Piera Aiello no es un nombre cualquiera en Italia. Es el nombre de la primera mujer que estrenó la pionera ley italiana de protección de testigos de 1991, cuando entonces ella era solo una veintiañera asustada. Su decisión de delatar a decenas de mafiosos le costó pasar veintiocho años sepultada bajo el anonimato de un sistema que le borró el nombre como quien borra una pintada en una pared. Décadas después, resurgió de las sombras para convertirse en diputada en el Parlamento de Roma. Hoy, a sus 59 años y con su verdadera identidad recuperada en los papeles oficiales, trabaja como conferenciante mientras persigue un último deseo que siempre se le escapa entre los dedos: poder regresar a vivir, al fin, bajo el sol de esa Sicilia que un día le fue arrebatada.Seguir leyendo....
Piera Aiello no es un nombre cualquiera en Italia. Es el nombre de la primera mujer que estrenó la pionera ley italiana de protección de testigos de 1991, cuando entonces ella era solo una veintiañera asustada. Su decisión de delatar a decenas de mafiosos le costó pasar veintiocho años sepultada bajo el anonimato de un sistema que le borró el nombre como quien borra una pintada en una pared. Décadas después, resurgió de las sombras para convertirse en diputada en el Parlamento de Roma. Hoy, a sus 59 años y con su verdadera identidad recuperada en los papeles oficiales, trabaja como conferenciante mientras persigue un último deseo que siempre se le escapa entre los dedos: poder regresar a vivir, al fin, bajo el sol de esa Sicilia que un día le fue arrebatada.
Ha sido un largo camino. Aquel verano de 1991 trajo el fuego: un comando acribilló a su marido a un palmo de sus ojos en la pizzería familiar. Y ahí se rompió la inercia del miedo. Piera se negó a ser el decorado de la tragedia, a ponerse ese pañuelo negro con el que las viudas sicilianas enterraban su dignidad para cruzarse al día siguiente con los asesinos en la plaza del pueblo. Reconoció al verdugo bajo el pasamontañas, levantó el teléfono para revelar a la justicia los nombres de decenas de mafiosos y selló, en ese mismo instante, su pasaporte al exilio.
¿Cómo entró en el programa de testigos?
Sin saberlo. Me convertí en testigo de justicia el 30 de julio de 1991, cuando la ley mezclaba testigos y colaboradores [exmafiosos], todos en el mismo saco. Di el paso justo después de que mataran a mi marido. Aquellos eran los años de las matanzas: no había ni día sin un muerto, ni familias sin viudas. Nos habíamos acostumbrado. Encontrar un cadáver en la calle era lo normal.
¿Cómo murió su marido?
Delante de mí. A un metro, metro y medio. Estábamos en la pizzería que gestionábamos juntos. Llegaron cuatro hombres, dos se quedaron fuera, dos entraron. Uno de ellos había sido amigo de infancia de mi marido; lo reconocí pese al pasamontañas, porque los gestos no se disfrazan. Le dispararon con una lupara, cañones recortados, perdigones. Cuando lo vi en el suelo, decidí que aquello tenía que terminar.
¿Por qué entonces, y no antes?
Porque no soportaba la idea de ser otra viuda de la mafia, de tener que ponerme el pañuelo negro, callar y caminar por la misma plaza que los asesinos de mi marido. Y porque no quería que mi hija creciera como la nieta de un capo mafioso al que, para colmo, también habían asesinado. Todo aquel ambiente era tóxico. Amo mi pueblo. Pero la Sicilia de entonces no era un lugar para quedarse.
¿A quién acudió?
Ese era el verdadero problema: el dilema no era denunciar, sino entender dónde hacerlo. Hasta entre las fuerzas del orden había corrupción. Encontré entonces a un mariscal de los carabineros que tenía una particularidad: nunca aceptaba que le pagaran el café. Solo se lo aceptaba a mi padre, porque sabía que era un hombre honrado. Me fié de él.
¿El mariscal la llevó ante Paolo Borsellino?
Me llevó a un cuartel de Terrasini. Al fondo de una mesa larguísima, había un hombre de pelo entrecano con un cigarrillo a medio fumar. Se presentó con ese acento palermitano tan cerrado que, de los puros nervios, le solté que me sonaba a mafioso. Se echó a reír. Luego probé a llamarle onorevole, porque en mi pueblo a cualquiera con galones se le decía así, pero frenó en seco: “Primero mafioso, ahora político. Con el debido respeto, soy un simple fiscal. Así que, para que no me inventes más títulos, llámame tío Paolo". Y así lo llamamos siempre. También mi hija, que entonces tenía tres años.
¿Qué pasó después?
Fue claro. Me dijo de que si daba el paso y firmaba la denuncia tendría que marcharme de Partanna esa misma noche, porque irían a por mí para matarme. El Estado no iba a poder protegerme allí dentro. Me dio tres días para meditarlo bien, por si me arrepentía. Le miré y le dije: "Tío Paolo, no necesito tres días para pensármelo. Solo los necesito para hacer las maletas".
¿Cómo fueron los primeros meses fuera de Sicilia?
Nos metieron en un hotel-residencia en Roma. Luego, en un piso. El primer periodo fue duro: pasaba mucho tiempo mirando fotografías policiales, redactando actas. Pero mi hija siempre estaba conmigo, aunque no en la misma habitación, porque no podía oír ciertas cosas. Jugaba con los carabineros, le compraron una bicicleta, jugaba a la pelota en el patio del cuartel. Así esas personas se convirtieron en mi familia, y todavía hoy lo son.
28 años con un nombre falso. ¿Cómo se vive así?
Borrando el pasado cada vez que te mudas. Es un reinicio constante: pisos nuevos, ciudades donde no conoces a nadie, colegios nuevos para los niños y vecinos a los que nunca puedes llamar amigos, porque no puedes contarles quién eres. Vives en una ficción. Al final, la paradoja es que tu única realidad es la escolta. Yo vi a muchos carabineros llegar casi niños, enamorarse, casarse, divorciarse y tener hijos. Organizas tu vida con gente que lleva una Beretta en la cintura. Años después, cuando me volví a casar, quedó claro el código no escrito de mi existencia: el primer baile de la boda no lo hice con mi marido. Lo hice con el jefe de mis escoltas. Era el hombre que me mantenía viva. Es una intimidad extraña, forjada a la fuerza.
¿El Estado la trató bien?
El programa de protección italiano es, sobre el papel, el más avanzado que existe; pero depende de una comisión presidida por un político de turno que decide sobre tu vida. En Roma, además, solo hay tres psicólogos.
¿Cuál fue el detonante que la llevó a tomar la decisión de abandonar el programa?
Todo empezó cuando a mi padre le diagnosticaron Alzhéimer y yo quería que viviera conmigo. Me dijeron que él también tenía que cambiarse el nombre... un hombre que ya no recordaba el suyo. Y además me explicaron que, si mis padres morían, los enterrarían en la localidad protegida con su nuevo nombre falso. Pregunté entonces si eso también se aplicaba a mí y me dijeron que sí, que mi identidad nueva era definitiva. Ahí lo entendí: me iban a enterrar con un nombre inventado.
¿Cómo logró salirse?
Descubrí una paradoja absurda en la ley: la única forma de que el Estado me quitara el nombre falso y me devolviera el mío era cometer un delito, o si revelaba yo misma mi identidad. ¡Tenía que convertirme en delincuente para volver a ser Piera Aiello! Llegué a pedírselo a un subsecretario y me contestó que para recuperar mi nombre tendría que pasar por encima de su cadáver. La salida me la dio la política en 2018. El Movimiento 5 Estrellas me propuso presentarme a las elecciones; fue esa la rendija legal que encontré para obligar al Estado a devolverme mi identidad.
¿Se arrepiente de algo?
No me arrepiento de nada de lo que hice. Es más, creo que debería haberlo hecho antes, para salvar la vida de mi marido. No porque se lo mereciera, ya que me molía a golpes cada vez que le llevaba la contraria, sino porque nadie tiene derecho a quitarle la vida a nadie, especialmente a un joven de 27 años.
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