La muerte de José Domínguez ‘El Cabrero’ priva al flamenco de un hombre sin fisuras ni bamboleos ideológicos, artista apegado a la tierra y voz que hurgaba conciencias con las letras de sus fandangos
Aprincipios de los años 70 aparecía la imagen de un orgulloso cabrero, siempre con sombrero y ropa oscura, más de campo que las amapolas, con aquella figura que recordaba al Clint Eastwood de las películas americanas, pero que predicaba con un lenguaje más propio del jornalero Pérez del Álamo del siglo XIX. Una imagen mestiza de conceptos, evocadora de tiempos pasados trasplantada a los presentes que la gente recibió con simpatía.
Desde el fondo de la HistoriaTipos como El Cabrero, contestatarios y críticos con el sistema, siempre los ha habido en Andalucía, aunque nunca con el predicamento que da la música popular en una sociedad tan explosivamente mediática. Rascas un poco en la historia y te encuentras, no tan lejos, con las agitaciones campesinas de las pasadas centurias.
En los albores del siglo pasado, en esta tierra feraz con clima feroz que era/es Andalucía, la propiedad de la tierra seguía siendo mayoritariamente de los grandes latifundistas, herencia de cuando Alfonso X el Sabio repartió donadíos a su gente, a caballeros y a órdenes militares, tras la repoblación que siguió a la reconquista hecha por su padre Fernando III; reparto de grandes latifundios con la indispensable condición de tener, al menos, una casa de campo abierta y un capataz con un caballo que vigilara la finca; el control cristiano del valle del Guadalquivir, que transformó la propiedad andalusí en un sistema feudal.
Todavía hay nostálgicos de todo aquello. La memoria histórica da sentido a reacciones del presente: ha guardado, indeleble, el recuerdo de aquellos braceros y jornaleros y las generaciones sucesivas lo heredan. Las desigualdades suscitan protestas y despechos. Así que de aquellos lejanos fuegos, estos rescoldos. Somos vástagos, brotes que emergemos de la Historia.
De ese magma histórico proviene gente como El Cabrero. Anarcosindicalista dicen que dijo que era. Llevó en su íntima mochila ese sentido de clase, esa motivación para la protesta contra lo que creyó injusto. De ese espíritu era la argamasa de José Domínguez, de los inconformes que le dicen las verdades del barquero al lucero del alba que se le ponga por delante, cueste lo que cueste. Y así, entendió el cante como un elemento de lucha social y de vindicación de la libertad.
Con ese bagaje moral y emocional se hizo cantaor, aunque muy en el fondo, en realidad, lo que había en él era un músico, una persona enamorada de la música que disfrutaba cantando para sus amigos las canciones del tenor Miguel Fleta o los tangos argentinos: ¡aquella noche en los camerinos de la vieja peña flamenca de Huelva, José!
El cante como herramientaEl cante flamenco es una herramienta, tiene otras posibilidades además del divertimento musical. Sobre todo, si lo utilizas como un arma, que fue lo que El Cabrero hizo desde su apostura de hombre de una pieza, sin fisuras ni bamboleos ideológicos. Él fue un artista apegado a la tierra, una hoja de raíz mineral. En el haz de su lista de servicios consta que se enfrentó al sistema, con el que mantuvo serios tropiezos, porque fue rebelde (para unos con causa y para otros por otras motivaciones) y disparó contra todo: los políticos, el clero, el rey, Dios y lo que se le pusiera por delante. En el envés, que también fue íntegro, batallador, humano y natural.
El siguiente ejemplo define tanto a la persona como al mercado y juzga conductas. Cuando se le cataloga de rebelde, con el aura atractiva que suele colgar de esta palabra, dígase también altivez, que asimismo lo define, aunque él y su entorno lo consideraran defensa de su dignidad. El Cabrero actuó en la Bienal de Flamenco de Sevilla, el programa de mayor relieve flamenco mundial entonces, en 1986. Los organizadores de la muestra le fueron llamando para las sucesivas ediciones, sin llegar a acuerdos. La segunda vez pidió un millón de pesetas, que por entonces no cobraba ningún otro artista, y advirtió que la siguiente ocasión en que quisieran contratarle pediría dos millones, y a la siguiente, tres… Nunca más volvió a actuar en la Bienal.
Pero no dejemos de citar su generosidad, que fue grande, aunque nunca pregonó la donación de parte de sus ganancias, dentro de la mayor discreción, para ayudar a causas humanas y humanitarias. Desde luego, no hay tantos artistas que añadan a su cantar una personalidad tan rica y militante en esas facetas como la que mantuvo José Domínguez durante casi medio siglo de exposición pública.
Más querido fuera que dentroFue uno de los artistas flamencos más internacionales que hemos tenido, junto con Camarón y Paco de Lucía. Pero de sus actuaciones en Francia (donde era tan querido y reclamado), en Inglaterra, en Suiza, en Estados Unidos… tuvimos escasa o casi ninguna información. Ni en tiempos de Franco ni después sin Franco. Se le reconoció más fuera que dentro.
Eso sí: los empresarios, sabedores del interés que despertaba en el público, lo contrataban con los cachés más elevados. Fue una de las figuras más demandadas por los gestores de eventos flamencos, el que más cobraba, el que más actuaciones tenía, el que entusiasmaba a la gente con sus letras. La fama de contestatario, irreverente y tosco al trato era un atractivo más para los públicos. ¡Qué nos gustan estos personajes!
En los años 90 giró por medio mundo con Peter Gabriel como representante de la música de los pueblos. Recorrió los escenarios de parte de Europa y Estados Unidos. Dos documentales con entidad se elaboraron sobre su personalidad: uno en Francia, que no se llegó a emitir en España, y el más reciente, Mi patria es la libertad, que se estrenó hace un par de años aquí.
¿Qué fue el fandango para El Cabrero?Desde luego, el estilo flamenco que más éxito le reportó. Y el que mejor se adaptó para expresar su personalidad y sus inquietudes, porque con una estrofa de cinco versos pudo contar cualquier historia llegándonos al corazón o a la cabeza, según fuera el mensaje.
Cada vez que iniciaba un fandango, abría una expectativa emocionante en quien lo escuchaba. Cada fandango suyo era un estilete con el que hurgaba conciencias, hacía denuncias o confesaba una queja. Y al hablar de las afiladas letras que cantó, hay que poner la mirada en Elena Bermúdez, la compañera de su vida, una poeta comprometida a la que conoció en Suiza en 1973 y es autora de buena parte de las que José cantaba.
Siempre le cantó a HuelvaEl Cabrero cantó el fandango de Huelva, lo defendió y lo difundió allá donde actuaba. Hay que recordar que una élite de aficionados y los promotores de los grandes festivales de los años 70 y 80 vetaban a este cante considerando que no encajaba en su concepto de lo que es el flamenco; un prejuicio, una discriminación, cante chico y cante grande, lo que fuera, pero el fandango no tenía lugar en aquellos festivales.
A José se lo recordaron expresamente en algunos contratos o a pie de escenario muchas veces: que no cantara fandangos. Pero él los cantaba porque le gustaba el fandango y porque sabía que los públicos sí lo acogían con emoción.
Los mayores aplausos que cosechaba eran por sus aceradas letras de fandangos, siempre seleccionados entre los estilos huelvanos. Nunca dejó de cantarlos aunque compartiera cartel con las grandes figuras del momento. Y esa batalla la ganó desde los escenarios, donde los artistas se examinan.
El mairenismo, que tanto mandaba en aquella época, reacio al fandango, hubo de aceptar que El Cabrero cambió el panorama con su batalla, pasando de no admitirlo a ser el plato fuerte donde él actuaba. Se negó a acatar las normas. Un recién llegado a los festivales, a comienzos de los años 80, derribó los prejuicios de unas élites de aficionados que se enfrentaban al gusto de los públicos. ¡¿Quién va a mandar en los públicos?!
José Domínguez ‘El Cabrero’, retratado en los campos de Aznalcóllar en el año 2000.
/ María Torrella
Nuestro cantaor tenía un tirón popular capaz de romper vetos y convenciones. Gracias a su insistencia, tan solvente, nuestros fandangos fueron haciéndose familiares en territorios donde antes prácticamente se les desconocía, porque no era habitual traspasar las fronteras onubenses y las provincias de alrededor, que habían sido sus límites seculares. Ni siquiera a nuestro gran mito Paco Toronjo le contrataron en alguno de los grandes festivales de aquella época.
Es paradójico que un cante tan diverso y rico como el fandango haya sido, sin embargo, tan denostado por las élites flamencas, que prefirieron cantes foráneos adaptados al modo del decir flamenco antes que al que es, desde el folclore popular, fuente y venero de buena parte del muestrario flamenco que tenemos hoy.
Los públicos, en cambio, siempre lo han acogido y celebrado con gusto. Hay muchas razones para ello: el fandango es sencillo y popular, es un cante que genera emociones con enorme facilidad (y la emoción es la última ratio, el súmmum exigible a un cante), tiene una diversidad tal que hay cien maneras de expresarlo, cien melodías con que decirlo, mil letras con que cantarlo… Y para todo esto, El Cabrero fue un persistente propagador y un altavoz formidable.
¿Uno de los nuestros?De lo cual no se puede colegir que el pastor de Aznalcóllar fuera acogido por las élites flamencas huelvanas con el aprecio que merecía. ¿No era uno de los nuestros? Para una élite de aficionados, no lo fue. Las élites las forman pocos, pero tienen mucho poder. No todos le reconocerán a El Cabrero el inmenso caudal de crédito que aportó a los fandangos de Huelva, pero el mérito es suyo y admite pocas discusiones. Los defendió con la valentía que caracterizó su vida entera, los estudió con mimo y aprecio, se preocupó de captar su aire, fue fiel a la manera autóctona de decirlos, le puso letras con impactantes mensajes sociales y personales... No hubo pueblo ni aldea con fandangos que no se pateara buscando la autenticidad; habló con los que sabían para ilustrarse y empaparse de la verdad de este cante, se reunió con guitarristas nativos huelvanos porque le daban un plus con su toque de la tierra… Como embajador, le puso un trampolín de universalidad, llevándolos a públicos generalmente desconocedores de estos estilos. Ayudó a extender el territorio fandango.
El Cabrero no fue un innovador ni un creador de estilos, aunque revivificó varios como los de Calañas, de la Sierra de Aracena, algunos que desempolvó de Alosno y otros, pero cumplió la función de ser eslabón y de mantener con fidelidad los estilos existentes para varias generaciones más.
Esa labor de guardianes del patrimonio es impagable tratándose del legado popular; artistas así son imprescindibles para la continuidad de nuestra cultura flamenca. Ahí queda su obra, compuesta por una amplia antología de fandangos de Huelva y una veintena larga de discos, que comenzó grabando en 1973. Su aportación, sincera y rigurosa, al muestrario de cantes huelvanos ha sido extraordinaria y se le debe reconocer.
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