El presidente de la asociación animalista ADGAT lleva seis décadas defendiendo a los animales más vulnerables, manteniendo que la sensibilidad es el principio, “pero después debe haber responsabilidad”
Ignasi Fregola Navarro tiene 66 años, vive en el centro de Lleida y es presidente de ADGAT, la Associació d’Alimentadors per la Dignitat del Gat Comunitari de Lleida. Su compromiso actual al frente de una entidad dedicada a la defensa de los gatos comunitarios tiene, sin embargo, unas raíces mucho más profundas. Cuando apenas tenía cinco o seis años, ya recogía gatos abandonados de la calle y los llevaba a casa.
Antes habían llegado los perros, los patos y los loros del gran jardín de sus abuelos en Zaragoza, y después llegarían otros animales, como una iguana herida y quemada que acabó viviendo con él durante 22 años. Más de seis décadas separan a aquel niño del presidente de ADGAT, pero detrás de ambos permanece una misma forma de mirar a los animales: detectar su vulnerabilidad y sentir que no se puede pasar de largo.
Hoy es presidente de ADGAT, asociación dedicada a los gatos comunitarios de Lleida. ¿Su relación con ellos viene de lejos?
Desde que tengo memoria. Mi madre era de Zaragoza y cuando yo era pequeño pasaba algunas semanas en casa de mis abuelos. Allí había un gran jardín y convivíamos con muchos animales: había perros, patos, loros y otros animales. Yo tendría cuatro o cinco años y aquello para mí era fantástico. Formaban parte de mi vida con absoluta naturalidad. Creo que mi madre fue quien me impregnó de esa sensibilidad hacia los animales y, visto desde la perspectiva de los años, seguramente ahí comenzó todo. Después puedes desarrollar tu vida profesional en ámbitos completamente diferentes, pero aquello que aprendes y sientes desde tan pequeño se queda contigo.
¿Recuerda cuándo empezó a intervenir personalmente?
Muy pronto. Con cinco o seis años ya recogía gatos abandonados que encontraba en la calle y me los llevaba a casa. Era algo muy espontáneo. Veía un gato solo, entendía que estaba abandonado y lo recogía. A esa edad, evidentemente, no haces grandes reflexiones ni piensas en conceptos como protección animal o responsabilidad. Simplemente ves que hay un ser vivo que está solo y que necesita ayuda y actúas. Incluso tenemos alguna fotografía familiar de aquella época en la que aparecen esos gatos. Cuando la ves tantos años después, entiendes que esa relación con los animales viene realmente de muy lejos.

Resulta significativo que aquel niño que recogía gatos sea hoy presidente de una asociación vinculada al gato comunitario.
Hay una continuidad evidente. Han pasado más de sesenta años y durante ese tiempo he vivido muchas cosas, pero la sensibilidad hacia un animal que está en una situación vulnerable sigue siendo la misma. De niño reaccionaba de una manera instintiva. Ahora existe mucha experiencia y sabes que determinadas situaciones son bastante más complejas que coger un gato de la calle y llevarlo a casa. Pero seguramente el origen es idéntico: no ser indiferente ante un animal que necesita algo.
¿Qué influencia tuvo su madre en esa manera de relacionarse?
Muchísima. Yo siempre digo que mi madre me impregnó de aquello. No fue necesariamente una educación basada en discursos sobre cómo había que tratar a los animales. Era una manera de vivir y convivir con ellos. Cuando desde pequeño estás en un entorno donde hay perros, patos, loros y otros animales y los ves como parte de tu vida cotidiana, aprendes esa convivencia con naturalidad.
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¿Qué sentía cuando encontraba aquellos gatos abandonados?
Que tenía que recogerlos. Era así de sencillo. Estaban abandonados en la calle y yo los cogía y los llevaba a casa. Quizá precisamente porque era tan pequeño no existían las excusas o los razonamientos que a veces construimos los adultos. Veía al animal y reaccionaba. Había una sensibilidad ante su fragilidad, aunque no habría sabido expresarlo con estas palabras. Con los años puedes analizarlo y ponerle nombre.
Ahora representa a una asociación. ¿Cambia mucho pasar de esa sensibilidad individual a una responsabilidad colectiva?
Lo que cambia sobre todo es la dimensión de las cosas. Una persona puede encontrarse un animal y ayudarlo, pero cuando hablamos de una realidad que afecta a muchos gatos, necesitas entender que no todo puede depender de gestos individuales. La sensibilidad personal continúa siendo importante porque probablemente es lo que te mueve a implicarte, pero después aparecen la responsabilidad, la continuidad y la necesidad de afrontar las situaciones de una manera organizada.
Ignasi Fregola
Presidente de ADGAT
¿Ser presidente de ADGAT le obliga también a poner voz a problemas que muchas personas quizá no ven?
Cuando convives directamente con una determinada realidad, lógicamente percibes cosas que desde fuera pueden pasar más desapercibidas. Los animales que están en la calle existen y tienen unas necesidades, y las personas que están en contacto con ellos conocen de primera mano muchas de esas situaciones. Es importante que esa realidad se conozca y que no se convierta en algo invisible. Ignorar un problema no hace que desaparezca.
ADGAT ha intervenido públicamente para defender la situación de los gatos comunitarios de Lleida. ¿Es importante trasladar ese debate a las instituciones?
Cuando existe una problemática que afecta a los animales de una ciudad, evidentemente no puede recaer todo exclusivamente en las personas que voluntariamente se preocupan por ellos. Hay una realidad que debe gestionarse y cada uno debe asumir la responsabilidad que le corresponde. Una asociación puede aportar experiencia, conocimiento directo de lo que ocurre y capacidad para explicar situaciones concretas, pero la solución debe entenderse desde una perspectiva mucho más amplia.
¿Le preocupa que todavía se vea a quienes defienden a los animales simplemente como personas muy sentimentales?
La sensibilidad es necesaria; sin ella seguramente no te implicarías. Pero cuidar de los animales significa bastante más. Implica responsabilidad. Si recoges un animal, después tienes que cuidarlo. Si está enfermo, tendrás que llevarlo al veterinario. Hay que alimentarlo y atender sus necesidades. El cariño es fundamental, pero tiene que traducirse en hechos. A lo largo de los años he aprendido precisamente eso.
Tiene una historia que ejemplifica muy bien esa idea...
Sí. La de una iguana que estaba herida y quemada. La recogí y me la llevé a casa... ¡y acabó viviendo conmigo durante 22 años! Cuando la llevaba a las revisiones veterinarias, llegó un momento en que incluso el veterinario me preguntaba si de verdad continuaba siendo la misma iguana. ¡22 años son muchísimos, especialmente para ese tipo de animales!
Ignasi Fregola
Presidente de ADGAT
Una cosa es recoger un animal herido y otra convivir con él durante 22 años.
Exactamente. Y ahí está precisamente la diferencia entre el gesto inicial y la responsabilidad posterior. Puedes encontrarte un animal y sentir inmediatamente que tienes que ayudarlo, pero después empieza la parte larga de la historia. Ese animal tiene unas necesidades y, si decides hacerte cargo de él, tienes que asumirlas. En el caso de aquella iguana fueron 22 años. Para mí formaba parte de la familia y de mi vida cotidiana.
¿Le sorprendió que llegara a vivir tantos años?
Sí, por supuesto. Era muchísimo tiempo. Incluso el veterinario se sorprendía cada vez que la llevaba y comprobaba que seguía siendo la misma. Cuando inicialmente recoges un animal herido, no estás pensando en que vas a compartir más de dos décadas con él. Pero eso fue exactamente lo que ocurrió, y también demuestra hasta qué punto una decisión que puede parecer pequeña en un momento determinado acaba convirtiéndose en un compromiso de muchos años.
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¿Ese sentido de la responsabilidad es aplicable también al trabajo con los gatos comunitarios?
Creo que sí. Los animales necesitan continuidad. No sirve preocuparte por ellos un día y olvidarte de ellos al siguiente. Cuando hay animales viviendo en nuestras calles, existe una realidad que debe ser atendida y gestionada. La experiencia personal te enseña que detrás de cualquier cuidado hay constancia. Y cuando pasamos del animal individual a grupos de animales, esa necesidad de organización y responsabilidad todavía se hace más evidente.
¿Qué ha aprendido después de toda una vida conviviendo con animales tan distintos?
A observarlos. Cada animal tiene unas necesidades y una manera distinta de comportarse. No puedes tratarlos a todos de la misma forma. Además, ellos no pueden explicarte con palabras qué les ocurre, de modo que tienes que aprender a prestar atención. Con el tiempo vas reconociendo comportamientos y percibiendo cuándo algo cambia. Creo que la observación y la atención son fundamentales cuando convives con cualquier animal.

Profesionalmente, sin embargo, su vida ha transcurrido por caminos muy diferentes.
Sí. Profesionalmente me defino como pedagogo de artes gráficas y empresario de artes gráficas. He editado revistas y he tenido una industria de artes gráficas. Esa ha sido mi profesión y mi manera de ganarme la vida. Mi relación con los animales ha discurrido en paralelo. No todo aquello que define a una persona tiene necesariamente que coincidir con su profesión. Puedes dedicarte profesionalmente a una cosa y tener compromisos personales muy profundos en otros ámbitos.
¿Qué supone para usted asumir la presidencia de una asociación después de tantos años viviendo esa relación con los animales desde una dimensión privada?
Supone que aquello que siempre has sentido individualmente adquiere una dimensión distinta. Ya no hablamos solamente de lo que haces tú ante un animal determinado, sino de una realidad compartida. Una asociación existe precisamente porque hay personas que entienden que determinados problemas necesitan una respuesta colectiva. Presidirla implica una responsabilidad, pero la raíz continúa siendo aquella sensibilidad que empezó cuando era muy pequeño.
¿Cree que las ciudades tienen todavía mucho que aprender sobre la convivencia con los animales?
Siempre podemos mejorar nuestra manera de convivir con ellos. Lo primero es aceptar la realidad: los animales están ahí. A partir de ahí hay que actuar con responsabilidad. No sirve ignorarlos ni pensar que los problemas desaparecerán solos. Cuando existe una situación que afecta a animales, hay que conocerla, gestionarla y buscar soluciones que tengan continuidad.
Si pudiera observar hoy a aquel niño de cinco años que volvía a casa con un gato abandonado, ¿se reconocería?
Absolutamente. Evidentemente, soy otra persona, pero hay algo esencial que continúa ahí. Aquel niño veía un gato abandonado y sentía que tenía que llevárselo. Ahora tengo experiencia, conozco mejor la complejidad de muchas situaciones y, además, existe una responsabilidad añadida como presidente de ADGAT, pero la reacción de fondo es igual: ante un animal vulnerable, no ser indiferente.