Ejemplaridad y vulgaridad van juntas porque se oponen simétricamente. El filósofo de la ejemplaridad, concepto al que ha dedicado muchos libros, analiza aquí la vulgaridad, que define como espontaneidad no educada y considera una creación original e innovadora de la democracia liberal. En este ensayo, estudia la función de la categoría en las tres grandes etapas de la historia de la cultura: minoría selecta, mayoría vulgar (actual) y mayoría selecta
1 La vulgaridad y la ejemplaridad van juntas: son opuestos correlativos, como el frío y el calor o lo alto y lo bajo. La ejemplaridad no es una virtud entre otras, sino una disposición general a la virtud. Igualmente, la vulgaridad no denota vicio, pecado o conducta antisocial en particular, sino un modo de ser proclive a esos comportamientos negativos. El par de conceptos designa, pues, ese estado estable previo a la acción, denominado héxis por Aristóteles, que es adquirido por el hábito y confirmado por la educación.
Históricamente, ejemplaridad y vulgaridad han sido atributos que definían dos clases de personas: unas eran ejemplares y otras vulgares, y en ambos casos de manera nativa, preordenada, esencial. Esta dualidad de personas dividía la sociedad a su vez en dos estamentos contrapuestos: uno minoritario compuesto por almas ejemplares, fuente de moralidad pública, y otro mayoritario formado por almas vulgares, origen del llamado vulgo. Lo que se espera de este vulgo mayoritario –en realidad, todo el mundo menos un reducido grupo– es que sea dócil a esa minoría modélica y la imite, porque con esa imitación redime su falta de sustancia. Si, en cambio, negando su destino, se muestra rebelde a la ejemplaridad natural de esos pocos ejemplares, entonces el vulgo, en esta visión, se comporta como una despreciable masa.
⁄ La vulgaridad tiende a una exhibición maleducada y pretende ser tan legítima o más que la educada o de buen gustoUna manera distinta de entender el juego entre estos dos opuestos es predicarlos de opciones individuales, no de personas o grupos. En este segundo caso, la línea que separa lo ejemplar y lo vulgar no se dibuja como antes en la sociedad, dividiéndola en dos estamentos enfrentados de personas, sino en el corazón de cada una de éstas. Ya no existiría ni la elite minoritaria a la que obedecer ni la mayoría dócil o rebelde, sino dos posibilidades humanas que se ofrecen a todos los individuos sin excepción. Cada uno de nosotros opta por distintos modos de ser y, en el uso de su libertad, elige entre ser ejemplar o vulgar. Si en la visión elitista, la vulgaridad inspira desprecio, en esta otra, existencial en vez de social, igualitaria en vez de elitista, merece un respeto.
2 La historia universal de la cultura se estructura en tres etapas: minoría selecta, mayoría vulgar y mayoría selecta. La minoría selecta, expresión de la ejemplaridad elitista, estuvo vigente durante todos los siglos de la premodernidad y se prolongó durante la primera modernidad del liberalismo decimonónico. La mayoría no selecta o vulgar se corresponde con las actuales democracias liberales, escenario de la nueva vulgaridad. Es justo llamarla nueva porque en el pasado hubo, ya se ha dicho, personas o grupos vulgares, pero no la vulgaridad, categoría cultural que es creación originalísima y exclusiva del genio democrático.
Expresión de la ejemplaridad elitista, esta fase estuvo vigente durante todos los siglos de la premodernidad hasta la primera modernidad del liberalismo decimonónico. El pensamiento de Ortega y Gasset, eventos como el Concierto de Año Nuevo de Viena u obras como Muerte en Venecia, de Thomas Mann (en la imagen, fotograma de la adaptación al cine de Visconti) representarían esta etapa.

La democracia liberal combina, con un arte como nunca antes en la historia se había ensayado, la igualdad y la libertad. El principio de igualdad se fundamenta en una convicción que sólo recientemente se ha convertido en una evidencia sentimental universalmente aceptada: que no existe valor que esté por encima de la dignidad humana y, además, que todos los hombres y mujeres del mundo poseen la misma. Los rasgos diferenciadores de los individuos –sexo, piel, estatus, nacionalidad, cultura, religión, mérito y otros–, fuente de minorías selectas en la etapa anterior, son en la presente meros accidentes respecto de lo único sustancial que iguala a la totalidad de los miembros de la especie humana en una misma condición: la dignidad igualitaria. Naturalmente, la organización social sigue exigiendo que determinadas personas ocupen posiciones de poder cuyo ejercicio está reservado por su propia naturaleza a unos pocos. Pero la composición de esas minorías responde a razones funcionales de carácter temporal y no están fundamentadas en cualidades esenciales que sean exclusivas de unos individuos selectos. En democracia, ya no hay elites, sino funciones; ya no hay masas, sino muchos ciudadanos, cada uno de ellos libre para elegir lo que le parezca mejor en conciencia.
Con ello ha sido introducida la igualdad. Quienes son iguales tienen derecho a ejercitar su libertad de manera plenamente autónoma sin sujetarse al dictado de otro. Ahora bien, la ausencia de interferencias externas sólo asegura una elección hecha en libertad, pero no el buen uso de ésta, que puede ser educado o no educado. Uso educado es aquél que ha aprendido a someter su espontaneidad a unas reglas (las de la ejemplaridad), mientras que no educado es aquél otro que libera su espontaneidad sin aceptar que ninguna regla la coarte. Se denomina vulgaridad a ese cruce entre igualdad y libertad que da como resultado una espontaneidad no educada.
⁄ La contracultura del siglo XX repudió la codificación tradicional hasta que fue asimilada por completo por el sistemaLa vulgaridad, de suyo antiejemplar, contiene por definición una determinación negativa. Con su tendencia a una exhibición maleducada que se pretende tan legítima o más que la educada, su autosatisfecho desdén por las reglas sociales, su molesta ausencia de esas mediaciones simbólicas que pone la civilización para embellecer la convivencia, el modo de ser vulgar ofende el buen gusto y afea la existencia. Pero esa negatividad de la vulgaridad no puede hacer olvidar una positividad aún mayor, causa del respeto que se le debe. Frente a la minoría selecta, que dividía injustamente la sociedad en dos grupos desiguales de personas, la mayoría vulgar promueve la igualdad basada en la misma dignidad de todos los ciudadanos, lo cual representa un objetivo progreso moral. Quien comprenda esta superioridad de la mayoría vulgar sobre la minoría selecta está en condiciones de sentir y admirar la verdad, emoción y aun grandeza que, a despecho de su ramplonería, ha traído consigo la nivelación obrada por presente etapa de la cultura.
3 Todo empezó como protesta elevada por la marginación contra una hegemonía cultural milenaria. La cultura del elitismo, legitimada por el aurático catálogo de obras maestras de todas las artes y ciencias, se imponía sin rival en el juicio social del gusto. Era comúnmente aceptado que quien desease producir una obra cultural, debía antes educarse en el oficio para conocer sus códigos. Así que, en sus orígenes, la vulgaridad fue un grito contestatario y emancipador proveniente de los sótanos de la contracultura.
En las décadas cincuenta y sesenta del pasado siglo, brotaron movimientos contraculturales que expresaron su contradicción al sistema por todas las vías disponibles: estilos alternativos de vida, acción político-social, moda, publicidad, música, diseño, poesía, filosofía, cine, etcétera. Cada movimiento presentaba un perfil propio y diferenciado, pero todos compartían idéntico repudio a la codificación de la cultura tradicional y reivindicaban con rabia y aun violencia, tras tantos siglos de represión, un modo de ser natural, simplificado, genuino, popular, desinhibido, el suyo, que antes hubiera sido desacreditado por su pobreza formal, pero que ahora estaba siendo adoptado con avidez por la mayoría social, la cual, frente a las obras formales de una cultura que ya no era la suya, prefería esas producciones incitantes y rebosantes de vida, capaces además de atraer a los mejores talentos de la generación. Frente a unas sociedades occidentales prósperas pero deshumanizadas, la contracultura prometía la liberación ondeando el ideal de una civilización no represora.
Esta fase se corresponde con las actuales democracias liberales. La podemos tratar también como una “nueva vulgaridad” en tanto que en el pasado ya existían grupos vulgares, aunque los de entonces no hay que entenderlos como una categoría cultural. Ejemplos claros de esta etapa, que a la vez que resulta antiejemplar, rechaza la división injusta de la sociedad en dos grupos desiguales de personas, podrían ser la popular comedia musical Grease, dirigida por Randal Kleiser (1978), el personaje Torrente, de la saga con el mismo nombre creada por Santiago Segura y el cantante portorriqueño Benito Antonio Martínez Ocasio, más conocido como Bad Bunny. Hoy en día, la vulgaridad se ha adueñado de todos los espacios de cultura, incluida la ‘alta’, sin excepción.

Lo que vino después no lo había previsto nadie: no ya su triunfo, sino su apoteosis. De la contracultura a la cultura oficial, del underground al discurso oficial, la vulgaridad se constituyó en los ochenta y noventa en el estado normal de la cultura de las democracias avanzadas. Su generalización tanto en personas como en instituciones ha hecho que hoy absolutamente todos hayamos adoptado un vulgar modo de ser.
Esta nueva normalidad ético-estética fue compatible durante algún tiempo con la preservación de los tesoros de la cultura elevada. Venerar a los clásicos, llegando incluso a la beatería, era bien visto y hasta podía representar un signo de distinción dentro de la indistinción general de los tiempos. Pero nadie hablaba, escribía, pensaba o creaba como los clásicos, porque, aunque admirables, pertenecían al pasado, semejantes a piezas de un museo que se visita, pero en el que no se vive. Quien los imitase era tildado de anacrónico, excéntrico o pedante. Se asumía que el canon era ejemplar, pero su ejemplaridad, paradójicamente, no debía imitarse, si acaso deconstruirse.
Ciertamente, la plena asimilación de la vulgaridad por el sistema comportó la pérdida de uno de los rasgos que lo caracterizaron en su nacimiento: su crítica idealizada de la sociedad del bienestar. Sin duda, esta sistematización del gusto vulgarizado –la desenfadada exhibición de una espontaneidad no educada– obedeció no tanto a la esperanza suscitada por una promesa de emancipación como a una repentina caída en desuso del antiguo formalismo.
4 Parecía que la vulgaridad rampante había alcanzado ya todos sus objetivos, pero el tiempo demostró que faltaba uno: la cancelación de la última de negaciones como paso previo a la instauración de la nueva hegemonía. En un giro final de los acontecimientos, el proceso de vulgarización se ha extendido en el siglo XXI al coto privado de la alta cultura.
La marca de la alta cultura, que hace tan reconocible a sus obras, es la complejidad de su forma, que debe ser aprendida por quien la crea y comprendida por quien la disfruta. La métrica y el ritmo del verso, la armonía y el contrapunto musical, la perspectiva y la proporción del dibujo son algunos de los muchos códigos involucrados en las obras elitistas. La marca de las obras de la vulgaridad es, en cambio, su producción seriada y su fácil consumo. Esta facilidad se acompasa con las demandas del mercado, que quiere velocidad en los intercambios de sus mercancías y favorece aquellas que más rápidamente se colocan. Por eso, los clásicos, cuya delectación exige lentitud y conocimiento previo, habían estado generalmente excluidos del comercio masivo. Hasta que este siglo en que estamos, innovando con audacia, inventó una fórmula que juntaba prestigio y fabricación industrial: domesticar a los clásicos eliminado su complejidad. Bien sea porque se presentan las obras canónicas del pasado de una manera más sencilla, sin esas formalidades que ahuyentan a tantos, bien porque se crean nuevos productos relativos a los clásicos –sus personas, sus obras, sus temas– de una manera amable y divertida que no excluye a nadie, los clásicos se han vuelto a poner de moda.
⁄ Una tercera etapa de la cultura debe sintetizar ejemplaridad y vulgaridad y consumar así la democracia liberalSólo que ya no son los clásicos, sino réplicas que se han estandarizado à la façon de Disney. La disneylización de la alta cultura —la simplificación infantilizada de creaciones complejas para hacerlas aptas a todos los públicos— ha contribuido tanto a su éxito entre los consumidores como a su democratización política. Adaptado a un gusto de una mayoría aún pendiente de civilizar, el universo del canon clásico es ahora accesible a todo el mundo, de modo que quien hasta hace poco, por falta de instrucción o de tiempo, tenía restringida la entrada en el club de los grandes nombres de la cultura, ahora puede frecuentarlos tanto como quiera sin apenas esfuerzo ni excesiva concentración de una atención acostumbrada a dispersarse. La misma norma vulgarizada de gusto es aplicada para discernir el valor de las creaciones originales de nuestro tiempo y declarar obras maestras a algunas de ellas, siendo así que, hijas en su inmensa mayoría de la espectacularidad y del efectismo, serán con toda probabilidad devoradas no tardando mucho por el paso del tiempo, a diferencia de los verdaderos clásicos, monumentos que no envejecen.
5 Así que hoy la vulgaridad se ha adueñado de todos los espacios de la cultura sin dejar uno sin ocupar. Incluso lo que podría parecer su mayor negación, la alta cultura, ya no es más que más vulgaridad camuflada. Y sucede que, aunque el entendimiento puede llegar a comprender la idea de la clara conquista ética que supone su hegemonía cultural, lo que en el día a día la sensibilidad percibe es un espectáculo repelente, incluso insoportable si fuera definitivo. Pero no lo es: hay razones para suponer que la historia de la cultura no se detendrá donde está y que seguirá progresando, que la vulgaridad no es puerto de llegada sino de salida, y que así como la etapa anterior fue superada por la actual, también ésta última será superada algún día.
La tercera etapa sólo puede tratar de asumir la vulgaridad existente para reformarla en dirección a la ejemplaridad. Su expresión es una síntesis de las dos anteriores: selecta como la primera, mayoritaria como la segunda. Incluyamos aquí ejemplos como la obra del compositor estonio Arvo Pärt, la novelista Marilynne Robinson, la película Paterson de Jim Jarmusch (2016) o la obra del ‘artista de la luz’ James Turrell, portada de este artículo.

Ahora bien, dicho progreso sólo puede consistir en una combinación original de los dos elementos en juego –la ejemplaridad y la vulgaridad– en una fórmula no probada previamente. La minoría selecta representó la materialización histórica de una ejemplaridad elitista sin mezcla de vulgaridad. La actual democracia liberal, cuna de la vulgaridad, es el sistema político de la igualdad sin ejemplaridad. La tercera etapa, si ha de innovar sobre lo dado, sólo puede ser una síntesis de las dos anteriores: selecta como la primera, mayoritaria como la segunda. En conclusión, una mayoría selecta, que recupera el ideal de la ejemplaridad, pero por primera vez en su versión igualitaria, resultado no de la condena de la vulgaridad, como durante el elitismo, sino de su plena asunción y posterior reforma.
Esta última etapa reformada, que llevará nuestra incompleta democracia liberal a su consumación, sobrevendrá lentamente como un hábito colectivo de educación de la espontaneidad que, al repetirse mayoritariamente, hará que el modo ejemplar de ser se constituya en el nuevo héxis de la gente.
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Javier Gomá (Bilbao, 1965), es filósofo y dramaturgo. Conocido sobre todo por su Tetralogía de la Ejemplaridad, próximamente publicará Introducción a la filosofía.
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