Cuando nombraron a mi amiga Estrella de la Ilusión de la cabalgata, ella, haciendo honor a su cargo, se deshizo de ilusión. En gratitud, quiso cuidar tanto cada detalle (séquito, vestido, complementos…), que días antes fue a hacerse unas uñas eternas de fantasía y porcelana. El problema vino al pulsar el botón de descarga de la cisterna del váter. Imposible. Y como no era plan de disponer del marido para que le tirara de la cadena tras cada micción, ideó un mecanismo del que no daré noticia aquí hasta que registremos la patente. Mientras intentaba abrir el bote del café con cuidado de no clavarse en el pecho aquellos puñales que remataban sus dedos, me habló de los muchos entorpecimientos que sufría por causa de las prótesis uñeras, de los que tampoco daré noticia por no herir sensibilidades. Sus cuitas confirmaban mi prejuicio: las uñas largas y esmaltadas no son aliadas de las labores de manos. Tampoco las manicuras; en cuanto enjuagas dos cacharros, tiras el dinero invertido en el remilgo de cutículas. “De mí sé decir que nunca aprendí nada de nadie que llevara las uñas limpias”, declara el protagonista de El mundo de Juan Lobón, esa novela prodigio del lenguaje. La circunstancia de mi amiga me hizo recordar a cierta compañera de trabajo, hija de una ministra, que enchufaron en mi departamento en una consultora de comunicación de Madrid donde curré. Se quejaba –los señoritos no protestan, se quejan– a la dirección de que al teclear se le estropeaban las uñas. Nunca se me hubiera ocurrido elevar tamaña reivindicación. Cuestión de clases.
Resulta que ahora, según leo en El País, las uñas naturales son propaganda neoliberal, propias de gentes desahogadas y de pitiminí. Las coloridas y largas son de racializadas y de chonis, y las cortas y sin esmalte “indican un nivel de despreocupación que solo la riqueza y el privilegio pueden permitirse”. Pues sí que ha cambiado el marcador social. Kate Middleton ha ido a Ascot sin manicura, e influencers adineradas dicen que ya no tienen tiempo que perder en estas cosas (lo perderán a manojos en otras). Mordidas, de tocaor, rosas, fosforitas, esmaltadas en hombres, porcelánicas, con filigranas, sin pintar. Lo que importa de las uñas es la libertad o condena, el sometimiento o la insurgencia, y la capacidad de dar la mano, de las manos que las llevan.
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