De su taller de Navarrete, Alma de Cántaro, salen piezas contemporáneas para restaurantes, galerías, hoteles y espacios públicos
El barro gira en el torno, mientras el ceramista va moldeando un plato. El proceso apenas dura unos minutos. Cuando termina, corta la pieza con un hilo y la arroja sobre la mesa. La pieza se deforma ligeramente, y uno de sus bordes se levanta, formando una ola. A primera vista, podría parecer fruto de una casualidad. Tras verlo repetir el gesto varias veces, queda claro que esa espontaneidad está tan calculada como la forma original del plato. Es Toño Naharro, ceramista y fundador de Alma de Cántaro, su propio taller, donde crea piezas para prestigiosos restaurantes, colecciones privadas y salas de exposiciones.
La tradición alfarera de su familia tiene más de cien años. Su bisabuelo fue alfarero, su abuelo se dedicaba a vender botijos, y su padre había aprendido el oficio de un tío suyo. Con tan solo catorce años, Toño Naharro tuvo que decidir qué rumbo tomar. Podía continuar estudiando o incorporarse en el mundo laboral, y optó por lo segundo. Aunque entonces también pensaba en estudiar Bellas Artes, en aquella época no se veía como una opción profesional viable.
Durante muchos años trabajó como un alfarero tradicional: haciendo encargos y manteniendo un ritmo de producción que apenas le dejaba espacio para detenerse. “Podíamos hacer entre 100 y 200 piezas al día, un día tras otro. Y llega un momento en que la cabeza te explota”, cuenta Naharro.
Quería experimentar, romper moldes, defendiendo sus ideas frente a la desconfianza de su familia y viendo distanciarse a sus seres queridos. Hasta que un día, durante un paseo por el monte, su corazón tomó la decisión por él: se detuvo en seco, y ya no había nada más que discutir. Meses después Toño Naharro dejaba la alfarería familiar. En 2012 nació su propio taller en Navarrete, el pueblo con más tradición alfarera de La Rioja.

Al poco de comprar un edificio para Alma de Cántaro, charlando con gente, Naharro descubrió que no era un edificio cualquiera: era su lugar de nacimiento. El local había sido un antiguo bloque de viviendas con el Café Teatro del pueblo en la planta baja, y él había nacido en el piso de arriba. Volvió allí sin buscarlo, en sus propias palabras: “He cerrado el círculo. Me he vuelto donde nací”.
Al no poder marcharse a Madrid o Barcelona para formarse, decidió invitar al taller a los artistas que admiraba para organizar cursos y aprender de ellos. Enric Mestre y Xavi Monsalvatje son algunos con los que ha trabajado. Para financiar aquellos proyectos, reunía a otras personas interesadas para compartir los gastos. Así, poco a poco, fue creando una comunidad en torno al taller.
Entró en el mundo de la alta cocina en un momento crítico para la alfarería, como ya había ocurrido décadas antes con la llegada del plástico. Su amigo Ignacio Echapresto, chef de Venta Moncalvillo, lo puso entonces en contacto con una persona que comercializaba vajilla y buscaba algo diferente. Desde entonces ha trabajado con numerosos restaurantes y cocineros: Paco Roncero, Ramón Freixa y Francis Paniego figuran entre sus clientes, además de vajillas para Venta Moncalvillo de los hermanos Echapresto y Mentica Gastronómico de Lucía Grávalos.

Antes de nada, Toño Naharro necesita conocer la cocina que estará detrás de la pieza. Escucha al chef, investiga qué plato se quiere servir, cómo sería la presentación y cuál es la filosofía del restaurante. Incluso una fotografía del montaje puede ayudarle a entender cómo tiene que ser la vajilla. Con esos detalles en mente desarrolla dos o tres propuestas, que después se prueban, se modifican y se ajustan en diálogo con el chef, hasta llegar a una solución compartida.
Belleza y utilidad“No quiero que la vajilla le robe protagonismo a la comida. La cerámica está ahí para acompañar y ayudar a contar la historia que el cocinero quiere llevar a la mesa”, destaca Toño Naharro. Tras años de aprendizaje en la alfarería tradicional, entiende que el equilibrio está en unir belleza y utilidad: crear piezas atractivas, cómodas para el equipo de sala, capaces de responder a las necesidades del servicio.
Hoy su cerámica llega a restaurantes, galerías de arte, hoteles, espacios públicos y proyectos de arquitectos. La docencia es otra actividad que ocupa un lugar importante en su vida con alrededor de treinta alumnos vinculados al taller, donde trabaja junto a su mujer, Lola, que lo apoyó cuando le tocó empezar de cero. Aún así el éxito tiene sus sombras. Hay silencios en su familia que el tiempo no ha sabido romper: “Ese es el precio, y es un precio que no se termina de digerir nunca”.
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