La serie belga 'Putain' hace un retrato brutal de la juventud sin futuro del siglo XXI, una representación centrada en lo desagradable y en la falta de ideas en las que creer
02/05/2026 a las 00:04h.
Todo es áspero en 'Putain'. Es una serie de adolescentes, pero apenas hay destellos de color. Es una serie de drogadictos, también, pero no hay grandes ganancias por ninguna parte. Solo hay aspereza. Gigi (Liam Jacqmin) es el claro centro de esta historia, un chaval al que tardaremos ocho o nueve episodios en comenzar a entender. Un joven muy antisocial que es la pura esencia del descreimiento, que vive y piensa en el día, con una vaga promesa, tampoco muy firme, de hacerse rico invirtiendo, o apostando, o emprendiendo cualquier cosa, pero todos a su alrededor saben que habla de un mundo inaccesible. El gran tema de Gigi es que su madre (Liesa Van der Aa) se drogaba, y como vuelva a empezar a hacerlo todo saltará por los aires.
Tampoco es muy extenso su mundo adolescente: la serie habla más de encuentros casuales con gente de cualquier edad —en relaciones muy mercantiles— que de un submundo universitario al estilo de un campus o un internado. Se vive en la calle, con una relación con la legalidad muy disfuncional. Pero sí hay un núcleo de amistad ínfimo, un trío de amigos que sí se apoyan, dentro de lo que cabe: Gigi tiene a Rania (Hind) y a Snooki (Felix Heremans), a quienes iremos conociendo poco a poco. No son mucho mejores que él, pese a la mirada compasiva de la una y la aparente docilidad del otro.
Estos personajes desagradables se despegan así de la mayoría de propuestas de las plataformas, donde suele delimitarse de manera clarísima quién nos cae bien y mal y quién tiene exactamente la culpa de qué. Gigi siempre pone palos en las ruedas cuando estamos a punto de empatizar con alguno de sus pequeños logros, Snooki desciende a los infiernos, Rania contiene una rabia que algún día mostrará. Quizás falta algún punto de luz, pero la propuesta es esa. Los adultos, todos disfuncionales, no dan el menor ejemplo a los chavales de que la vida merezca la pena. El padre de Gigi, por cierto —inseparable en nuestra memoria ya de esa mitad de cerdo refrigerado que se echa al hombro— está interpretado por Gorik van Oudheusden, un cantante de hip hop que, con el alter ego Zwangere Guy, es responsable de la canción de la banda sonora: una pieza que captura el ambiente desesperanzado tan bien como la propia serie.
Cuando suena esa canción, 'Equinox', en la cabecera, entramos en este submundo de 'Putain'. Aunque las imágenes de la intro muestren al final movilizaciones al estilo de los chalecos amarillos para tratar de situar todo este malestar en un clima geopolítico concreto, la verdad es que la trama de la serie no acaba tocando esos conflictos sociales, donde al menos hay una colectividad que se agrupa. La sensación aquí es de una Bruselas de sálvese quien pueda, por supuesto alejada del microcosmos de las instituciones comunitarias, y donde nadie moverá un dedo por nadie a no ser que no haya otro remedio.
Dicho todo esto, y aunque 'Putain' solo muestre desolación (sacando de plano, tal vez, algunas posibilidades de vida menos terribles), es una serie arrebatadora, potente y técnicamente muy hermosa, con una fotografía de contraste extremo y gusto analógico muy claro, desenfocando muchísimo el fondo, casi como si el efecto de alguna droga continua —o un estado mental duro y difícil— separase a los personajes del mundo permanentemente. Todas las interpretaciones convencen (y crecen según avanzan los diez capítulos), e incluso están bien tiradas algunas alucinaciones o comentarios sobre la ficción y la realidad. Ese centro de poder tan inmenso que es Bruselas debe tener en cuenta que, a escasos metros de aquella luminosa y burocrática ficción llamada 'Parliament', personajes como los de 'Putain' necesitan soluciones, por mucho que hasta ellos mismos hayan dejado de buscarlas.
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