Aunque el yo ha sido convertido en el referente máximo y casi único, los seres humanos –como la inmensa mayor parte de los seres vivos– no existiríamos sin el nosotros. Lo que ocurre es que la ideología dominante, desde la Ilustración europea, puso al yo en el centro del universo y sacralizó el éxito personal y la meritocracia, atribuyendo el éxito o fracaso en la vida exclusivamente al esfuerzo y el talento individuales. De esta ideología nacen mitos como el de “el hombre (en masculino) hecho a sí mismo” o el de la historia determinada por la acción de hombres (también en masculino) excepcionales.
En realidad, el yo humano no existe sin el nosotros; sin los diversos nosotros a los que cada quien pertenecemos tanto de forma automática como electiva. Un primer y obvio nosotros es el familiar. Sea cual sea el tipo de familia preponderante en cada sociedad y época histórica, el ser humano nace, se socializa y asimila una cultura y unos valores en ese marco al menos durante los primeros años de su existencia. Y esa familia tampoco es una isla autosuficiente sino que forma parte de otro nosotros de convivencia organizada –de un clan, una tribu o un pueblo-nación– que es el nosotros cultural, social y político que marca su identidad personal. Asimismo, la adjudicación de un género determinado nos hace formar parte de otro nosotros identitario. Al igual que la posición socioeconómica nos coloca automáticamente en una clase social, aunque podamos no ser conscientes de ello. Y debemos añadir los nosotros a los que también pertenecemos, por educación o elección, construidos en base a la ideología, sea religiosa, política o de otro tipo y que caracterizan fuertemente nuestra identidad personal.
Sin duda, a lo largo de nuestra vida, si es que estamos en disposición de hacerlo, podremos apartarnos de alguno o algunos de esos nosotros y cambiar de adscripción… optando por pertenecer a otros nosotros en los que nos sintamos más cómodos ética o psicológicamente. Pero es un espejismo creer que el yo puede vivir fuera de algunos concretos nosotros. Y en esta pluralidad de nosotros hay uno que se ha convertido en el eje para el acceso a los derechos humanos básicos: el nosotros de la nacionalidad, la pertenencia no electiva (salvo casos excepcionales) a estados que definen los requisitos para ser nacional e incluso para tener existencia legal.
Cada uno de los diversos nosotros a los que pertenecemos dibuja un (o unos) ellos respecto a los cuales pueden establecerse relaciones más o menos de reciprocidad o, más frecuentemente, ejercerse una actitud y unas acciones supremacistas: una familia puede convertirse en una mafia, un estado-nación (o supuesto estado-nación) puede ejercer la dominación colonial, externa y/o interna, sobre otros pueblos y blindar el acceso a la ciudadanía solamente para sus nacionales, y la diversidad de género, de edad, de origen étnico o de cultura (incluyendo en esta la religión y otras ideologías) puede tomarse como excusa para establecer desigualdades estructurales e incluso para negar el carácter plenamente humano de quienes no pertenezcan al nosotros adecuado: nacional –blanco-masculino-cristiano-autosuficente económicamente (lo que explica el tardío acceso de las mujeres y de los trabajadores al cuerpo electoral en las sociedades democráticas europeas).
Finalmente, existe un nosotros que debiera ser el prioritario: el nosotros de la humanidad, de la raza humana, que es, a la vez, única y diversa. E incluso ese nosotros forma parte de otro nosotros más amplio que es el del ecosistema de nuestro planeta. Blas Infante, desde el nosotros andaluz, los asumió de forma anticipatoria en dos frases rotundas: “en Andalucía no hay extranjeros” y “Andalucía por sí… para la humanidad”. Aquí y ahora, quienes no asuman lo que estas dos afirmaciones significan en modo alguno pueden autotitularse andalucistas.
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