NO sabemos muy bien cómo contarán los historiadores (si este oficio no es sustituido por el de gurú indocumentado de la memoria) en el futuro el bipartidismo español que ha marcado lo que algunos llaman el Régimen del 78 y otros, simplemente, Democracia. Por pasar el rato podemos aventurar un esbozo de su evolución y distinguir cuatro etapas: 1) el bipartidismo fallido (aquel que protagonizaron en el arranque del sistema actual la UCD y el PSOE); 2) el bipartidismo imperfecto (PSOE-AP/PP con el apoyo puntual de los nacionalismos periféricos); 3) la gran crisis del bipartidismo (cuando Podemos y Ciudadanos llegaron a amenazar seriamente la continuidad del invento); 4) el bipartidismo bloquista, a partir del momento en el que los dos partidos dominantes se vieron abocados a apoyarse en sus extremos para alcanzar el poder. Es la fase en la que nos encontramos.
El esquema, como todos, adolece de una evidente rigidez que impide retratar con toda su frescura el pasado y la actualidad. Por ejemplo, el actual bloque de izquierdas, comandado por Sánchez, se presenta a sí mismo como una alianza “progresista”. Pero no hay que ser muy listos para percatarse de que ha contado con el apoyo de formaciones nacionalistas de derechas, una vieja unión que viene de los años antifranquistas y que le confiere a la política española una especial complejidad. Más que de izquierdas hablamos de un bloque plurinacional que, incluso, llega a fantasear con la confederación como fórmula de Estado para España. En el fondo no deja de ser una fina ironía de la política española el que los confederales gobiernen la nación y los unitaristas en la mayoría de la periferia.
Hay que reconocer que fue Sánchez (o ese asesor que presume semanalmente de seguir siendo la fuente de inspiración del presidente del Gobierno) el primero en hacer las cuentas con acierto: PSOE más la izquierda desarbolada más todos los que quieren volar España es igual al poder en Madrid. Por ahora. El PP, por su cuenta, ha tardado más en rendirse a la evidencia aritmética. Su soberbia de partido alfa de la derecha española le ha impedido medir bien el nacimiento y avance de Vox, partido que se alimenta de muchos afluentes, entre ellos el de los fugados de la gaviota hartos de cómo las élites de Génova o la calle San Fernando maltrataban sus principios. En el voto de Vox hay algo de venganza intestina. Ayuso ha tomado nota. A Juanma Moreno, le está costando. Feijóo está en ello.
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