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Indignación por el asesinato de Miguel Ángel Blanco: el día que Madrid perdió el miedo a ETA

Дата публикации: 13-07-2026 02:50:19

"Hemos venido aquí porque estamos desolados y nos sentimos airados", arrancaba el discurso que Victoria Prego leyó el 14 de julio de 1997 como colofón de una manifestación masiva e inédita hasta la fecha en España, cuando una riada humana de más de un millón y medio de personas se lanzó a las calles de la capital - y de otras varias ciudades- para clamar su rabia y su dolor por el asesinato de Miguel Ángel Blanco. Seguir leyendo....

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"Hemos venido aquí porque estamos desolados y nos sentimos airados", arrancaba el discurso que Victoria Prego leyó el 14 de julio de 1997 como colofón de una manifestación masiva e inédita hasta la fecha en España, cuando una riada humana de más de un millón y medio de personas se lanzó a las calles de la capital - y de otras varias ciudades- para clamar su rabia y su dolor por el asesinato de Miguel Ángel Blanco.

Un dolor colectivo, supurante, que era por el joven concejal del PP de Ermúa recién ajusticiado cobarde y miserablemente por la espalda, de dos tiros en la cabeza en mitad de un bosque, pero también por las 815 víctimas que vinieron antes de él, como bien recordaba la periodista en su escrito, y las 41 que, sin saberlo aunque intuyéndolo, todavía estaban por llegar antes de la disolución definitiva de ETA.

"Sin embargo, a pesar del estupor, de la ira y de la pena, creo que todos nosotros, los madrileños que estamos juntos y unidos ahora mismo en la Puerta del Sol y el resto de los españoles [...], a pesar de ese dolor y de esa certeza intolerable de que unos pocos han pretendido humillar y someter a todo un pueblo, creo que percibimos también que éste puede ser un día enorme, un gran día para la historia de España", continuaba el discurso de Prego, titulado con un grito de rabia, una declaración de intenciones y un llamamiento: '¡A por ellos!'.

Y, sin duda, lo fue. Los madrileños, como el resto de españoles, no salieron aquel día solo a manifestarse por esta muerte. Salieron a decir que ya no podía más; que ya era suficiente. Que el terror acumulado durante 20 años, la rabia contenida por cada atentado y la tristeza por cada víctima que engrosaba la lista tenía que convertirse en una única voz que, por primera vez, dijese con firmeza, sin miedo y sin vuelta atrás: "Ya basta".

Este lunes se cumplen 29 años del asesinato de Miguel Ángel Blanco Garrido, edil del Partido Popular en Ermua, un pequeño municipio de Vizcaya (Euskadi). Tenía entonces los mismos años que han pasado. Era licenciado en Empresariales, trabajaba en una asesoría en Eibar y llevaba apenas dos años como concejal. Hasta aquel jueves 10 de julio de 1997, su nombre era el de un joven concejal de un municipio vizcaíno marcado, como tantos otros, por la presión del terrorismo. En solo 48 horas, ETA convirtió su rostro en el símbolo de una España que se negó a volver mirar hacia otro lado.

El secuestro se produjo el 10 de julio, cuando Miguel Ángel Blanco no llegó a una cita de trabajo. Poco después, una llamada en nombre de ETA comunicó el ultimátum: si el Gobierno no anunciaba en 48 horas el acercamiento de todos los presos de la banda al País Vasco, sería asesinado. La amenaza vencía el sábado 12 de julio a las cuatro de la tarde. Eran los días posteriores a la liberación de José Antonio Ortega Lara, el funcionario de prisiones que había pasado 532 días encerrado en un zulo. España conocía ya hasta dónde podía llegar la crueldad de ETA, pero aquella cuenta atrás introdujo una forma nueva de angustia colectiva: el final de una vida retransmitido minuto a minuto.

Durante esas 48 horas, las plazas y calles de todo el país empezaron a llenarse. En Ermua, en Bilbao, en San Sebastián, en Madrid y en tantas otras ciudades, la ciudadanía salió primero a pedir su liberación. Había pancartas, manos blancas, lazos azules, silencios espesos y consignas emocionadas. “Miguel Ángel no está solo”, se oyó en la Puerta del Sol. Pero ETA no escuchó; la banda cumplió su amenaza. El sábado por la tarde, Miguel Ángel Blanco apareció en una zona de Lasarte-Oria con dos disparos en la cabeza. Seguía con vida. Fue trasladado al hospital Nuestra Señora de Aránzazu, en San Sebastián, donde falleció de madrugada, casi 12 horas después, el domingo 13 de julio.

La noticia, lejos de apagar los ánimos, los prendió para siempre. Madrid, que durante dos días había seguido el secuestro con una mezcla de esperanza y desasosiego, se convirtió el lunes 14 en una ciudad tomada por la indignación ciudadana. Más de un millón y medio de personas ocuparon la Castellana, la calle Alcalá y la Puerta del Sol en la que fue descrita entonces como la mayor manifestación de la democracia. La marcha, convocada a las ocho de la tarde, quedó desbordada desde el inicio. No hubo una cabecera oficial reconocible porque la ciudadanía ocupó el espacio antes que las instituciones. Desde Colón hasta Sol, las arterias del centro se llenaron de madrileños que avanzaban lentamente, algunos durante horas, entre aplausos, silencios y gritos contra ETA.

Aquella imagen reunió a dirigentes de todos los partidos democráticos, representantes sindicales, responsables autonómicos y antiguos presidentes del Gobierno. Pero el protagonismo no fue suyo. La fuerza de aquella tarde estuvo en la multitud anónima: familias enteras, trabajadores salidos de la oficina, jóvenes, mayores, vecinos que no necesitaban conocerse para compartir una misma certeza: ETA debía desaparecer de una vez por todas.

El asesinato de Miguel Ángel Blanco no fue el primer crimen de ETA ni, desgraciadamente, sería el último. La banda terrorista había dejado ya una larga lista de víctimas y seguiría matando después. Pero aquellos días marcaron un punto de inflexión porque rompieron algo que hasta entonces pesaba en demasiadas calles: el silencio impuesto por el terror. De esa reacción nació lo que se llamó el “Espíritu de Ermua”, una expresión que resumía la rebelión democrática de la sociedad contra ETA y contra el entorno que justificaba, amparaba o relativizaba su violencia.

Hoy, veintinueve años después y con la banda convertida en pasado, Madrid sigue recordando. La capital, golpeada durante décadas por la violencia terrorista, guarda en sus calles la memoria viva de la lucha contra la barbarie y la sinrazón. Madrid salió entonces en masa no porque creyera que podía salvar a Miguel Ángel Blanco, sino porque entendió que seguir callando habría sido otra forma de derrota. Y, aquel día, Madrid no calló.

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