La bondad no solo mejora la vida de quien la recibe; también puede convertirse en una herramienta de bienestar emocional para quien la practica
La bondad es femenina gramaticalmente hablando, pero eso es solo para que encaje en esta columna. La bondad no entiende de género y es una de esas cualidades profundamente humanas que, cuando aparece, transforma no solo la vida de quien la recibe, sino también la de quien la ofrece.
Hace unos años, en una charla con Francesc Torralba, nos hablaba del sentido que tiene hacer el bien para la persona que lo hace y que lo recibe. Explicaba de una forma sencilla y cautivadora, que ayudar a los demás genera un bienestar interior de forma generalizada en el ser humano. Luego matizaba y decía que, aunque esa sensación es universal, hay personas que les gusta especialmente y eligen su vida o su profesión en el servicio a los demás, como son los profesionales sanitarios, de seguridad o de educación. Fue muy interesante descubrir y entender que ese sentimiento mejoraba a las personas, por encontrarle sentido a su vida. Y, por qué no decirlo, en aquel momento descubrirme a mí misma.
Y eso no queda ahí. Ese sentimiento, además, se entrena y mejora pudiendo crecer en el interior de cada uno llegando a ser un mecanismo biológico y psicológico que protege nuestra salud mental. Pero eso lo descubrí más tarde.
He visto con mucha frecuencia en la consulta, personas atrapadas por la ansiedad. Algunas llegan convencidas de que tienen que aprender a "dejar de pensar". Otras buscan una técnica para controlar el miedo, pero más frecuentemente buscando un medicamento que silencie esa inquietud permanente. Y, aunque cada caso es diferente y la ansiedad requiere un abordaje individualizado, existe algo que suele sorprenderles cuando lo comentamos: la mejor estrategia no siempre consiste en luchar contra la ansiedad, sino en reconocerla, en entender como nuestro organismo reacciona ante ella y como podemos ayudarnos a enfrentarnos a ella.
Vivimos en una sociedad que premia la productividad, la rapidez y la exigencia. Nos enseñan a ser eficaces, a resolver problemas, a llegar a todo. Inevitablemente nos lleva a sentir una desagradable sensación de angustia. Sin embargo, pocas veces hablamos de la bondad como un hábito de salud y no es tarde para empezar a hacerlo.
La ansiedad estrecha nuestra mirada. Nos obliga a centrar toda la atención en el peligro, en lo que puede salir mal, en el error que aún no ha ocurrido. Llega a dominar nuestra cabeza con pensamientos espontáneos invasivos que nos ponen en jaque ante situaciones que pudieran llegar. Es un mecanismo de supervivencia extraordinariamente útil cuando existe una amenaza real, pero tremendamente agotador cuando permanece activado durante semanas o meses que llega a transformar la realidad percibiéndola como un peligro constante. Es como mirar el mundo a través del ojo de una cerradura: todo parece más pequeño, más oscuro y más amenazante. Las emociones positivas hacen justamente lo contrario.
La psicóloga Barbara Fredrickson, una de las investigadoras más influyentes en el campo de la psicología positiva, lleva más de dos décadas estudiando este fenómeno. Su teoría propone que emociones como la alegría, la gratitud, la esperanza, la serenidad, el amor o la compasión amplían nuestra forma de percibir el mundo. Mientras el miedo nos hace cerrar el foco para sobrevivir, las emociones positivas lo expanden y nos permiten encontrar nuevas soluciones, conectar con otras personas y afrontar las dificultades con mayor flexibilidad. No son un simple premio emocional. Son una herramienta biológica de adaptación.
Sus investigaciones demostraron además algo especialmente interesante: después de una situación estresante, las personas que experimentan emociones positivas recuperan antes la normalidad fisiológica. Su frecuencia cardiaca desciende antes, la activación del organismo disminuye con mayor rapidez y el cuerpo sale antes del "modo alarma". Es decir, las emociones positivas ayudan literalmente a apagar la respuesta del estrés.
En todas partes. Cuando ayudamos a alguien, cuando escuchamos sin juzgar, cuando ofrecemos tiempo, comprensión o un gesto amable, no solo estamos mejorando el día de otra persona, también estamos activando en nuestro propio cerebro circuitos relacionados con la recompensa, la conexión social y la seguridad. Se liberan neurotransmisores relacionados con el bienestar, como la dopamina. El resultado es una sensación de satisfacción, calma y pertenencia que, además de beneficiar a quien recibe la ayuda, también protege nuestra propia salud emocional.
La bondad genera gratitud. Despierta esperanza. Refuerza el sentido de pertenencia. Nos recuerda que no estamos solos. Y eso tiene un enorme valor en todos los momentos de nuestra vida. Es por eso por lo que nos aparece una sensación difícil de explicar después de haber ayudado a alguien. No es euforia. Es calma. Una sensación de haber vuelto, por un momento, al lugar correcto.
Lo mismo ocurre con la compasión. Durante mucho tiempo hemos confundido la compasión con lástima o con la debilidad. Hoy necesitamos practicar la autocompasión —tratarnos con la misma comprensión con la que trataríamos a un buen amigo— pues sabemos que se asocia a menores niveles de ansiedad, estrés y depresión. No significa resignarse ni justificarlo todo, significa dejar de añadir sufrimiento al sufrimiento. Porque muchas veces no solo nos duele lo que nos ocurre, lo que nos duele es la forma despiadada en la que nos hablamos.
Vivimos convencidos de que debemos ser fuertes, sin embargo, deberíamos empezar a aspirar a ser amables: amables con los demás, y también con nosotros mismos. Eso no significa ignorar los problemas ni vivir en un optimismo ingenuo, significa aceptar que nuestro cerebro necesita una ayuda para modificar la manera en que experimentamos las cosas.
La bondad no elimina las dificultades. No hace desaparecer una enfermedad, un duelo o una pérdida. Pero sí modifica la manera en que nuestro cerebro atraviesa esas experiencias. La ansiedad nos convence de que todo es amenaza. La bondad nos recuerda que también existe seguridad. La ansiedad nos aísla. La bondad vuelve a conectarnos. La ansiedad nos hace sentir vulnerables. La bondad nos devuelve la sensación de que pertenecemos a algo más grande que nuestros propios miedos.
Quizá por eso nunca ha sido un signo de debilidad. Todo lo contrario. En un mundo cada vez más acelerado, elegir la amabilidad puede ser uno de los actos de mayor fortaleza.
Y, además, nos cuida silenciosamente.
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