “posible”— agresión sexual genera miedo, retraimiento y, en la mayoría de los casos, cambios en la vida diaria para que un agresor no te atrape. Salir y volver siempre acompañada, controlar dónde estás, tu bebida o tu cuerpo… se llama miedo y responde a fallos estructurales y continuados fen la respuesta frente a las violencias machistas, sean del tipo que sean. Nos lo han transmitido madres, compañeras de trabajo, amigas y otras mujeres. Es una herencia de saberes legada por nuestras antepasadas.

Todavía recuerdo mi primera experiencia con una mujer maltratada diariamente. No quería denunciar a su marido para que no le quitaran a sus hijas. La atención y los cuidados recaían en las mujeres de la plantilla, porque muchas veces acudía a trabajar apalizada y con el cuerpo con marcas de golpes o agujeros de destornillador. Hacíamos su trabajo entre todas mientras descansaba. Su desconfianza en unas instituciones machistas y patriarcales era absoluta y el tiempo le dio la razón.

A día de hoy, los datos de la tercera gran encuesta realizada a nivel europeo por la Agencia de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea (FRA), para la que se entrevistó a casi 115.000 mujeres de toda la UE, muestran que la violencia machista apenas ha descendido durante la última década en Europa y que seguimos igual que siempre a la hora de denunciar: vergüenza, culpabilidad, miedo y falta de confianza en las instituciones, especialmente en los distintos cuerpos policiales.

Se ha avanzado en prevención, en pedagogía y en el conocimiento de las distintas formas de violencias contra las mujeres, pero muy poco en conseguir que disminuyan.

Cuando te roban el bolso, la bicicleta o dinero de tu cuenta, acudes a la policía a denunciar; cuando agreden tu cuerpo y tu dignidad ¿en quién confías?

Hasta ahora, denunciar ante las fuerzas de seguridad suponía un periplo de repetir y explicar lo ocurrido, intentar probarlo, no ser creída y, cuando lo habías conseguido, encontrarte que muchas veces se justificaba al agresor. Es decir, violencia institucional a distintos niveles y siempre contra la agredida, todo ello pese a haber depositado su confianza en el sistema. El sistema fallaba a las mujeres una y otra vez, actualmente también.

¿Cómo eliminar el miedo ancestral a la revictimización, al escrutinio de nuestros comportamientos, a la duda permanente sobre el testimonio de las víctimas —con el desgaste emocional que ello genera antes y durante el proceso judicial— a la reproducción de estereotipos de género en los tribunales, a la falta de amparo efectivo y al temor a las represalias del agresor? Eso no se corrige únicamente con servicios asistenciales y leyes, por muy avanzadas e innovadoras que sean. Requiere mucha pedagogía, compromiso y determinación por parte de todas las instituciones y de la propia sociedad.

Tenemos mujeres asesinadas casi a diario como consecuencia de fallos institucionales que se esconden tras marañas burocráticas incomprensibles: procedimientos legales complejos, largos y emocionalmente agotadores, fuerzas de seguridad desinformadas y despistadas, órdenes de alejamiento que no se hacen cumplir y un sinfín de errores.

La pregunta es inevitable: ¿para qué voy a denunciar? ¿Qué gana una víctima al adentrarse en esta red de desamparo? Poco o nada. Los procesos judiciales y psicológicos siguen siendo muy lentos, angostos y de dudosa satisfacción.

Yo creo que la reflexión debe ser la contraria: si las mujeres estamos haciendo todo lo que se recomienda, impulsamos leyes que nos protegen, algunas hasta denuncian, se ponen en marcha medidas institucionales de carácter asistencial, pero los agresores siguen actuando con impunidad, reinciden, matan y asesinan casi a diario, entonces las mujeres tienen todos los motivos para no confiar en quienes deberían garantizar su seguridad, ergo se cuidan y se protegen entre ellas al margen de los mecanismos institucionales.

La credibilidad de las instituciones se construye demostrando capacidad para reducir los problemas, obteniendo resultados medibles y gestionando de manera eficiente los recursos públicos.

En el caso de las víctimas de las violencias machistas, esa credibilidad nunca ha existido. No se trata de recuperar algo que estuvo ahí, sino de actuar tan bien por parte de todos los operadores —fuerzas de seguridad, sistema sanitario, judicatura y servicios sociales y demás agentes— que las mujeres podamos confiar desde el mismo momento en que sufrimos una agresión o un intento de agresión.

Eso no está ocurriendo. Por eso nos cuesta confiar.

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