Catalunya destila un acento fatalista que sólo un gran pacto de país podría conjurar
Como los familiares de los accidentados de tráfico, que procuran evitar las carreteras en las que murieron las personas queridas, somos muchos los que nos alejamos de las peleas de Twitter, de las previsibles tertulias o de los choques en el Parlament. Nos sigue interesando la política catalana, pero ya no soportamos la toxicidad retórica de polarizaciones, caricaturas y trincheras.
La realidad es muy inquietante. Hasta el más optimista sabe que nos acecha el colapso. Los incendios nos hablan de un desmadre climático en el que pasar calor será lo de menos. Y el anuncio de nuevas huelgas de enseñanza nos recuerda que la crisis escolar no es una cuestión de sueldos o de mala sintonía entre Govern y sindicatos, sino una tremenda disonancia entre la institución escolar y las generaciones que crecen con el smartphone. Más aún: quien haya pasado por unas urgencias hospitalarias, por la AP-7 o por alguna ventanilla administrativa (y por supuesto por Rodalies) habrá tomado conciencia de la erosión de los servicios públicos. Tenemos, sí, motivos de orgullo (un cuerpo de bomberos innovador, por ejemplo; o una medicina del cáncer espectacular), pero la mayoría de los servicios públicos se están desencuadernando.

Salvador Illa ganó (relativamente) las elecciones con un programa de orden y gestión. Se proponía (re)encuadernar un país que salía de una larga vivencia de las emociones de la identidad. Que el Govern se esfuerza en la dirección del orden y el trabajo es un hecho (y en tal empeño está quemando a personalidades de una rara dedicación y honestidad como Sílvia Paneque). Pero los déficits, problemas y averías de la sala de máquinas catalana eran enormes: exigían unos instrumentos, unos recursos y una mayoría parlamentaria de los que este Govern carece.
Dos años después de haber accedido a la presidencia, Illa puede afirmar, pero no garantizar, que los catalanes saldremos del laberinto de los retrasos de Rodalies, de la crisis escolar, de la falta de vivienda y de los problemas sociales y lingüísticos que derivan del fenómeno migratorio. Otros muchos problemas están enquistados: el desbordamiento de la sanidad, la enfermiza centralidad de la industria turística, el abandono agrario, la exasperante lentitud de la administración…
El Govern ha podido superar, sí, el escollo de los presupuestos, pero no ha logrado suscitar un gran pacto cívico y transversal. El país está pacificado, pero también muy desunido y, sobre todo: átono, asustado, tristón. La Catalunya de los 10 millones suscita más miedo que gozo.
Para superar el trauma de un conflicto que acabó en división interna, en derrota y en castigo severísimo, era imprescindible pasar página. También era imprescindible, como siempre ha hecho Illa, evitar reproches y venganzas. Pero la sociedad catalana no se ha reconciliado de verdad con ella misma (son muchas, las Catalunyas de hoy; y no se hablan). Catalunya no otea un nuevo horizonte. El Govern intenta ser maternal y ofrecer confianza en pleno malestar, pero los miedos, las frustraciones, las heridas de los catalanes son más potentes: miedo a la asimilación y a la desaparición de la lengua propia por parte del un gran segmento; miedo al retorno del procés por parte de otro gran sector, muy reticente al catalanismo; miedo al futuro por parte de los jóvenes; miedo a la impresionante transformación del paisaje humano; miedo a la destrucción del paisaje físico (plan de energía renovable). En estos dos años, Illa se ha alzado como primus inter pares, pero sigue siendo una parte, y no suficientemente determinante.
¿Cómo religar a los catalanes en torno a un proyecto fraternal y cívico? Insiste Illa en todo lo que puede fomentar prosperidad económica. Pero no sólo de pan vive el hombre. No basta con el progreso material para reanimar y reunir a los catalanes. El procés tenía una dimensión agonística (conciencia de la proximidad del fin); y tal agonismo persiste. En el horizonte de los catalanes puede que rebrote cierta confianza económica, pero también cristaliza un clima de disolución histórica. Más allá de los éxitos de una Barcelona que, hace 115 años, Joan Maragall ya describía como “la gran encisera” (encantadora), Catalunya destila un acento fatalista que sólo un gran pacto de país podría conjurar.
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