Zapatero fue el presidente de las ocurrencias y, por pura distribución estadística, éstas fueron tan buenas como malas, puro azar. Como apreciaba la vivacidad de la alcaldesa de Sanlúcar, Irene García, a quien conocía de sus estancias en Doñana, quiso nombrar ministra a una mujer de la misma edad y similar gaditanía, y así escogió a Bibiana Aído, que entonces era una parlamentaria prometedora pero tierna para sentarse en el Consejo de Ministros. La hizo ministra, sí, pero la echó a los leones, y allí se acabó su aventura en la política andaluza y en la española.
Entre sus aciertos brillaron la ley de dependencia, la del matrimonio del mismo sexo y la autonomía plena de Televisión Española, aunque en la retirada de las tropas de Iraq pesó más la ética de la convicción que la de la responsabilidad. Negó la crisis financiera, se inventó el cheque bebé y el plan E como exponentes de una política keynesiana que terminó matando con una reforma exprés de la Constitución que anuló la facultad del Estado social –España lo es– para endeudarse más allá de unos límites germanos. Recortó los salarios de los funcionarios, y se marchó a los ocho años, como muestra de su talante democrático, aunque dejó tirado a su partido. Su herencia también fue un déficit de dos dígitos.
Fue clave para el final de ETA, pero el día que la banda terrorista anunció su disolución, llamó a Arnaldo Otegi hombre de paz. “Como una cabra”, me comentó un colaborador suyo. Quiso arreglar la histórica cuestión catalana, y animó a Pascual Maragall –la peor ocurrencia de todas– a aprobar un Estatuto que terminó pactando con Artur Mas. La frustración popular que provocó la sentencia del Constitucional es el prólogo del procès.
Le cogió gusto a la cercanía con esta izquierda radical de Otegi, de los independentistas catalanes y de Podemos, para probar suerte después en Hispanoamérica con el Grupo de Puebla y con el régimen bolivariano de Venezuela. Por todo esto lo defienden Rufián y Pablo Iglesias. Ya por último ha sido animador de los mítines del PSOE, mitad Guerra, mitad Chiquito.
Pero lo que no entra en el patrón azaroso de este comportamiento frívolo ha sido su oficio de comisionista. ¿Ya pensó en ello cuando vivía en Moncloa o se cansó de ser el más pobre de los ex presidentes? Qué ocurrencia.