En casa siempre se celebra San Fermín. No somos pamplonicas y aunque nos guste ver los encierros por la tele como buenos aficionados a los toros, la razón es familiar. Ese día, pero de 1936, nació mi madre. Ya puestos, mis abuelos decidieron bautizarla el 18 que era un día como otro cualquiera hasta que dejó de serlo. No parece que estuvieran en la conspiración. Porque con la de días que hay, fueron a escoger el más movido en mucho tiempo y de haberlo sabido se evita, que no hay necesidad de complicarse la vida.
Así que aquella niña que vino al mundo en días tan aciagos y a la que su madre olvidó en la cuna en el primero de los bombardeos que sufrió Granada a finales de julio, mientras salía huyendo con sus dos hermanas mayores buscando refugiarse en el palacio de las Columnas, ha cumplido noventa esplendorosos años. Que lo mismo, en medio de esta barahúnda en la que vivimos inmersos, no es noticia, pero para mí lo es de portada. Porque en estos tiempos de libertad y democracia, de bienestar y comodidades, es de justicia homenajear a la generación que trabajó sin descanso para hacer todo ello posible y a la que tan poco se le reconoce.
Mi madre es una más de esas mujeres y hombres, nacidos en los convulsos años de la República, la Guerra Civil y la posguerra, ejemplo de esfuerzo, trabajo, afán de superación y también valentía. O rebeldía, como prefieran. Como tantas niñas de su época asistió a un Instituto de Señoritas, el granadino Ángel Ganivet y estudió en una mesa de camilla con un brasero de picón. Después, trabajó hasta que decidió casarse con mi padre, a quien tanto echa de menos después de más de sesenta años de matrimonio. Cosas de la época: las mujeres se destinaban a hijos, familia y casa. Pero se rebelaron. Sin alharacas, pero lo hicieron. Eran chicas yeyé. No lo olvidemos. Y también, como tantas otras mujeres de su generación, volvió al mercado laboral con los hijos mayores y a una edad en la que muchos, hoy, casi piensan en jubilarse.
Creo que merecen, todos ellos, y para mí, mi madre, un continuo homenaje, porque no sé si España volverá a conocer una generación como la de los niños de la guerra que la sufrieron en sus carnes y hubieron de reconstruir el país a pulso. Gentes que emigraron a Europa mientras sus hijos van de turismo y sus nietos de Erasmus. Quizá deberíamos quejarnos menos de nuestra realidad e imitar su cultura de esfuerzo y superación.
A sus pies, señora.
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