Alberto Ferruz y un equipo rotundo a su alrededor ofrecen una experiencia gastronómica, calidoscópica y brillante, que secuestra tu memoria y se hace imborrable
10/07/2026 Actualizado a las 01:29h.
Hace un tiempo de esto. Sobre el sofá de tres plazas, papá respiraba profundo con la niña entre sus brazos. Quizá dormían los dos. O ... sólo soñaban. Juntos, sin saberlo, estaban comenzando a escribir el menú de su vida. Ese que, con los años, papá transformó en bocados de verdad. En sueños que, en medio del caos de la imaginación desbordada y de las creaciones imposibles, se convirtieron en estrellas. Al menos, dos. De las de Michelin. Aunque su cocina, con ese carrusel de creaciones que mutan en bucle, ha dado pie a muchas más estrellas danzantes. Esas que brillan, temporada tras temporada, en un menú que se abona a lo deslumbrante. Cada vez más porque papá, Alberto, ha ido sumando a su universo, a lo largo de todos estos años, a mucha gente que multiplica y aporta destellos. Luces que brillan con fuerza en la cocina de su restaurante; en la sala; entre los vericuetos de cada plato; en las botellas descorchadas; en las estanterías… Bon Amb ya es más que Alberto Ferruz. Es una confederación de talento que, como un calidoscopio que se transforma seductor constantemente, va dando luces a experiencias sobre la mesa que cada cliente vive a su manera. Porque esa es la grandeza de la mesa. De cada mesa. Que ofrece experiencias diversas. Pero que, en cualquier caso, si te asomas a ella con la pasión que requiere la cita, acaba dándote como fruto ese regusto maravilloso que trae la felicidad tranquila. La que fluye sobre el mantel como el aliento de un sueño. Quizá el sueño de aquel papá, un día sobre el sofá para tres, con su hija entre los brazos. Durmiendo. Quizá imaginando. Creando el menú de sus vidas.