Por aparecer subtituladas (“traducidas” han llegado a decir algunos) en TVE, unas frases de contenido intrascendente de la madre de un jugador de la selección española, natural de la localidad sevillana de Los Palacios, se ha provocado un gran revuelo mediático, avivado por el propio futbolista al cerrar, con ironía, otra entrevista: “por zi arguien no m´entiende, podéi poné zuhtitulo”. El presidente de RTVE ha acabado por pedir perdón a la involuntaria “protagonista” de la polémica.
Muchos pusieron el grito en el cielo y casi todos terminaban emplazando a Manu Sánchez a “posicionarse” en su programa “estelar” El perro andaluz (en la misma cadena). No “defraudó”, pues se manifestó contrario a la “andalufobia”, anclándose en el rechazo del “supremacismo”, término que utilizó más de quince veces para criticar la superioridad y preeminencia, eso sí, sin señalar a nadie.
Vayamos por orden. El verbo subtitular (también sustantivo) se utiliza tanto para “poner subtítulos” como para referirse al traslado a la escritura de una actuación oral. Como en este caso se trata de la misma lengua, se califica la decisión de discriminación rechazable. Importa aclarar, sin embargo, si resulta justificada por la necesidad de posibilitar o facilitar la comprensión a los hispanohablantes (incluidos algunos de la propia región andaluza) cuyos oídos no están habituados a determinadas peculiaridades fonéticas. A los que no tienen ese problema no se les “obliga” a leer los “subtítulos”, ni tendrían por qué “sentirse” agraviados. En no pocas ocasiones, he agradecido que, en películas de Colombia o Argentina, he podido seguir los diálogos de ciertos personajes gracias a su “versión” transcrita en la parte inferior de la pantalla.
El “acento” al que todos se refieren, pero del que casi nada se dice (sólo he visto alguna vaga alusión al ceceo y a la “aspiración” de la –s: asco > [ahco], o [acco]), no puede reducirse a unos cuantos hábitos articulatorios, ninguno de los cuales practican todos los andaluces. Los contornos melódicos, que a menudo deciden el sentido de las secuencias (“¡no habla ná!”=´no para de hablar´) no se pueden transcribir, han de ser recuperados e interpretados por los oyentes.
El enfurecimiento de los que no soportan el “subtitulado” del “andaluz” tiene que ver con la creencia extendida de que a menudo es objeto de mofa. Pero siempre ha de pesar más, mucho más, que quede garantizada la comprensión de los receptores. Hace menos de un siglo, cuando la medida casi nada habría resuelto, dado el elevado número de analfabetos, especialmente en Andalucía, ¿hubiera levantado los ánimos de igual modo?
Los que hoy gritan contra la “humillación” que representa que se “subtitule” lo oralmente expresado por algunos andaluces, no deberían perder de vista que el español, como todas las lenguas “vivas” del mundo, no cesa de variar y no vive más que en sus variedades, ninguna de ellas “mejor” (ni “peor”) que (las) otras. Y tampoco, que los que tenemos el privilegio de hablar uno de los pocos idiomas calificados “de cultura” por disponer de un sistema gráfico común en el que se ha desarrollado la ciencia y una extraordinaria literatura, no debemos enojarnos porque se ponga al servicio de los demás, sea cual sea el “acento” de cada uno, y así contribuya a resolver las inevitables dificultades de entendimiento que se dan en la comunicación entre hablantes de modalidades distintas de una misma lengua.
Así que, guste más o menos, no cabe estar en desacuerdo con que se explote el medio escrito compartido como escudo de protección frente a incomprensiones y/o malentendidos. Porque ¿qué se gana con “sentirse” afrentado, denostado, zaherido, vejado…, o simplemente molesto o disgustado, por el hecho de que se enteren (mejor) de lo hablado por (algunos de) los andaluces todos los que también hablan español? Por encima de la indignación emocional hay que colocar el valor de la comprensión, en todas sus acepciones, sin olvidar la asociada a la solidaridad.
Cada vez que se proclama que los andaluces “no hablamos un mal castellano, sino un perfecto andaluz”, habría que aclarar cuál y cómo es ese “andaluz” que, al parecer todos sin excepción en Andalucía hablamos “a la perfección”, ¿cada uno el “suyo”?
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